PARTE I — Texto para estudio...

Una mirada al PRESENTE, al PASADO y al FUTURO

Un gran sabio una vez dijo: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.” Tal vez basándose en este principio es que algunos analistas nos dicen que “el hombre no aprende de la historia.” El sorpresivo acaecimiento/suceso del 9/11, ¿pudo haber sido previsto? O quizás, ¿pudo haber sido evitado? ¿Por qué razón los “pueblos árabes” y el pueblo israelí de la actualidad viven en un continuo conflicto que parece no tener fin? ¿Hasta cuándo la humanidad se preparará para la guerra? Es posible tener respuestas satisfactorias a estos interrogantes si le preguntamos al Creador del universo, y si nos proponemos estudiar los hechos con “Una mirada al presente, al pasado y al futuro"...

 

I. Introducción

El tiempo transcurre, irremediablemente. Hoy es el mañana del ayer, y el ayer del mañana. Y el hombre, en el ejercicio de las facultades con que le ha dotado la “Naturaleza”, especialmente aquella facultad de la adaptación, se la pasa en el hoy preocupado por lo que le traerá el mañana, quizá sin entender que para remediar esta preocupación se requiere un profundo y detallado análisis del pasado con el presente.

Para unos pocos adaptarse a cualquiera circunstancia es cosa fácil, empero no así para los muchos. Sin embargo, el transcurrir del tiempo nos “obliga” a todos a adaptarnos a todas las circunstancias.

En el proceso de adaptación se conjuga el ejercicio de otras facultades, entre éstas, la tan común facultad de recordar y olvidar; y la más grave de todas, la de adaptación al cambio.

La facultad de adaptación al cambio, a diferencia de otras facultades, casi siempre está sujeta a lo que imponen las circunstancias, lo que en muchos casos deja resentimientos un tanto difíciles de olvidar, y fáciles de recordar, lo que a la vez nutre la raíz de las inquietudes, la inseguridad, el desasosiego; y lo más triste, nutre, por buen tiempo, la raíz de la amargura, savia del árbol de la adversidad.

Un caso en particular lo es el acaecimiento/suceso del 9/11.

Mencionar el 9/11 es algo bastante familiar para millones de personas, pues es harto conocido que se trata del acaecimiento/suceso del 11 de septiembre del año 2001 en los Estados Unidos de Norteamérica, específicamente en la ciudad de Nueva York – la destrucción de las torres gemelas en el Centro de Comercio Mundial, orgullo y símbolo de la creatividad humana.

Fue un acaecimiento porque se dice que fue un hecho imprevisto. Y un suceso porque ha formado época, pues es difícil de olvidar, y fácil de recordar. Además, es un suceso porque desató una serie – un encadenamiento – un enlace progresivo, vario y múltiple de las cosas, de los asuntos del mundo. Y como alguien ya ha dicho que la desgracia es la mercancía más corriente en el comercio de la vida, este suceso ha acarreado dolor, angustia, inquietud, inseguridad...en fin, quebranto y desventura al por mayor.

Conviene, por lo tanto, conocer la raigambre misma de este acaecimiento para poder entender el significado y el portento de lo sucedido el 9/11.

¿Qué hay de extraordinario en este acaecimiento, en este suceso? ¿Cómo podemos entender el diario acontecer a partir de esa fecha hasta el presente?

Sabemos que el edificio o “templo” de la humanidad es sostenido por cuatro columnas principales: ECONOMÍA, EDUCACIÓN, POLÍTICA, RELIGIÓN.

Todas y cada una de estas columnas van de la mano, es decir, funcionan en conjunto. Sin embargo, hay una que sobresale entre todas. Análogamente observe la palma de su mano: cinco dedos que funcionan en conjunto, y uno que sobresale – el dedo central o del corazón, así llamado; pues en la sociedad humana siempre sobresale la columna de la ECONOMÍA.

Y hablando de facultades, es normal para el ser humano expresar su insatisfacción ejerciendo su facultad de llanto. Porque se hace difícil olvidar el 9/11, hoy los políticos gimen llorosamente, mientras los eclesiásticos humedecen los púlpitos con incesante lagrimear. No es oculto el llanto de los educadores. Y el lloroso lamento de los economistas en lugar de medicina, es un virus infeccioso para todos los demás. Y todo esto luego de una década de prosperidad sin precedentes.

¿Qué ha sucedido? ¿Cómo entender y explicar el abrupto cambio que el 9/11 ha ocasionado en todos los órdenes de la sociedad humana? Y mucho más importante, ¿qué hacer, cómo enfrentar esta crítica situación?

Los “médicos” de las inquietudes prescriben una urgente dosis de UNIDAD de esfuerzos: unidad política, unidad de comercio, unidad de ideas, unidad eclesiástica; en síntesis, ECUMENISMO, universalidad en todo orden social... en fin, crear del planeta Tierra una “Aldea Global”.

Porque “sienten” cierta inquietud, a este ecumenismo o universalidad “los grandes de la tierra” lo llaman “UN NUEVO ORDEN MUNDIAL”; y sus súbditos seguidores lo apellidan “GLOBALISMO”.

Ahora bien, este concepto de “nuevo orden mundial”, “globalismo”, o “aldea global” no es criatura nacida posterior a la “próspera” década de los 90's. Ni es el resultado de lo acontecido el 11 de septiembre del 2001; aunque hay algunos que ya están especulando que el 9/11 es “promoción” de la idea “orden mundialista/globalista.” Pero esto es simplemente eso mismo, una especulación, o más bien, una hipótesis que requiere comprobación.

Lo que está bien claro es que “los grandes de la tierra”, es decir, los “sabios y entendidos”– los artífices arquitectos del templo de la humanidad – expresan inquietud. Y al unísono, urgente y activamente claman por UNIDAD GLOBAL.

Pero esta UNIDAD puede traernos grandes sorpresas. Además, lo verdaderamente importante es entender y poder explicar qué es lo que realmente está sucediendo. Sólo así podremos ver con mayor claridad la complejidad de la situación, y qué nos traerá el mañana.

Un gran sabio una vez dijo: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol” (Eclesiastés 1:9). Tal vez basándose en este principio es que algunos analistas nos dicen que el hombre no aprende de la historia.

 

II. La “Aldea Global” y el Medio Oriente

Hay un registro histórico que nos habla de una ocasión cuando la humanidad estuvo UNIDA en todos los órdenes -- algo así como lo que hoy se nombra consistentemente: una “ALDEA GLOBAL” . Y el líder máximo y perito arquitecto de aquel Gobierno Mundial o “Aldea Global”, una vez en la cúspide de aquel “templo”, sintió profunda inquietud y honda preocupación.

Este relato histórico lo podemos leer en el libro de los libros – la Biblia. Uno de sus fieles escribas, el profeta Daniel, nos relata lo acontecido durante aquel momento histórico, cuyo personaje principal lo fue el rey Nabucodonosor, de Babilonia. Daniel le dice a este rey:

“Estando tú, oh rey, en tu cama, te vinieron pensamientos por saber lo que había de ser en lo porvenir; y el que revela los misterios te mostró lo que ha de ser...” [porque] “hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer en los postreros días” (Daniel 2:29, 28).

El profeta Daniel nos dice que el rey Nabucodonosor gobernaba sobre Babilonia, un imperio mundial – un Orden o Gobierno Mundial; que ejercía DOMINIO sobre TODO. Y todo ello, ¡POR DECRETO DIVINO! (versículos 37-38).

Aunque preocupado por lo que sería el futuro de su imperio, este rey, ufanamente satisfecho de su posición, en la cúspide de su gloria, expresó: “¿No es ésta la gran Babilonia [el gran IMPERIO MUNDIAL] que YO edifiqué para casa real con la fuerza DE MI poder, y para gloria DE MI majestad?” (Daniel 4:30).

Conviene estudiar detenidamente todo el relato en el libro de Daniel para familiarizarnos, entre otras cosas, con el desenlace final de aquel rey, y su preocupante inquietud. Pero estudiemos con mente abierta, panorámicamente, pues este libro contiene un mensaje profético para el PRESENTE tiempo en que vivimos (Daniel 2:28-29; 12:9). Por esta razón el Divino Maestro, nuestro Señor Jesucristo, exhorta a los suyos refiriéndolos al profeta Daniel (Mateo 24:15).

Un detalle bien importante que nos ayuda en el entendimiento de la profecía bíblica es analizar la misma en el contexto étnico, histórico, político y geográfico. Y estos cuatro elementos se encuentran en la profecía de Daniel:

ÉTNICO – el pueblo hebreo y las naciones del mundo;

HISTÓRICO – un tiempo de intervención directa del Dios Todopoderoso en los asuntos humanos, permitiendo el establecimiento de un imperio, un ORDEN, un GOBIERNO MUNDIAL, sin duda un exordio o preámbulo del fin de los tiempos;

POLÍTICO – un sistema de control absoluto, UN ORDEN, UN GOBIERNO MUNDIAL;

GEOGRÁFICO – el territorio de MESOPOTAMIA, llamado por muchos “la cuna de la civilización”, y todo territorio habitado – todas las naciones.

Hoy este territorio mesopotámico está habitado por gentes que son consideradas como “pueblos árabes”. Un mapa del mundo actual nos indica que en el “centro” de este territorio se encuentra Irak, país fronterizo con Turquía, Irán, Kuwait, Arabia Saudita, Jordania y Siria, y rodeado cercanamente por otros países también considerados “pueblos árabes”, con quienes el pueblo iraquí ha mantenido estrechas relaciones.

En nuestros días los medios noticiosos nos informan de la actividad bélica que se desarrolla en Irak, epicentro de este territorio mesopotámico.

¿Cómo van las cosas por Irak? ¿Qué es lo que realmente está sucediendo en esa área del mundo que le llaman indistintamente el “Medio Oriente” o el “Oriente Medio”? ¿Por qué razón Estados Unidos e Inglaterra se encuentran prácticamente solos, y sin “la autorización” del jeque mayor, la Organización de las Naciones Unidas, en intensa lucha contra los “pueblos árabes” en esa región del mundo?

Los “árabes” no ven con buenos ojos la ayuda que Estados Unidos e Inglaterra prestan a Israel, país que “ocupa” determinado territorio de la histórica Palestina, territorio que los “árabes palestinos” reclaman como suyo, porque ellos han vivido allí “ininterrumpidamente” por miles de años. El actual estado israelí, bien sabemos, “nació” en el año 1948, por mandato de la Organización de las Naciones Unidas. Y desde el primer instante que se estableció como pueblo soberano, los “árabes palestinos” le declararon la guerra. Y hasta el día de hoy no ha habido paz entre israelíes y palestinos; los palestinos siempre ayudados por los demás “pueblos árabes”, mientras que Israel en todo momento ha recibido ayuda de los Estados Unidos e Inglaterra.

Es evidente que el asunto es más complejo que lo que los medios noticiosos superficialmente informan, aunque de vez en cuando algunos “analistas-reporteros” comentan acerca de la “histórica lucha” entre palestinos e israelíes.

Y más evidente es la complejidad de este asunto cuando observamos que mientras la lucha se desarrolla de batalla en batalla, simultáneamente se activan los esfuerzos por conseguir la paz entre estos pueblos. Y en todos y cada uno de los esfuerzos de paz, los Estados Unidos de Norteamérica e Inglaterra han estado directamente involucrados. ¿Podemos recordar “Camp David”, y el “acuerdo de Oslo”, entre otros? ¿Ah, y también los “premios Nobel” otorgados a los “pacificadores” Jimmy Carter, Yitzhak Rabin y Yasser Arafat ...todo ello en aras de la paz?

Pero, ¿cómo podemos entender lo que realmente está sucediendo en el Medio Oriente, y de qué manera podría resolverse este conflicto?

¿Habrá paz en el Medio Oriente en un futuro cercano? ¿Cómo podemos saberlo?

De profundo interés es el detalle que encontramos en las palabras del profeta Daniel, cuando le dice al rey Nabucodonosor:

“Tú, oh rey, eres rey de reyes; porque el Dios del cielo te ha dado [un] reino, poder, fuerza y majestad. Y dondequiera que habitan hijos de hombres, bestias del campo y aves del cielo, él los ha entregado en tu mano, y TE HA DADO EL DOMINIO SOBRE TODO (Daniel 2:37-38).

Esto confirma lo que leemos en Daniel 4:17:

“La sentencia es por decreto de los vigilantes, y por dicho de los santos la resolución, PARA QUE CONOZCAN LOS VIVIENTES QUE EL ALTÍSIMO GOBIERNA EL REINO DE LOS HOMBRES, Y QUE A QUIEN ÉL QUIERE LO DA, Y CONSTITUYE SOBRE ÉL AL MÁS BAJO DE LOS HOMBRES.”

Y confirma también, marcadamente, lo que leemos en Salmos 33:8-15:

“Tema a Jehová toda la tierra; teman delante de él todos los habitantes del mundo. Porque él dijo y fue hecho; él mandó y existió. Jehová hace nulo el consejo de las naciones, y frustra las maquinaciones de los pueblos. El consejo de Jehová permanecerá para siempre; los pensamientos de su corazón por todas las generaciones. Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, EL PUEBLO QUE ÉL ESCOGIÓ COMO HEREDAD PARA SÍ. Desde los cielos miró Jehová; vio a TODOS LOS HIJOS DE LOS HOMBRES; desde el lugar de su morada miró sobre todos los moradores de la tierra. Él formó el corazón de todos ellos; ATENTO ESTÁ A TODAS SUS OBRAS.”

Sí, el Omnipresente, Omnisapiente y Omnipotente Jehová Dios es quien determina el control de todas las cosas; y está atento a toda actividad de todos los hombres, en todos los lugares. Si en el Medio Oriente hay intensa actividad humana, el Eterno Creador está atento a todo lo que allí sucede. Por lo tanto, para entender el significado de los actuales acontecimientos en esa área del mundo debemos primero identificar la presencia, la involucración del Eterno Creador en esa actividad.

Y ¿cómo podemos identificar la involucración del Eterno Dios en la presente actividad humana en el Medio Oriente?

Simplemente preguntándole a él, y estudiando su palabra, las Sagradas Escrituras.

Leemos en Isaías 45:11-12: “Así dice Jehová, el Santo de Israel, y su Formador: Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos. Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos, Y A TODO SU EJÉRCITO MANDÉ.”

Palabras firmes éstas. Si queremos entender y analizar la actividad del hombre, pues vayamos al Eterno Creador, y preguntémosle a él. Es un mandato divino.

¿Qué dice el Eterno Creador acerca de los pueblos envueltos en conflicto en el Medio Oriente?

Debemos comenzar estudiando el origen de estos pueblos.

 

III. El gobierno del hombre

Hoy se habla bastante acerca de los “pueblos árabes”: su cultura, su religión; y también algo de su historia. Pero muy poco se dice de su verdadero origen. Lo mismo oímos acerca de los israelíes, aunque, respecto al origen de este pueblo, con frecuencia se le reconoce como el “pueblo judío”.

¿Y qué tanto se dice de los Estados Unidos de Norteamérica e Inglaterra?

Bueno, de estos pueblos se dice mucho; inclusive se ha publicado amplia información sobre su origen real, aunque, lamentablemente, los medios noticiosos de nuestros días nada comentan sobre este interesante aspecto.

Se dice, y es muy cierto, que los Estados Unidos es una amalgama de gentes de todas las naciones del mundo. Y es muy cierto, además, que entre esta nación e Inglaterra, siempre han existido varios elementos de fácil identificación, primordialmente en las clases gobernantes y decisorias.

¿Cuáles detalles son históricamente evidentes entre estos pueblos?

Es abundante la información que encontramos en variadas fuentes de la historia secular acerca del origen de estos pueblos anglosajones. Y es de conocimiento general la procedencia de los “primeros” colonizadores que llegaron a América, en su mayoría súbditos de la Corona Británica. Una vez establecidos en el nuevo territorio lejos de Europa, las cargas impositivas por parte de las autoridades británicas los llevó a la decisión de emanciparse del control británico y establecerse como pueblo soberano. Sin embargo, aquella acción no dio al traste con los lazos de amistad, y de sangre, que unían a ambos pueblos, más bien los cimentaron...¡hasta el día de hoy!

Ahora bien, aunque la evidencia de la historia secular es abundante, nos debe interesar más entender lo que el Eterno Creador del universo nos dice al respecto; y si en las Sagradas Escrituras podemos confirmar la data que la historia secular nos provee.

Todo estudiante de las Sagradas Escrituras sabe que esta fuente nos habla de la creación física que hasta el presente es conocida. Y que de toda esa creación física la más excelsa es el HOMBRE – la humanidad. Esta fuente es, como alguien, usando como analogía el producto de la creatividad humana, expresó: “todo fabricante acompaña con su producto un manual de instrucciones; de la misma manera el Eterno Creador acompañó con su producto – el hombre – un manual de instrucciones, la Biblia.”

En este manual, el “Fabricante” Supremo le ofrece al hombre tres datos de primordial importancia:

  1. el origen de su “producto” (el ser humano);
  2. el propósito para el cual fue “producido” (creado);
  3. la “garantía del Fabricante”, que se traduce en la intervención y/o relación del Creador con su “producto”.

Y simultáneamente le imparte instrucciones específicas al hombre sobre cómo vivir en esta etapa física de la creación, y lo que será después.

Bien sabemos que el hombre no aceptó las instrucciones contenidas en el manual de su Creador, pero sí obedeció cabalmente en un punto muy peculiar: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla...” (Génesis 1:28).

Ya bastante avanzado en su multiplicación el hombre decidió establecerse en núcleos humanos, de aglutinarse en ciudades, en naciones, en imperios – en ese orden. En Génesis 4:17, leemos de la primera ciudad que edificó.

Al multiplicarse, el hombre también multiplicó su desobediencia, su rebelión a las instrucciones divinas a tal grado que el Eterno Creador “vio que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo Jehová: Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho” (Génesis 6:5-7).

Sin duda, una decisión en extremo drástica.

Pero, ¿qué fue lo que realmente sucedió? ¿Por qué razón específica el Eterno y Supremo Creador decide “destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo”, conforme leemos en Génesis 6:17)?

Una decisión drástica es requerida cuando ha habido una acción también drástica.

Pero, otra vez, ¿qué fue lo que realmente sucedió?

Encontramos la contestación en los primeros cuatro versículos del capítulo 6 de Génesis. Aquí se nos dice que hubo una relación muy íntima entre los “hijos de Dios” y las “hijas de los hombres”. Y que de aquella relación nacieron hijos que “fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre.”

De forma detallada, explícita, este breve relato nos dice muy poco. Pero un análisis meditativo en armonía con otros pasajes bíblicos nos puede aclarar lo que realmente sucedió.

Analicemos: Vemos claramente que las frases “hijos de Dios” e “hijas de los hombres” establecen un contraste, una distinción. “Hijas de los hombres” son fruto de la reproducción del ser humano. ¿Y los “hijos de Dios”?

Cuando el Eterno Creador se le revela a Job, le pregunta: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre qué están fundadas sus basas? ¿O quién puso su piedra angular, cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los HIJOS DE DIOS?” (Job 38:4-7).

“Cuando alababan todas las ESTRELLAS DEL ALBA...” Aquí el término “las estrellas” se refiere a los ángeles (ver Apocalipsis 1:20).

Hablando de la creación física sabemos que el Eterno creó primeramente los cielos y la tierra, luego el hombre (Génesis 1:1, 26-27; Isaías 45:12, 18). De modo que si cuando el Creador fundaba la tierra se regocijaban todos los hijos de Dios, entonces aquellos “hijos de Dios” no eran seres humanos, más bien, eran otros seres que habían sido creados antes de la creación de la tierra y del hombre. Y la otra creación de la que tenemos información bíblica es la angelical, o sea, los ángeles.

En Hebreos 1:7, 13-14, leemos: “Ciertamente de los ángeles dice: El que hace a sus ángeles espíritus, y a sus ministros llama de fuego... Pues, ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? ¿No son TODOS [los ángeles] espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que SERÁN herederos de la salvación?”

La salvación es una creación espiritual – una dimensión – superior a la angelical, destinada sólo a los humanos, lo que hará a éstos “hijos de Dios” (Hebreos 2:5-18).

En la genealogía del Mesías, que leemos en Lucas 3:23-38, encontramos algo interesante. El versículo 23, dice: “Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años, hijo, SEGÚN SE CREÍA, de José, hijo de Elí.”

“SEGÚN SE CREÍA...” Desde luego que los judíos creían que Jesús era hijo de José, pero...¿HIJO DE DIOS? Sobre esto ellos tenían sus propias interpretaciones que les hacían creer que si algún ser humano se consideraba “hijo de Dios”, ello era un pecado equivalente a blasfemia, que conlleva la pena de muerte colgado en un madero, además de la maldición divina, “porque maldito por Dios es el colgado” (ver Juan 5:18; 10:33; 19:5-7; Deuteronomio 21:22-23).

Otro dato interesante en el relato genealógico de Lucas 3, es que se menciona a cada persona “hijo de”, etc., hasta el versículo 38, que lee: “hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, HIJO DE DIOS.” Solamente Adán es considerado “hijo de Dios”.

¿Por qué razón sólo Adán es considerado hijo de Dios?

Podemos ver que se llama “hijo de Dios” todo ser creado directamente por Dios, bien por creación directa, como lo fueron los ángeles (Hebreos 1:7), y también Adán (Génesis 1:26-27); o por engendramiento del Espíritu Santo (Mateo 1:20; Lucas 1:31-32). Los hijos engendrados por seres humanos podrán ser “hijos de Dios” si “fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo [venidero – (Marcos 10:30; Hebreos 2:5)], y la resurrección de entre los muertos” (Lucas 20:35-36). Es decir, los que fueren tenidos como herederos de la salvación, para lo cual también se requiere que hayan sido engendrados por Dios, y nacidos del espíritu (Juan 1:12-13; 3:1-8).

El capítulo 8 de Juan nos habla de las enseñanzas que el Mesías impartía al pueblo (versículo 2), y nos dice que “muchos creyeron en él” (versículo 30). El Divino Maestro consideró oportuno dirigirse “a los judíos que habían creído en él”, y les dice: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (versículos 31-32).

Aquellos judíos se sintieron ofendidos, pues no se consideraban esclavos de nadie por ser linaje de Abraham (versículo 33). Y “Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres... Sé que sois descendientes de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no haya cabida en vosotros. Yo hablo lo que he visto cerca del Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre” (versículos 34-38).

Nuevamente aquellos judíos insisten en refutar al Divino Maestro alegando que ellos eran hijos de Abraham (versículo 39a). Y “Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham. Vosotros hacéis las obras de VUESTRO PADRE. Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios” (versículos 39-41).

Oh, ahora podemos ver claramente que cuando aquellos judíos le dicen al Mesías que ellos eran “linaje de Abraham”, pensaban que automáticamente esto los hacía “hijos de Dios”.

“Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. VOSOTROS SOIS DE VUESTRO PADRE EL DIABLO, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis? El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios” (versículos 42-47).

Analicemos detenidamente este diálogo entre el Divino Maestro y aquellos judíos que pensaban que creían en él, y que se consideraban “hijos de Dios.”

Es obvio que “creer en Jesucristo” implica algo más que tan solo “pensar” y/o “decir” que creemos en él. Pero en este pasaje hay mucho más, algo verdaderamente importante que debemos entender, pues se trata de la relación del hombre con su Creador, el Eterno Dios.

Cuando el Mesías les dice a aquellos judíos que “todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado; y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre”, en esencia, lo que el Divino Maestro les está diciendo es que cuando el hombre incurre en pecado, ya está rechazando la verdad, está rechazando a Dios, quien es LA VERDAD (Juan 14:6), y por lo tanto, queda fuera “de la casa de Dios” – fuera del contacto con Dios (Isaías 59:2). Y una vez fuera del contacto con su Creador, el hombre automáticamente va a oir, a prestar atención, a “otras voces”. O en otras palabras, sin la presencia de la Verdad en el hombre automáticamente quedan abiertas las puertas de su mente a esas “otras voces” extrañas. Esto es lo que debemos entender cuando leemos lo que el Maestro Divino les dice a aquellos judíos:

“Yo hablo lo que HE VISTO cerca del Padre; y vosotros hacéis lo QUE HABÉIS OÍDO cerca de vuestro padre” (versículo 38). Y les recalca: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer” (versículo 44a).

¡Ah... prestar atención a una “voz extraña” no tan solo convierte al hombre en esclavo, sino que además esa “voz” lo “recibe” como su hijo! Más claramente, cuando el hombre presta atención a lo que “alguien” le dice que haga, y lo hace, automáticamente está estableciendo con ese “alguien” una relación íntima como una entre padre e hijo.

Pero esto requiere una más clara explicación. No olvidemos que para encontrar la verdad que necesitamos entender es necesario analizar con detenimiento, y prestar especial atención a las palabras de nuestro Señor, pues de lo contrario fácilmente se nos pueden escapar detalles importantísimos que “encierran” la verdad que el Divino Maestro quiere comunicarnos. Veamos un ejemplo:

Cuando el Mesías dijo: “Yo hablo lo que HE VISTO cerca del Padre; y vosotros hacéis lo que HABÉIS OÍDO cerca de vuestro padre”, ¿qué verdad hay oculta en estas palabras – una verdad que necesitamos saber para poder entender bien el tema que vamos estudiando?

Analicemos: “Yo hablo lo que he visto cerca del Padre”. Es decir, yo hablo lo que he visto al Padre hacer; y le presto especial atención, porque no puedo hacer nada por mí mismo, sino lo que veo hacer al Padre, eso hago (leer Juan 5:19). Mejor, citemos textualmente este pasaje:

“...De cierto, de cierto os digo: no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.”

“Y vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre...” Es decir, ustedes no han prestado especial atención a lo que su padre hace, porque tan solo lo han oído, y eso que oyen, hacen.

¿Qué verdad para nosotros encierran estas palabras?

Muy simple: Cristo está diciendo que el hombre fue creado de tal manera que por sí mismo nada puede hacer; que necesita de “alguien” que le instruya, especialmente con el ejemplo. O en palabras más explícitas: el hombre no fue creado un ser independiente; más bien fue creado sujeto a una dependencia total. Y esta necesidad el hombre siempre trata de suplirla de modo automático; lo que oye o ve hacer, eso hace automáticamente.

¿Queremos prueba de esto? Muy sencillo... observemos a los niños. Usted le sonríe a un niño, éste le sonríe también. Usted mueve su mano, el niño mueve la suya. Y a medida que el niño va creciendo, va grabando en su mente e imitando lo que ve y oye en el ambiente en que se encuentre. Esto explica el comportamiento del ser humano en las varias etapas de su crecimiento y/o desarrollo. De esta manera es que progresivamente el hombre se va formando hasta llegar a lo que en determinado momento realmente es.

Para entender mejor este concepto, bien podemos preguntar, ¿qué cosa es el hombre? Bueno, el hombre es lo que hace, es decir, su obra lo identifica. Y como toda obra, toda acción, se incuba en la mente, podemos confirmar lo que leemos en Proverbios 23:6-7: “No comas pan con el avaro, ni codicies sus manjares; PORQUE CUAL ES SU PENSAMIENTO EN SU CORAZÓN [su mente], TAL ES ÉL.”

¿Queremos más confirmación bíblica de que la obra identifica a la persona? Veamos:

Cuando los judíos se indignaron con el Mesías porque él les dijo que era hijo de Dios, el Maestro les responde: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre” (Juan 10:37-38; leer también Juan 5:36 y 14:8-11).

El hombre es identificado por su obra, es decir, la obra es lo que hace al hombre. Y su amo, su padre es “aquél” a quien el hombre le sirve.

En síntesis, no es difícil comprobar que son llamados “hijos de Dios” los seres que Dios creó directamente, como los ángeles; y también como el “individuo” Adán. Y de los hijos de Adán pueden ser “hijos de Dios” todos los que sean engendrados de Dios, mediante su Espíritu, y le sirvan, agradándole, haciendo las cosas que Dios, el Padre Bendito, les ordena (Juan 1:12-13; 12:36; Mateo 5:44-45; Lucas 20:35-36; Romanos 9:1-8; 1 Juan, capítulo 3).

En el análisis de lo estudiado en el capítulo 8 de Juan, y en los pasajes citados al final del párrafo anterior tenemos prueba bíblica del concepto “hijos de Dios”.

Pero hay otro detalle bien importante que debemos analizar para entender qué fue lo que realmente sucedió en el breve relato que leímos en Génesis 6:1-4, por lo que el Eterno Creador tomó la drástica decisión que leemos en los versículos 5-7.

En el versículo 5, leemos: “Y vio Jehová que la MALDAD de los hombres era MUCHA en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.”

¿En qué consistió aquella “MUCHA MALDAD de los hombres”?

Simplemente ellos rechazaron las instrucciones que el Bendito Creador les había impartido. Y al rechazar a su Creador, aquella humanidad le abrió las puertas a espíritus inmundos, los ángeles desobedientes, a quienes Dios los entregó, y que dio lugar a que se multiplicara la maldad de los humanos hasta el grado de cometer toda suerte de acciones nefandas, como tan detalladamente lo relata el apóstol Pablo en Romanos 1:8-32 (leer este pasaje). De aquellos ángeles nos habla Judas en su breve, pero a la vez admonitoria epístola:

“Y a los ángeles que NO GUARDARON SU DIGNIDAD, sino que ABANDONARON SU PROPIA MORADA, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día; como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquéllos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno” (Judas 1:6-7).

Aquí Judas es bien explícito respecto a la “gran maldad” de aquellos ángeles “matrimoniados” con los humanos. Pedro también añade detalles específicos (2 Pedro, capítulo 2).

La maldad fue tal que los hombres se entregaron a abominables “vicios contra naturaleza”, como más tarde también lo hicieron los de “Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas” (Génesis 19). Y además, entregaron sus hijas a aquellos ángeles inmundos, quienes habían despreciado la dignidad de haber sido creados como seres especiales, espirituales (estudiar capítulo 1 de Hebreos), y abandonado su propia morada junto al trono del Supremo Creador del universo. De la unión de aquellos seres ahora “semi-humanos”, con las hijas de los hombres nacieron los nefilines de la antigüedad, seres “humanoides” con características sobrehumanas, y quienes con sabiduría superior a la humana violentaron y contaminaron no tan solo la genética humana, sino que también la genética de toda vida que el Eterno había creado en la tierra, a tal grado que el Eterno Creador determinó necesario “destruir toda carne en que había espíritu de vida debajo del cielo; todo lo que había en la tierra murió” (Génesis 6:17; 7:17-24).

Y “la mucha maldad” de aquella humanidad resalta cuando leemos en Génesis 6:8-22 que solamente “Noé halló gracia ante los ojos de Jehová”, porque sólo él “era perfecto [puro] en sus generaciones.” Es decir, tan solo Noé era genéticamente puro en sus generaciones, pues, como leemos en el versículo 12, “Y miró Dios la tierra, y he aquí que estaba corrompida; porque TODA CARNE había corrompido su camino sobre la tierra.”

Por esta razón, “Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra” (versículo 13).

Definitivamente, una acción drástica, pero por una causa en extremo drástica. Y aunque en el relato de Génesis 6 no encontramos detalles específicos de cuán drástica realmente fue aquella rebelión de los humanos “matrimoniados” con aquellos ángeles perversos, nuestro Señor Jesucristo exhorta a la generación del fin de los días a estar alerta a lo que suceda en su tiempo.

Cuando en cierta ocasión los discípulos le preguntaron al Mesías, qué señal habría de su venida, y del fin del siglo (de esta era), él les relató una serie de eventos y circunstancias que prevalecerían en tiempos del fin; de especial significado el detalle: “Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre” (Mateo 24:3, 37).

Bien sabemos que aquellos que le preguntaron a su Señor murieron, y que han transcurrido cerca de 2000 años desde entonces hasta el presente. Esto quiere decir que la pregunta y la contestación son aplicables más directamente a la generación del tiempo del fin (el que lee, entienda).

El relato que leemos en Génesis 6 tuvo lugar en los días de Noé. Y la Biblia interpreta la frase “los días de Noé” en Génesis 9:29: “Y fueron todos LOS DÍAS DE NOÉ NOVECIENTOS CINCUENTA AÑOS.” De modo que si queremos saber los detalles de lo que realmente sucedió durante “los días de Noé”, tenemos que mantenernos en estado de alerta observando bien de cerca lo que suceda durante el tiempo del fin (si alguno tiene oídos para oir, oiga).

Después del diluvio universal, los humanos continuaron en obediencia al mandato de “fructificad y multiplicaos”; y leemos en Génesis 11:1-6:

“Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras...Y se dijeron unos a otros: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre [un Gobierno, un Control], por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra...Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es UNO [un Orden Mundial], y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra...”

Oh, sí, el hombre continuó multiplicándose, y en todo momento actuando en abierta rebelión contra su Creador. Las circunstancias pecaminosas de antes del diluvio se repitieron después de éste. En Génesis 6:4, leemos: “Había gigantes [nefilines] en la tierra en aquellos días, y también DESPUÉS que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre.” (Muchos siglos más tarde, y en varias ocasiones, los israelitas se enfrentaron a seres de la raza de los gigantes ver Números 13:33; Deuteronomio 2:20-25; 2 Samuel 21:18-22.)

En los capítulos 10 y 11 de Génesis encontramos varios datos de especial interés para nuestro estudio, específicamente:

  1. la genealogía de los descendientes de Noé;
  2. la mención de Nimrod, biznieto de Noé, por la línea de su hijo, Cam;
  3. de la descendencia de Sem, hijo menor de Noé, se menciona a Heber y a Peleg;
  4. el relato de la histórica Torre de Babel; y,
  5. el nacimiento de Abraham.

Acerca de Nimrod, leemos en Génesis 10:8-12: “Y Cus engendró a Nimrod, quien llegó a ser el primer PODEROSO en la tierra. Este fue VIGOROSO CAZADOR DELANTE DE JEHOVÁ; por lo cual se dice: Así como Nimrod, vigoroso cazador delante de Jehová. Y fue el comienzo de su reino Babel, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Sinar. De esta tierra salió para Asiria, y edificó Nínive, Rehobot, Cala, y Resén entre Nínive y Cala, la cual es ciudad grande.”

Es decir, Nimrod se irguió como líder indiscutible, convirtiéndose en un poderoso enemigo de Jehová, al establecer un sistema de vida opuesto al gobierno de Dios, O más claramente, Nimrod es el líder organizador de un sistema de vida contrario a la voluntad divina, algo así como lo que mencionamos al comienzo de nuestro estudio: el “Templo de la humanidad”, un Templo u “organización” exponente de las cuatro columnas que sostienen a la sociedad humana. Y en su rebelión, Nimrod se convierte en portavoz excepcional del Camino de Caín.

Oh, sí, tal como leemos en Génesis 11:1-4, después del diluvio, el hombre, ya multiplicado en considerable número, continuó en abierta rebelión a las instrucciones del Dios Creador, la Autoridad Suprema en todo el universo. Y puesto que había determinado no dejarse gobernar sino por sí mismo, decide construirse una Torre, un sistema de control que los uniera “por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra” (versículo 4).

Al ver este humano proceder, el Bendito Dios dice: “He aquí el pueblo es UNO, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer.”

Ciertamente, el Eterno Dios conoce muy bien el pensamiento del hombre, y de antemano provee la solución a las consecuencias que el hombre se acarreará al proceder contrario a la voluntad divina. Esta es la razón por la cual se mencionan los nombres de Heber y su hijo Peleg en Génesis 10:24-25; y 11:16. De Heber procede el gentilicio “hebreo”, que distingue a Abraham (Génesis 14:13) y su descendencia, el pueblo israelita. Y Heber le pone nombre a su hijo Peleg, que significa “división” o “juicio de Dios”.

Claramente podemos ver que el Eterno y Bendito Dios nos revela cómo él iba a intervenir directamente en los asuntos del hombre mientras éste continuaba en abierta rebelión contra la voluntad divina. De esa intervención misericordiosa del Amoroso Padre Celestial, leemos en Génesis 11:6-9: “Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra.” Esto sucedió en los días de Peleg, tal como leemos en Génesis 10:25: “Y a Heber nacieron dos hijos; el nombre del uno fue PELEG, PORQUE EN SUS DÍAS FUE REPARTIDA [DIVIDIDA] LA TIERRA.”

Sí, la intervención misericordiosa de Dios fue constante, pero el hombre continuaba en abierta rebelión a sus instrucciones. El Todopoderoso Creador es la Autoridad Suprema en todo el universo. Y él es muy celoso de su obra, de su creación.

Pero no olvidemos las palabras de Dios mismo respecto al proceder del hombre: “Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es UNO, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y NADA LES HARÁ DESISTIR AHORA DE LO QUE HAN PENSADO HACER” (Génesis 11:6).

“El pueblo [la humanidad] es UNO”, es decir, están organizados, aglutinados bajo un sistema de gobierno, de control, que se han creado. Y en su proceder no aprobaron tener en cuenta a Dios (Romanos 1:28), quien es la Autoridad Suprema. Y toda vez que el hombre jamás desistiría de su empeño, el Eterno Creador interviene para desacelerar, a la vez que desalentar aquella descabellada actividad. Y en el proceso les confundió el lenguaje, y los “esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra” (Génesis 11:8). Luego, en los días de Peleg, el Eterno decide configurar la tierra de su estado original a como la conocemos hoy, dividida en continentes, archipiélagos e islas. Y algo más, de trascendental importancia; leemos en Deuteronomio 32:7-8:

“Acuérdate de los tiempos antiguos, considera los años de muchas generaciones; pregunta a tu padre, y él te declarará; a tus ancianos, y ellos te dirán. Cuando el Altísimo hizo dividir a los hijos de los hombres, estableció los límites de los pueblos SEGÚN EL NÚMERO DE LOS HIJOS DE DIOS.”

(Nota: En este pasaje la versión Reina-Varela, y otras, traducen “según el número de los hijos de Israel” en lugar de “los hijos de Dios”. La versión Biblia de Jerusalén, y otras más, además de varias versiones en otros idiomas, lo rinden correctamente: “según los hijos de Dios.”)

Sintetizando: Por causa de la continua actitud rebelde de los hombres, de no tomar en cuenta a su Creador y despreciar su autoridad suprema; y como “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”; y como “nada les haría desistir de lo que habían pensado hacer”, el Eterno decide esparcirlos “sobre la faz de toda la tierra.” Y establece límites a las naciones que todos ellos fundaron; y los entrega a los ángeles rebeldes, a quienes habían prestado atención, e “invitado” para que les “instruyeran” en su descarriado proceder.

Prueba de la actividad de estos “ángeles supervisores”, como lo rinde la versión La Biblia al Día, en Deuteronomio 32:8, la encontramos en varias escrituras, por ejemplo: Daniel 10:12-20; Ezequiel 28:1-5; 38:1-3; 39:1. Y 2 Tesalonicenses 2:1-12 habla de futuras intervenciones de Satanás, a quien también se le llama príncipe en Juan 12:31; 14:30; 16:11; Efesios 2:2; y “el dios de este siglo” (esta era) 2 Corintios 4:3-4.

Definitivamente, el Eterno Creador entregó las naciones a la dirección supervisora de ángeles pecadores, a quienes les dio autoridad sobre ellas, ver Jueces 9:22-24; y leer 2 Tesalonicenses, capítulo 2; Apocalipsis 13 (todo el capítulo); también Apocalipsis 16:12-14; 18:2-3.

Éstas, y otras muchas escrituras corroboran un detalle que es necesario que entendamos correctamente, pues se trata de la interacción y/o relación del Eterno Creador con el hombre: A través de las Escrituras podemos ver que en su intervención con los humanos el Eterno emplea a los ángeles, tal como leemos en Salmos 103:19-21:

“Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos. Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto. Bendecid a Jehová, vosotros sus ejércitos, ministros suyos, que hacéis su voluntad.”

Y ya leímos en Hebreos 1:14, que TODOS los ángeles fueron creados “espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación.” Y explicamos que los herederos de la salvación son los hombres, la humanidad. O expresado de otra manera, el hombre fue creado primeramente físico, pero con el propósito de llegar a ser “heredero de la salvación”, que es una creación espiritual, superior a la angelical (leer 1 Corintios 15:34-58; Hebreos 1:5-14; 2:5-9).

También leímos en Isaías 45:11-12: “Así dice Jehová, el Santo de Israel, y su Formador: Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos. Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a TODO SU EJÉRCITO MANDÉ.”

¿Qué debemos entender por “los cielos, y TODO SU EJÉRCITO”, es decir, el ejército de los cielos?

Se trata de los ángeles – ver Josué 5:13-15; 1 Reyes 22:20-23; 2 Crónicas 33:1-5; Salmos 148:1-4; Hechos 7:42; Apocalipsis 19:11-14.

Claramente vemos que se incluye tanto a los ángeles buenos como a los ángeles pecadores; unos y otros están al servicio del Eterno en su interacción con el hombre. En Hebreos 1:14 leemos que “TODOS los ángeles son espíritus ministradores...”

Ciertamente, el Eterno extendió los cielos y a todo su ejército mandó...¡Y MANDA!

Ahora analicemos un pasaje bíblico que nos ofrece algunos detalles de la maldad imperante como consecuencia de la involucración de los humanos con aquellos ángeles pecadores. Y que también nos confirma que el Eterno Creador sí entregó las naciones a “todo el ejército del cielo”, es decir, a las “huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”, como tan claramente el apóstol Pablo describe a aquellos ángeles pecadores en Efesios 6:12.

En las instrucciones finales que Moisés imparte a los israelitas cuando ya se alistan para entrar a la tierra prometida, les recuerda las experiencias “del horno de hierro” que ellos habían vivido en Egipto, y les advierte sobre el pecado de idolatría, diciéndoles:

“Guardad, pues, mucho vuestras almas: pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego; para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra, figura de animal alguno que está en la tierra, figura de ave alguna alada que vuele por el aire, figura de ningún animal que se arrastre sobre la tierra, figura de pez alguno que haya en el agua debajo de la tierra. No sea que alces tus ojos al cielo, y viendo el sol la luna y las estrellas, Y TODO EL EJÉRCITO DEL CIELO, seas impulsado, y te inclines a ellos y les sirvas; porque Jehová tu Dios LOS HA CONCEDIDO A TODOS LOS PUEBLOS DEBAJO de todos los cielos. Pero a vosotros Jehová os tomó, y os ha sacado del horno de hierro, de Egipto, para que seáis el pueblo de su heredad como en este día” (Deuteronomio 4:15-20).

Sin lugar a dudas, abominable, execrable en grado extremo fue la idolatría resultante de aquel “matrimonio” entre los humanos y los “ángeles que no guardaron su dignidad.”

Posteriormente los israelitas también hicieron lo mismo, pues fue lo que APRENDIERON Y PRACTICARON durante los años del “horno de hierro” que vivieron en Egipto, y como muy bien lo demostraron al hacerse un becerro de oro (leer relato en Exodo 32 y Hechos 7:38-43). Ahora Moisés le exhorta a aquella generación que en gran número había nacido en el desierto, y que ya se apresta para entrar en la tierra prometida, lo que sus padres hicieron, y las experiencias del “horno de hierro” que vivieron en Egipto. Y les dice que por esta razón el Eterno había entregado la humanidad rebelde a la supervisión de aquellos ángeles pecadores, quienes enseñaron a los humanos a adorar y dar culto a las criaturas antes que al Creador, y a cometer todo tipo de idolatría y abominación inimaginable, pero que ellos ahora habían sido liberados por el Eterno Dios.

El apóstol Pablo les predica exactamente lo mismo a los verdaderos discípulos de Cristo de todos los tiempos (Romanos 1:18-32; Efesios 2:1-13; 6:12).

 

IV. Dios crea un pueblo para sí

Entre los varios datos de especial interés para nuestro estudio que encontramos en los capítulos 10 y 11 de Génesis, mencionamos el nacimiento de Abram (Abraham) (Génesis 11:26-27). Este dato es de interés MUY ESPECIAL. Nótese que el capítulo 11 de Génesis comienza con el relato de la abierta rebelión del hombre contra su Creador, el Eterno Dios; y concluye con la presentación de Abraham, especial siervo que el Eterno Dios escoge para revelar su plan de salvación para toda la humanidad.

Luego de haber dividido la tierra y haber entregado aquella humanidad rebelde a ángeles pecadores; y en medio de un mundo compuesto por una humanidad entregada a la idolatría, a la maldad en gran escala, y a la rebelión en todos los órdenes respecto a su relación con el Supremo Creador, en su infinita misericordia el Amoroso Padre Celestial decide hacer algo extraordinario, trascendental, algo así como lo que nos dice el profeta Habacuc, quien en medio de circunstancias similares (Habacuc 1:2-5), anuncia: “Mirad entre las naciones, y ved, y asombraos; porque haré una obra...que aún cuando se contare, no la creeréis.”

Sí, en medio de la depravación moral y desobediencia general de aquella humanidad, Dios llama a Abram, y le dice: “Vete de tu tierra [de lo conocido] y de tu parentela [de lo confortable], y de la casa de tu padre [de lo seguro], a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias [naciones] de la tierra” (Génesis 12:1-3).

Y leemos en Hebreos 11:8: “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba.”

¿Qué es lo que realmente se proponía el Eterno y Bendito Creador cuando llama a Abram y le ordena apartarse totalmente de todo aquel ambiente en que vivía, e ir a un lugar que no sabía?

Debemos preguntarle al Creador, porque eso es lo que él nos ordena:

“Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos. Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé ... Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más... Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero; que llamo desde el oriente al ave, y de tierra lejana al varón de mi consejo. Yo hablé, y lo haré venir; lo he pensado, y también lo haré. Oídme, duros de corazón, que estáis lejos de la justicia: haré que se acerque mi justicia; no se alejará, y mi salvación no se detendrá. Y PONDRÉ SALVACIÓN EN SION, Y MI GLORIA EN ISRAEL” (Isaías 45:11-12, 22; 46:9-13).

¡En su misericordia, el Eterno Creador determina establecer su presencia, que es equivalente a su salvación y su gloria, entre los hombres, creando, con Abraham y su descendencia, específicamente con el hijo de la promesa, Isaac (ver Hebreos 11:17-18), un pueblo para sí, un pueblo único, diferente de todos los pueblos de la tierra; y con ese pueblo establecer un SACERDOCIO especial, con autoridad divina!

Como la humanidad había decidido establecerse en naciones con un gobierno propio, en desprecio total a la autoridad Divina, el Eterno Dios los entregó a la supervisión de espíritus inmundos y decidió crear un pueblo para sí. Con este propósito llama a Abram y le dice: “haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:2-3).

Nótese un detalle bien importante, y de gran significado, de lo cual comentaremos más adelante. La promesa que el Eterno le hace a Abraham es dual: promesa de BENDICIÓN FÍSICA, y de BENDICIÓN ESPIRITUAL.

“Te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren” – bendición física. Y “serán benditas en ti todas las familias de la tierra”– bendición espiritual.

¿Cómo, cuándo, de qué manera se manifestaron las bendiciones que el Eterno y Bendito Creador le prometió a Abraham? ¿Cómo y cuándo comenzó el Eterno a “hacer buenas” estas promesas? Nótese bien, “HARÉ de ti una nación grande; te BENDECIRÉ; y ENGRANDECERÉ tu nombre; y SERÁS bendición; SERÁN benditas en ti todas las familias de la tierra” – todo está en tiempo FUTURO.

Leamos Génesis 14:17-19: “Cuando [Abram] volvía de la derrota de Quedorlaomer y de los reyes que con él estaban, salió el rey de Sodoma a recibirlo al valle de Save, que es el Valle del Rey. Entonces Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, sacó pan y vino; y le bendijo, diciendo: Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó tus enemigos en tu mano. Y le dio Abram los diezmos de todo.”

¿Quién era este personaje, Melquisedec, que sacó pan y vino; y BENDIJO a Abram, y en qué consistió aquella bendición?

En Hebreos 7:1-4, 6-7, leemos:

“Porque este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que salió a recibir a Abraham que volvía de la derrota de los reyes, y le bendijo, a quien asimismo dio Abraham los diezmos de todo; cuyo nombre significa primeramente REY DE JUSTICIA, y también REY DE SALEM, ESTO ES, REY DE PAZ; sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre. Considerad, pues, CUÁN GRANDE ERA ÉSTE, a quien aun Abraham el patriarca dio diezmos del botín... [y] bendijo al que tenía la promesa. Y sin discusión alguna, el menor es bendecido por el mayor.”

Observemos algunos datos que resaltan: Melquisedec significa Rey de justicia, y Rey de Paz (leer Isaías 9:6-7). Y era SACERDOTE DEL DIOS ALTÍSIMO. Y, además, SACÓ PAN Y VINO, Y BENDIJO a Abraham; y sin discusión, alguna, el menor es bendecido por el mayor.

¡He aquí una bocanada de profundo significado!

En Génesis 20:7; y 23:6, leemos que Abraham era PROFETA, y PRÍNCIPE DE DIOS entre ellos, es decir, entre la gente. Príncipe significa principal. En Israel los sacerdotes eran llamados “principales” o príncipes; y también profetas.

Leemos, además, que Melquisedec “sacó pan y vino, y bendijo a Abram.”

¿Qué podemos entender de esto...en qué realmente consistió aquella bendición?

Al comienzo de su ministerio, Jesucristo escogió a doce de sus discípulos, a los que también llamó apóstoles. Fueron estos doce los que él reunió durante la última cena, y les sirvió (sacó) pan y vino (Marcos 14:17, 22-25). Y después de haber resucitado, vuelve a reunirse con ellos (excepto Judas, el que lo traicionó), y reunido a la mesa con los mismos once les ordena: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:14-18). Es decir, los autoriza, o expresado de otra manera, los bendijo confiriéndoles autoridad para predicar las buenas nuevas del evangelio por todo el mundo. Y con el llamado original, y la autoridad que ahora les confiere, los está preparando para ser “reyes y sacerdotes... sobre la tierra” (Apocalipsis 5:10).

Analizando bien los títulos otorgados a Abraham, y observando el proceder del Mesías, quien ahora es Sacerdote del Dios Altísimo, o sea, Sumo Sacerdote (Hebreos 5:5-6), muy bien podemos entender que cuando el Sumo Sacerdote Melquisedec bendijo a Abraham, aquella bendición significó la “unción”, o transferencia de autoridad sacerdotal a Abram. No olvidemos el principio establecido en Hebreos 7:9, porque de la manera que en los lomos de Abraham estaba (presente para Dios) Leví, (posteriormente la tribu sacerdotal), también lo estaba David, quien actuó muy en el agrado a Dios al “decidir” construirle “casa” o “morada” (leer relato en 2 Samuel 7). Y bien sabemos que aquella “casa” fue el templo que Salomón construyó, y “casa de Dios” (1 Crónicas 28); y “casa de oración para todos los pueblos” (Isaías 56:7; Lucas 19:45-46). ¡Y todo esto estaba en los lomos de Abraham!

Además, con relación a las “credenciales” de un sumo sacerdote, leemos en Hebreos 8:3: “Porque todo sumo sacerdote está constituido para presentar ofrendas y sacrificios...”

¿Ofreció algún sacrificio Abraham?

Tal vez el capítulo 22 de Génesis nos pueda “refrescar” la memoria.

En el capítulo 17 de Génesis, leemos el relato del pacto que el Eterno Dios hace con Abram, a quien le cambia el nombre a Abraham, que significa, “padre de muchedumbre de gentes.” Y de la promesa de darle un hijo. El capítulo 21 de Génesis nos relata el nacimiento de Isaac, el hijo prometido. Y en Génesis 25, leemos los detalles del nacimiento de los hijos de Isaac, los gemelos Esaú y Jacob.

Y el Eterno amó a Jacob (Malaquías 1:2), a quien, por su valor, firme determinación y perseverancia le cambia el nombre a Israel, y lo bendijo (Génesis 32:22-29).

Y respecto a la promesa que les había hecho a Abraham y a Isaac, el Eterno se la confirma a Jacob:

“Apareció otra vez Dios a Jacob, cuando había vuelto de Padan-aram, y le bendijo. Y le dijo Dios: Tu nombre es Jacob; no se llamará más tu nombre Jacob, sino Israel será tu nombre; y llamó su nombre Israel. También le dijo Dios: Yo soy el Dios omnipotente: crece y multiplícate; una nación y conjunto de naciones procederán de ti, y reyes saldrán de tus lomos. La tierra que he dado a Abraham y a Isaac, la daré a ti, y a tu descendencia después de ti daré la tierra” (Génesis 35:9-12 – leer todo el capítulo).

Y como nos gusta estudiar la Biblia, conocemos gran parte de la historia de Abraham, un especial siervo y amigo de Dios, y de quien el Eterno dice: “¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer, habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte, y habiendo de ser benditas en él todas las naciones de la tierra?” (Génesis 18:17-18).

Aquí el Eterno Creador nos dice que él determinó hacer de Abraham “una nación grande y fuerte.” Y que sería a través de esa nación de Abraham que todas las naciones recibirían bendición divina (Génesis 12:3; 28:10-14). O más claramente, es a través de Abraham y su descendencia que el Eterno Dios extiende su misericordia – sus bendiciones – a todas las naciones de la tierra. ¡Así él lo dispuso!

Ahora bien, ¿cuál es la más grande bendición que nación alguna pueda recibir?

Proverbios 9:10 y 10:22: “El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y el CONOCIMIENTO DEL ALTÍSIMO es la inteligencia.” “La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella.” Y en Salmos 33:12: “Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová.” Y en Deuteronomio 4:7-8: “Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?”

En este contexto, también podríamos preguntar: ¿cuál es el fundamento y punto de partida de toda bendición divina?

Deuteronomio 28:1-2: “Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová te exaltará sobre todas las naciones de la tierra. Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios.”

Y en los versículos 3-14 enumera una abarcadora serie de bendiciones.

Está bien claro, CONOCIMIENTO DEL ALTÍSIMO es la más grande bendición que nación alguna puede recibir. Y las bendiciones tienen como fundamento la obediencia a las instrucciones divinas. Y el prestar atención para obedecer la instrucción del Eterno Dios es el punto de partida de toda bendición divina.

Y el conocimiento del Altísimo, y la instrucción divina, todo ello le fue entregado al pueblo de Israel que Dios formó con la descendencia de Abraham (Romanos 9:3-5).

En Oseas 5:9, el Eterno dice: “En las tribus de Israel hice conocer la verdad.” Y ese pueblo llevaría el “sello” de la circuncisión que el Eterno Dios ordenó a Abraham (Génesis 17:1-14; Romanos 3:1-2).

Pero, exactamente, ¿qué debemos entender por el concepto de “la más grande bendición” que nación alguna pueda recibir? ¿Qué es lo que realmente el Eterno Creador se proponía hacer cuando llamó a Abraham, y le dijo que haría de él una nación grande, y “serán benditas en ti todas las familias de la tierra”?

Ya leímos el relato de cuando el Eterno le confirmó a Jacob la promesa que había hecho a Abraham y a Isaac. Ahora veamos un detalle muy especial cuando El Eterno comienza a intervenir directamente con Jacob y a expandir la promesa que le había hecho a Abraham cuando le dijo, “y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”, que bien sabemos es el aspecto de bendición espiritual.

Leemos en Génesis 35:9-10: “Apareció otra vez Dios a Jacob, cuando había vuelto de Padan-aram, Y LE BENDIJO. Y le dijo Dios: tu nombre es Jacob; no se llamará más tu nombre Jacob, sino ISRAEL será tu nombre; y llamó su nombre Israel.”

El Eterno llama a las personas por el significado del nombre, como por ejemplo, Abraham, que significa “padre de muchedumbre de gentes” (Génesis 17:4-5). Y ahora vemos que el nombre ISRAEL significa “BENDICIÓN”.

Jacob tuvo doce hijos (Génesis 35:1-26), que formaron “las tribus de Israel”, con las cuales el Eterno creó la nación (pueblo) de Israel.

Pero, ¿en qué momento específico quedó formada como “pueblo de Dios” aquella descendencia de Abraham? ¿Y qué detalles específicos la establecieron como “pueblo de Dios”?

Leer el capítulo 5 de Deuteronomio, prestando especial atención a los versículos 22 al 28. Seguidamente leer Deuteronomio 27:1-10.

Es interesante lo que leemos en los versículos 9-10: “Y Moisés, con los sacerdotes levitas, habló a Israel diciendo: guarda silencio y escucha, oh Israel: HOY HAS VENIDO A SER PUEBLO DE JEHOVÁ TU DIOS. Oirás, pues, la voz de Jehová tu Dios, y cumplirás sus mandamientos y sus estatutos, que yo te ordeno hoy.”

Estos pasajes de Deuteronomio 5 y 27, establecen claramente cómo Israel quedó constituido como “pueblo de Dios” con las instrucciones específicas de recibir, registrar y preservar las leyes del Eterno Dios, a la vez que obedecerlas para de esa manera enseñarlas a todas las demás naciones.

Leemos en Isaías 43:1: “Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas porque yo te redimí, te puse nombre, mío eres tú.” Y en el versículo 21, dice: “Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará.”

¿Y cuáles son las alabanzas más efectivas que Israel publicaría?

Primeramente la EXISTENCIA del Eterno Creador; que Dios sí existe, y que es galardonador de los que le buscan (Hebreos 11:6). (El mismo tetragrámaton de su nombre, YHWH, significa “EL QUE ES”, o “YO SOY”.) Y que el Eterno es el único Dios que el hombre debe adorar (Deuteronomio 6:1-5; Isaías 45:1-7). Y seguidamente demostrar LA PRESENCIA DE DIOS, es decir, su morada, su identidad.

Y algo más, muy importante: ¡Israel anunciaría a todas las naciones el plan de la salvación del Eterno Creador, que incluye la segunda fase de la creación, que es la fase espiritual, tal como nos lo explica el apóstol Pablo en 1 Corintios 15:45-50! (Para más detalles sobre el PLAN DE LA SALVACIÓN, ver el artículo “ESTA ES LA OBRA DE DIOS.”)

¿Cómo los israelitas cumplirían esta misión de publicar las alabanzas del Eterno Creador?

Lo harían obedeciendo las instrucciones que Dios les impartió, lo que les traería bendiciones en abundancia (Deuteronomio 4:1-8; 28:1-2).

Y, además, el Eterno dio instrucciones específicas a Moisés, diciéndole: “Escribe tú estas palabras; porque conforme a estas palabras he hecho pacto contigo y con Israel” (Exodo 24:4; 34:27; ver también Números 33:1-2; Deuteronomio 17:14-20; 31:9, 24-29; Josué 8:30-35; Romanos 3:1-2).

Acerca de las bendiciones que prometió, y como parte del pacto que hizo con Israel, el Eterno le dice a Moisés: “...haré maravillas que no han sido hechas en toda la tierra, ni en nación alguna, y verá todo el pueblo en medio del cual estás tú, LA OBRA DE JEHOVÁ; porque será cosa tremenda la que yo haré contigo” (Éxodo 34:10).

Ciertamente, extraordinarias serían las maravillas y portentos que el Eterno Creador realizaría en y con su pueblo, ISRAEL. ¡Y qué maravilla más extraordinaria que aquella de hacer en Israel “LA OBRA DE JEHOVÁ”, la obra de hacer/crear con los hombres una familia, hacer/crear de los hombres “hijos para sí” – “hijos de Dios”, seres espirituales, como Dios es espíritu!

Esta era la alabanza que Israel publicaría a todas las naciones – ¡el plan de la salvación, es decir, la creación espiritual de toda la humanidad!

Otro dato de gran interés es lo que Moisés le dice al pueblo: “Jehová nuestro Dios hizo pacto con nosotros en Horeb. No con nuestros padres hizo Jehová este pacto, sino con nosotros todos los que estamos aquí hoy vivos” (Deuteronomio 5:2-3).

Aquel pacto, además de establecer a Israel como “pueblo de Dios”, es decir, como “BENDICIÓN” de Dios, lo apartaba “de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra” (ver Éxodo 33:16). Y también lo establecía como un REINO DE SACERDOTES, tal como leemos en Éxodo 19:1-6.

Sí, Israel sería un reino de sacerdotes – UN SACERDOCIO. Y como tal, enseñaría, y ADMINISTRARÍA las leyes (instrucciones) del Eterno Dios a todas las naciones (Deuteronomio 4:1-8 – ver también Malaquías 2:1-7, con énfasis el versículo 7, que lee: “Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero [administrador] es de Jehová de los ejércitos.”) De esta manera todas las familias (naciones) de la tierra comenzarían a ser bendecidas (Génesis 12:3; 28:10-14).

Cuando Balac, rey de Moab, alquiló a Balaam para que maldijera a Israel, el Eterno puso palabra en boca de Balaam: “He aquí un pueblo que habitará confiado [solo, apartado, separado]. Y NO SERÁ CONTADO ENTRE LAS NACIONES” (Números 23:9).

Pronunciamiento significativo.

Israel no sería contado entre las naciones, no sería “otra nación más”. Sería un pueblo diferente del resto de los pueblos. Un pueblo con una misión especial.

En la Biblia leemos que el Eterno Dios estableció la humanidad en dos grupos: israelitas y gentiles. Gentiles significa “gentes”, las otras naciones aparte de Israel. (No olvidemos la orden que el Eterno le dio a Abram, “vete de tu tierra, y de tu parentela, y de la casa de tu padre”, es decir, aléjate de este ambiente, tú no serás parte de él; no quiero que tú participes en sus obras de idolatría y rebelión.)

Ahora bien, ¿qué elemento distingue a Israel del resto de las naciones? ¿En qué consiste la diferencia entre Israel y “los gentiles”– los demás pueblos?

Deuteronomio 18:9,14: “Cuando entres a la tierra que Jehová tu Dios te da, no aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas naciones... Porque estas naciones que vas a heredar, a agoreros y a adivinos oyen; mas a ti no te ha permitido esto Jehová tu Dios.” (Leer también, Deuteronomio 12:9-14, 29-32.)

Y en Deuteronomio 14:1-2, leemos: “Hijos sois de Jehová vuestro Dios; no os sajaréis... Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo ÚNICO de entre todos los pueblos que están sobre la tierra.”

Definitivamente, Israel es algo muy preciado para su Creador, el Eterno Dios, tal como leemos en Éxodo 4:22: “Y dirás a Faraón: Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito”. Y también: “Porque la porción de Jehová es su pueblo; Jacob la heredad que le tocó. Le halló en tierra de desierto, y en yermo de horrible soledad; lo trajo alrededor, lo instruyó, LO GUARDÓ COMO A LA NIÑA DE SU OJO” (Deuteronomio 32:9-10 – leer todo el capítulo).

 

V. La presencia de Dios en Israel

En camino del desierto, rumbo hacia la tierra prometida, Israel confrontó luchas con varios pueblos que le impedían el paso. En Éxodo 17, leemos de la guerra que tuvo con Amalec, un rey sobre muchas naciones – una coalición de naciones (Números 24:20). En Éxodo 17:8, leemos: “Entonces vino Amalec y peleó contra Israel en Refidim”. Conviene leer el relato hasta el versículo 16, que dice: “Por cuanto la mano de Amalec se levantó contra EL TRONO DE JEHOVÁ, Jehová tendrá guerra con Amalec de generación en generación.”

¿Contra quién peleó Amalec? ¿contra quién levantó su mano? ¿contra Israel?

Amalec levantó su mano – se rebeló – ¡contra EL TRONO DE JEHOVÁ!

Está claro, Israel es, en síntesis, ¡representación del trono de Dios en la tierra!

Y como ya leímos en Isaías 46:13, en Israel estaría la salvación y la gloria del Eterno y Omnipotente Dios. En Israel estaba la autoridad del Eterno Creador. Allí era el lugar adonde ir ante la presencia del Eterno Dios.

Pero, ¿cómo se reconocería la presencia de Dios en Israel?

Leer capítulos 33 y 34 de Éxodo. Notar algo bien importante en el capítulo 33, versículos 12 al 16:

“Y dijo Moisés a Jehová: Mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos. Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y mira que esta gente es pueblo tuyo. Y él dijo: Mi presencia irá contigo, y te daré descanso. Y Moisés respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?”

Es interesante lo que Moisés le dice al Eterno: “Mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú NO ME HAS DECLARADO A QUIÉN ENVIARÁS CONMIGO”. Y el Eterno le contesta: “Mi presencia irá contigo...” Y Moisés le pregunta al Eterno: “¿cómo conoceré tu presencia?... te ruego que me muestres ahora TU CAMINO, para que te conozca.” “Y Jehová dijo a Moisés: Alísate dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré sobre esas tablas las palabras que estaban en las tablas primeras que quebraste” (Éxodo 34:1).

Y en el versículo 28, leemos que Moisés estuvo en el monte cuarenta días y cuarenta noches, recibiendo instrucciones del Eterno Dios. Allí el Eterno le dio, por segunda vez, los diez mandamientos, y también otras instrucciones, que incluían las ordenanzas de las fiestas, que comienzan con la pascua. Y sabemos que la pascua encierra la ley de los sacrificios. También el Eterno le dio a Moisés los detalles para que construyera el arca, y el tabernáculo (Éxodo, capítulos 25, 26 y 27). Nótese que el Eterno le dice a Moisés: “Mira y hazlos (es decir, haz todas las cosas que te ordeno) conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte” (Éxodo 25:40; Hebreos 8:5).

Leer en el capítulo 40 de Éxodo las instrucciones que el Eterno impartió a Moisés respecto al tabernáculo y al arca del testimonio, con especial atención los versículos 34 al 38, que describen la PRESENCIA DE DIOS en el “tabernáculo de reunión.”

En su travesía por el desierto, los israelitas seguían el arca del pacto que iba delante de ellos (Números 10:33-36). Hay muchas otras escrituras que mencionan la presencia del arca en medio de los israelitas. He aquí algunas que bien vale la pena estudiar y tener en mente: Josué 3:1-4; 6:1-27; 8:30-35; Jueces 20:26-27; 1 Samuel 4:1-22; 1 Reyes 8:1-11, etc.

El punto es: el arca les indicaba a los israelitas ¡LA PRESENCIA DEL ETERNO DIOS!

Meditar detenidamente en el pasaje de Números 10:33: “...y el arca del pacto de Jehová fue delante de ellos camino de tres días, buscándoles lugar de descanso.”

¿Quién les buscaba lugar de descanso a los israelitas? ¿El arca? ¡Hmmm!

En el arca estaban las tablas de la ley, la ley que ellos debían aprender, y obedecer; y también enseñar a todos los pueblos de la tierra (1 Reyes 8:37-49, 60; Isaías 56:7).

La conclusión es evidente: la ley, en todos sus aspectos, es la señal de la presencia del Omnipotente y Misericordioso Creador (Deuteronomio 4:1-8). Es el CAMINO DEL ETERNO – es lo que determina su presencia: “te ruego que me muestres ahora TU CAMINO, para que te conozca”, fue la petición de Moisés. La ley es lo que le provee al hombre DESCANSO, es decir, paz, confianza, tranquilidad, seguridad, armonía... en fin, propósito en su vida, porque la ley, que es palabra de Dios, guía al hombre ¡a la VIDA! (ver Hechos 7:38 y Gálatas 3:24). La administración de la ley, las promesas, y el pacto que el Eterno concertó con Israel era lo que distinguía a este pueblo del resto de los pueblos de la tierra (estudiar Deuteronomio 4:1-8; 14:2; 32:9-10; Romanos 9:1-5).

El Eterno dio al pueblo de Israel conocimiento de su obra, de su proceder, además de su ley, con instrucciones específicas de cómo guardarla, y ADMINISTRARLA. Israel debía obedecer las instrucciones del Eterno, y sentar ejemplo para que todas las naciones aprendieran que sólo el Dios de Israel es el único y verdadero Dios (Deuteronomio 4:1-8; 1 Reyes 8:52-61); porque, tal como ya lo había determinado, era a través de Israel, la descendencia de Abraham, que el Eterno se identificaría y procedería con todas las naciones – con toda la humanidad – (releer y meditar en el versículo 60, que lee:; “a fin de que todos los pueblos de la tierra sepan que Jehová es Dios, y que no hay otro”).

Leamos nuevamente, y analicemos aquel pasaje, de profundo significado, y que nos habla de la presencia/involucración de Dios en la actividad humana – Salmos 33:8-15:

“Tema a Jehová toda la tierra; teman delante de él todos los habitantes del mundo. Porque él dijo, y fue hecho; él mandó y existió. Jehová hace nulo el consejo de las naciones, y frustra las maquinaciones de los pueblos. El consejo de Jehová permanecerá para siempre; los pensamientos de su corazón por todas las generaciones. Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, el pueblo que él escogió como heredad para sí. Desde los cielos miró Jehová; vio a todos los hijos de los hombres; desde el lugar de su morada miró sobre todos los moradores de la tierra. Él formó el corazón de todos ellos; atento está a todas sus obras.”

Observemos detenidamente. El Dios Creador está atento a todas las obras de todos los hijos de los hombres. Y bien sabemos que el hombre, toda la humanidad fue creada con un propósito muy especial (Juan 3:16; Hebreos 2; 1 Juan 3:1-2). Y lo que el Eterno determina es palabra fiel, pues “el consejo de Jehová permanecerá para siempre; los pensamientos de su corazón por todas las generaciones.”

Y un dato muy importante: “desde el lugar de su morada miró sobre todos los moradores de la tierra...” Y añade: “Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, EL PUEBLO QUE ÉL ESCOGIÓ COMO HEREDAD PARA SÍ.”

Si hoy la humanidad llora inconsolable por causa de lo sucedido el 9/11; si aquel acontecimiento fue un suceso que ha formado época, porque es difícil de olvidar y fácil de recordar; y porque ha desatado una serie de cambios múltiples en la diaria actividad de la actual sociedad humana; y si ha causado quebranto y desventura al por mayor, habiéndose desatado una guerra que, conforme nos dicen los expertos, “va para largos años”, el Eterno Dios está muy bien enterado de todo ello, pues él está atento a toda la actividad de cada uno de los seres que componen la sociedad humana.

Conviene, por lo tanto, buscar y entender la presencia/involucración divina en la actual actividad de los hombres.

¿Y adónde ir para encontrar la presencia divina?

Ya hemos comprobado que el lugar de la PRESENCIA DEL ETERNO está en “el pueblo que el Eterno escogió como heredad para sí” – ¡el pueblo de Israel!

Pero... ¿dónde está ese pueblo HOY, ya entrado el siglo XXI?

Ya leímos en Isaías 43:21 que Dios creó un pueblo para sí; y lo llamó Israel (v. 15). Y que Israel sería un “reino de sacerdotes”. Y como tal, sentaría el ejemplo de obediencia a las leyes del Eterno Creador como resultado de lo cual los israelitas recibirían grandes y extraordinarias bendiciones (Éxodo 34:10). Y aquel ejemplo serviría de enseñanza a las demás naciones, quienes preguntarían y buscarían al Dios de Israel (Deuteronomio 4:1-8 – ver también Malaquías 2:1-7). Lamentablemente Israel no guardó el pacto que concertó con su Creador, y como leemos en Jeremías 3:6-8, el Eterno Dios la despidió, dándole carta de repudio.

Finalmente aquel pueblo de Israel fue llevado en cautiverio, y esparcido entre las naciones, tal como el Eterno le había advertido por boca de Moisés (Deuteronomio 28:63-68). Pero el Eterno Dios de las misericordias dejó un remanente en la tierra.

 

VI. Las diez tribus perdidas

El relato bíblico nos habla de cómo el Eterno, después de Salomón, dividió aquel pueblo en dos: la casa de Israel, compuesta por diez tribus, y la casa de Judá, compuesta por las tribus de Judá y Benjamín (1 Reyes 12:1-24).

Cuando la casa de Israel fue llevada en cautiverio por Asiria (leer 2 Reyes 17 hasta 18:1-12), quedó sólo la casa de Judá (2 Reyes 17:18). Pero no tardó mucho tiempo para que la casa de Judá también siguiera el camino de su hermana, la casa de Israel, tal como ya leímos en Jeremías, capítulo 3, razón por la que el Eterno la llevó al exilio en Babilonia (2 Reyes 25).

Luego, conforme a lo profetizado por Jeremías (ver capítulos 25 y 29 de Jeremías), y guiados por los siervos que Dios escogió, Esdras y Nehemías, unos cuantos millares de judíos regresaron del exilio a su tierra natal.

Los escritos de Esdras y Nehemías nos relatan los detalles de cómo aquel remanente de judíos que regresaron del exilio en Babilonia reconstruyeron la ciudad de Jerusalén y el Templo, y restauraron la adoración al Dios de Israel en el mismo, conforme a lo establecido en la ley que el Eterno les había dado a sus antepasados.

Transcurría el tiempo – alrededor de 400 años – y los descendientes de aquellos que regresaron del exilio gradualmente iban perdiendo las esperanzas de ver a “su Israel” recobrar la gloria de antaño. Ellos tenían conocimiento de las promesas que el Eterno había hecho a sus padres, especialmente la promesa del advenimiento del Mesías, de lo que tenían constancia en las Escrituras. Claro, ellos interpretaban las Escrituras en el sentido de que el Mesías vendría a restaurar la gloria de la antigua Israel en cualquier momento después del regreso del exilio en Babilonia. Y como el Mesías “no aparecía”, y la opresión de los poderes griego y romano empeoraba cada día, la mayoría de aquellos judíos fueron abandonando sus creencias, su fe, y más y más eran absorbidos por las costumbres y creencias de los pueblos con quienes estaban en contacto.

Al fin el Mesías aparece en escena, pero tan solo unos pocos lo reconocieron, y lo aceptaron. Siguiendo a sus líderes, la mayoría lo rechazó. Claro, no podían aceptarlo porque él no les complació de inmediato en el reclamo que le hacían: “¿cuándo restituirás el reino a Israel, y nos liberarás del yugo romano que nos oprime?”

Aquellos judíos no podían entender que la misión que el Mesías vino a cumplir en aquel entonces era la de traer bendición espiritual, no solo al pueblo judío, sino que también a toda la humanidad. Y como no entendieron las profecías respecto a la venida del Mesías, continuaron en su total rechazo a las instrucciones del Dios Creador. Y en consecuencia rechazan a su Hijo, el Mesías prometido.

Transcurrían los años, años de lucha continua, de guerras y alzadas violentas de parte de los judíos por motivo de la servidumbre que les imponían los romanos. Finalmente fueron víctimas de la furia de éstos, quienes arrasaron con la ciudad de Jerusalén incendiándola junto con el Templo, algo que los judíos idolatraban (ver Jeremías 7:4–leer todo el capítulo). Ahora sin patria, sin gloria, sin el Templo, y perseguidos por todos, la historia “los aprisionó”. Grupos de ellos fueron llevados cautivos a otras naciones; otros se establecieron aquí y allá; y muchos se fueron a un exilio voluntario entre las naciones que los acogían.

Luego de siglos de penurias y persecución en la diáspora (dispersión) en que se encontraban, algunos judíos decidieron regresar a la tierra de sus antepasados, y unirse a los pocos que aún vivían allí. De hecho, por toda la diáspora, y en cada ocasión que celebraban su año nuevo, y sus fiestas, el lamento de los judíos era: “el año próximo en Jerusalén”. Y, claro, la mayoría de los que regresaban buscaban establecer residencia en su adorada Jerusalén y sus alrededores.

Las luchas entre judíos y árabes palestinos eran continuas. Entra en escena el imperio Turco-Otomano, que conquista la Palestina y la ciudad de Jerusalén. Ahora la lucha de los judíos es también contra los turcos.

Ya entrado el siglo XX, en el mundo se desencadenó lo que se llamó la I Guerra Mundial. Para ese entonces Gran Bretaña (Inglaterra) era un imperio mundial, y el área del Medio Oriente no escapó de su influencia. Como resultado de la guerra los británicos, con la colaboración de los árabes que habitaban Palestina, derrotan a los turcos y conquistan toda la “tierra santa” con su capital, Jerusalén. Inglaterra vio con buenos ojos el plan de establecer un estado judío en Palestina, lo cual comenzó a materializarse en 1917 con la Declaración Balfour, promulgada por Arthur James Balfour, ministro de Relaciones Exteriores británico. En 1922 la declaración fue endosada por la Liga de las Naciones.

Pero a los judíos aún les esperaba una experiencia desgarradora. Se desata la II Guerra Mundial; y en poco tiempo el mundo quedó consternado ante la noticia del infame holocausto, en donde mueren millones de judíos en el continente europeo. Grande fue el clamor de los judíos en todos los rincones del mundo habitado...clamor que sin duda llegó hasta el alto cielo. Los Estados Unidos de Norteamérica entran en batalla, y victoriosamente logran poner fin al conflicto más horripilante que la humanidad había vivido hasta ese entonces. Y aunque la guerra había concluído, la herida de los judíos continuaba sangrando profusamente. Al fin el organismo Liga de las Naciones, ahora transformado en la Organización de las Naciones Unidas, decretó, en 1948, la creación del actual estado israelí, compuesto por judíos de todas partes del mundo que anhelaban regresar a la tierra de sus antepasados, y a su adorada Jerusalén. Y de inmediato los “árabes palestinos”, quienes habitaban en aquellas tierras aun desde antes de la formación de la antigua Israel, por lo que la consideraban muy suya, les declararon la guerra...hasta el día de hoy.

Un detalle increíble y que resalta en la historia reciente respecto a esta nación israelí es que a pesar de ser tan pequeña (un territorio de poco más de 20,000 kilómetros cuadrados; y en sus comienzos con apenas 800,000 habitantes (alrededor de 6 millones en la actualidad), desde el instante de su “nacimiento” ha prevalecido contra sus enemigos, una coalición de muchos pueblos, de abundantes riquezas e inmensa extensión territorial.

Obvio, esto ha sido posible, secundariamente, por la constante ayuda que la actual nación israelí recibe de los Estados Unidos de Norteamérica e Inglaterra.

Por esta acción los pueblos árabes llaman a Estados Unidos e Inglaterra “el gran Satán.” Y su consejo, su determinación es destruir al pueblo israelita y erradicarlo del planeta tierra, tal como leemos en Salmos 83:1-8 (estudiar detenidamente este pasaje).

Pero el actual pueblo israelí es apenas una ínfima porción de los millones de judíos que se encuentran dispersos por todas las naciones del mundo, quienes también ayudan al pequeño estado israelí en su histórica lucha con sus vecinos.

Y como bien sabemos, cuando hablamos de judíos, nos referimos a los descendientes de la tribu de Judá, o la casa de Judá, como se llamó al dividirse el reino de Israel en los días de Roboam, hijo de Salomón (1 Reyes 12:1-24).

Pero, ¿dónde se encuentran las otras tribus de Israel que la historia describe como “las diez tribus perdidas”?

Oh, ¿de verdad que están perdidas?

¿Podremos encontrar información en las Sagradas Escrituras que nos ayude a identificar dónde se encuentran los descendientes de “las diez tribus perdidas de la casa de Israel” hoy?

En Deuteronomio 28:63-68 podemos leer la sentencia que el Eterno dictó contra el pueblo de Israel si no prestaban atención a sus instrucciones. Y sabemos que los israelitas desobedecieron, y el Eterno los desechó, y los envió al exilio.

Ah, pero no olvidemos, el Eterno es un Dios misericordioso, y él no se olvidó, ni se olvida del pacto que hizo con su pueblo. A pesar de la desobediencia de los israelitas, el Eterno promete que “aun estando ellos en tierra de sus enemigos, yo no los desecharé, ni los abominaré para consumirlos, invalidando mi pacto con ellos; porque yo Jehová soy su Dios. Antes me acordaré de ellos por el pacto antiguo, cuando los saqué de la tierra de Egipto a los ojos de las naciones, para ser su Dios. Yo Jehová” (Levítico 26:44-45).

El profeta Samuel les recuerda esta promesa del Eterno y Bendito Dios: “Pues Jehová no desamparará a su pueblo, por su grande nombre; porque Jehová ha querido haceros pueblo suyo” (1 Samuel 12:22).

Definitivamente, grandes son las misericordias del Eterno Dios. Indistintamente de que Israel se olvidara del pacto que concertara con su Dios, el Eterno no es hombre, y por lo tanto, no se olvidaría de ellos. Mas bien estaría con ellos dondequiera que se encontraran (leer Levítico 26:14-45). En algún momento el Eterno se acordaría de su pacto y los traería al arrepentimiento, para que le buscaran, ¡porque ÉL ES SU DIOS! (estudiar detenidamente el capítulo 11 de Oseas – muy importante).

Además, los israelitas “llevaban” consigo el pacto antiguo, y las bendiciones proféticas que el Eterno había prometido a sus padres Abraham, Isaac y Jacob. Y también llevaban consigo las bendiciones proféticas con las que Jacob bendijo A CADA UNO DE SUS DOCE HIJOS.

En la versión de la Biblia Casiodoro de Reina 1569, leemos en Génesis 49:1: “Y llamó Iacob à fus hijos, y dixo, Iuntaos, y declararos hé lo que os há de acontecer en los poftreros días.”

(Claro, un español arcaico, pero fácil de entender. Se cita de esta versión por el hecho de la frase “los poftreros días”; Reina-Valera y otras lo rinden “los días venideros.” Como se trata de acontecimientos para el tiempo del fin, es más específica la versión Casiodoro de Reina.)

En Génesis 49:3-27 podemos leer la bendición con que Jacob bendijo a CADA UNO de sus hijos, como lee el versículo 28: “Todos estos fueron las doce tribus de Israel, y esto fue lo que su padre les dijo, al bendecirlos; CADA UNO POR SU BENDICIÓN los bendijo.”

Es interesante notar que el texto es bien específico: CADA UNO POR SU BENDICIÓN. Es decir, Jacob bendice a cada uno de sus hijos por separado; no necesariamente sólo una bendición para todos. Esto es de notar porque como un TODO, los doce hijos formaron la nación de Israel, y las bendiciones que venían a la nación en “los tiempos que siguieron” eran disfrutadas por todos en conjunto. No obstante, en los postreros días CADA TRIBU sería bendecida por separado. Esto armoniza perfectamente con la promesa que el Eterno le hizo a Jacob:

“Apareció otra vez Dios a Jacob, cuando había vuelto de Padan-aram, y le bendijo. Y le dijo Dios. Tu nombre es Jacob; no se llamará más tu nombre Jacob, sino Israel será tu nombre; y llamó su nombre Israel. También le dijo Dios: Yo soy el Dios omnipotente: crece y multiplícate; UNA NACIÓN Y CONJUNTO DE NACIONES procederán de ti, y REYES SALDRÁN DE TUS LOMOS” (Génesis 35:9-11).

Una nación = ISRAEL. ¿Y el conjunto de naciones? Ah, eso era para “los poftreros días”.

Un detalle implícito, pero importante en la profecía de Jacob es que en “los postreros días” estas tribus existirían, en algún lugar, disfrutando las bendiciones con las que su padre los bendijo.

Es obvio que aquí entra en juego el concepto de la FE. Es decir, se requiere creer que esto sí se cumplirá, de alguna manera, específicamente en “los postreros días”.

Pero hay más pruebas en las Escrituras.

Sin duda que cuando Jesucristo, el Mesías prometido, el Hijo de Dios, y también Hijo de Abraham, e Hijo de David, vino a la tierra, debió dejarnos alguna clave para nosotros hoy poder identificar el cumplimiento de la profecía de Jacob respecto a las bendiciones con que bendijo a cada uno de sus hijos.

El Mesías dijo: “Yo he venido en nombre de mi Padre...” (Juan 5:43). Es decir, “Yo he venido con la autoridad (autorización) de mi Padre.” Y en Juan 10:30: “Yo y el Padre uno somos.” Y dijo, además: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17).

Si al Mesías le era necesario estar en los negocios de su Padre; si él vino con la autoridad del Padre; y si él y el Padre son UNO, es decir, una unidad perfecta, que trabajan juntos, en perfecta armonía, constantemente, ¿a dónde vino él? O más claramente, ¿dónde estaba la presencia del Eterno Dios aquí en la tierra? Y si, como bien sabemos, el Eterno Dios Creador trabaja con su creación, siendo el hombre lo más excelso de todas las cosas creadas, bien podemos preguntar, ¿desde dónde trabaja Dios con el hombre, la humanidad?

Ya hemos establecido que el Eterno Creador formó un pueblo para sí; un pueblo diferente de los otros pueblos. Y que a ese pueblo él lo llamó Israel. Y que es a Israel que las naciones – la humanidad – deben ir a buscar al Eterno Creador porque es allí donde él estableció su morada, su presencia.

¿Podremos CREER que Cristo entonces vino a su pueblo, Israel?

Leemos en Mateo 15:21-24: “Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. Y he aquí una mujer cananea [gentil] que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. El respondiendo, dijo: NO SOY ENVIADO SINO A LAS OVEJAS PERDIDAS DE LA CASA DE ISRAEL.”

En uno de los tantos encuentros que Cristo tuvo con los fariseos, les dijo: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor” (Juan 10:14-16).

“También tengo otras ovejas...” ¿Cuáles eran esas “otras ovejas”?

Ya leímos en Mateo 15:24: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.”

Definitivamente, Cristo vino a las “ovejas perdidas de la casa de Israel.” Y él fue específico: “¡A LAS OVEJAS PERDIDAS DE LA CASA DE ISRAEL!” Pero, como ya hemos aclarado, la casa de Israel había sido dividida en dos reinos: la casa de Israel y la casa de Judá.

La casa de Judá era fácil de identificar. Una buena representación de aquel antiguo reino estaba allí en la Judea donde nació el Mesías. Y aunque aquella representación era tan solo una minoría de los muchos judíos que se encontraban dispersos por el mundo, lo cierto es que todos los descendientes de Judá eran conocidos en cualquier lugar que se encontraran, principalmente por sus creencias y prácticas religiosas, aparte de que ellos eran muy celosos de su identidad que nunca ocultaban, excepto en casos extraordinarios e individuales, como las persecuciones en la Roma de los Césares, y en tiempos de la infame Inquisición.

En cambio, los de la casa de Israel, una vez fueron conquistados por los asirios, y deportados a otros lugares, perdieron su identidad al entregarse del todo a la adoración de los dioses de cada lugar, y se olvidaron por completo del Eterno Dios de sus padres (estudiar detenidamente el capítulo 17 de 2 Reyes). Citaremos aquí el versículo 34: “HASTA HOY hacen como antes: ni temen a Jehová, ni guardan sus estatutos ni sus ordenanzas, ni hacen según la ley y los mandamientos que prescribió Jehová a los hijos de Jacob, al cual puso el nombre de Israel.” Y la parte final del versículo 41: “y también sus hijos y sus nietos, según como hicieron sus padres, así hacen hasta hoy.”

Contrario a los descendientes de la casa de Judá, los descendientes de la casa de Israel perdieron su identidad... hasta hoy. Por esta razón se les menciona como “las diez tribus perdidas de la casa de Israel.”

Pero como ya hemos comprobado, para el Eterno Creador, el Dios de Israel, los descendientes de aquellas diez tribus siempre han sido “sus ovejas,” siempre él las ha identificado. Por esta razón cuando el Mesías, el Hijo del Altísimo, vino a cumplir la misión especial que el Padre le había encomendado, dijo: “No soy enviado sino a las ovejas PERDIDAS de la casa de Israel.”

Ahora se imponen los interrogantes, ¿cuándo visitó Cristo las “ovejas perdidas de la casa de Israel”? ¿De qué ovejas hablaba él cuando dijo: “También tengo otras ovejas que no son de este redil”?

Leímos en Juan 5:17, que Cristo dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.” Es decir, el Padre y el Hijo han estado, y están, constantemente, trabajando en su obra.

Ahora Lucas 2:41-42: “Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua; y cuando tuvo doce años subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta.”

El relato nos dice que acabada la fiesta se quedó el niño en Jerusalén sin que lo supiesen José y su madre (versículo 43).

Cuando los padres se dan cuenta que el niño no estaba entre los que regresaban de Jerusalén, vuelven a la ciudad, y tres días después encuentran al niño muy “entretenido” en medio de los doctores de la ley, “oyéndoles y preguntándoles” (versículo 46).

Ahora leamos los versículos 47-51: “Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que EN LOS NEGOCIOS DE MI PADRE ME ES NECESARIO ESTAR? Mas ellos no entendieron las palabras que les habló. Y descendió con ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.”

Analicemos: “Y todos los que le oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas.” “En los negocios de mi Padre me es necesario estar.” Además, “Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.”

Todo esto sucedió cuando el niño tenía apenas doce años. ¿De dónde procedía aquella inteligencia y sabiduría, es decir, cómo aquel niño obtuvo inteligencia y sabiduría para dejar maravillados a aquellos doctores de la ley?

Bien sabemos que aquel niño había sido engendrado por el Espíritu Santo (Mateo 1:18; Lucas 1:26-35). Y que desde el vientre de su madre estaba lleno del Espíritu. Pero no olvidemos que él no ejerció toda la plenitud del Espíritu en todo momento. Mas bien, él tomó forma de siervo, semejante a los hombres (leer Filipenses 2:5-8; Mateo 26:51-54).

Como él fue un niño modelo, siempre obediente a sus padres, “crecía en sabiduría, y en estatura [responsabilidad], y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52).

Indudablemente sus padres físicos en todo momento fueron diligentes porque el niño recibiera la educación correcta, con tutores especiales. Su madre estaba bastante entendida de la misión que aquel niño vino a cumplir (Lucas 1:26-56; Mateo 1:18-25), y como muchas cosas importantes respecto a aquella misión eran secretas para la gente, ella las “guardaba en su corazón.” Y ciertamente, la presencia del Espíritu del Padre en el niño le ayudaba; ésta era la fuente de la sabiduría y la inteligencia que ejerció en su diálogo con los doctores de la ley a la edad de doce años. Sus tutores le proveían el conocimiento, y el Espíritu del Padre el discernimiento.

Pero lo próximo que la Biblia nos dice acerca de aquel niño es cuando aparece viniendo de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él (Mateo 3:13). Para entonces el “niño” ya “era como de treinta años” (Lucas 3:23). O más claramente, el niño “desaparece” a la edad de doce años y no sabemos más de él hasta que aparece en Judea cuando “era como de treinta años”– un lapso de DIECIOCHO AÑOS.

¿A dónde pudo haber ido “el niño” durante esos 18 años? ¿Qué pudo haber estado haciendo durante todos esos años?

Si a la edad de doce años el Espíritu del Padre se manifestó públicamente en la vida del niño, no es razonable creer que aquel Espíritu Divino “se fue de vacaciones” por dieciocho años. Y si creemos que el Padre y el Hijo hasta ahora trabajan, es decir, constantemente trabajan (Juan 5:17), entonces tenemos que aceptar que aquel “niño” estuvo gran parte de esos dieciocho años atendiendo los negocios de su Padre, porque precisamente en eso le “era necesario estar.”

De modo que como él dijo: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, era exactamente allí donde estaba – ¡VISITANDO LAS OVEJAS PERDIDAS DE LA CASA DE ISRAEL!

Recordemos que él dijo: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.”

Es decir, Jesucristo sabía dónde se encontraban “aquellas ovejas de la casa de Israel.” Para él aquellas ovejas no estaban perdidas; y él había sido enviado a visitarlas.

(Cómo se las “ingenió” aquel niño para viajar a los lugares en donde se encontraban aquellas “ovejas perdidas de la casa de Israel”... bueno, eso es otra historia bien interesante. Oportunamente comentaremos sobre ello. Mientras tanto, es recomendable solicitar, y mantener en reserva, sendas porciones de FE y de paciencia.)

En cierta ocasión nuestro Señor y Salvador impartió a sus discípulos instrucciones específicas: “Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y yendo, predicad, diciendo: el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 10:5-7).

Definitivamente, Cristo sabía dónde se encontraban “las ovejas perdidas de la casa de Israel.” Y sus apóstoles también lo sabían. Veamos un ejemplo:

“Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión: Salud” (Santiago 1:1).

¿Lo captamos bien?

¡El apóstol Santiago nos ofrece una clave bien importante que nos ayuda a dilucidar el misterio con respecto al pueblo único que el Eterno Dios creó para sí! Este apóstol dirige su epístola “¡A LAS DOCE TRIBUS que están en la dispersión!”

Hemos comentado el historial de cómo los descendientes de aquel remanente de judíos que regresaron de Babilonia, perdieron la fe y abrasaron las costumbres y creencias de los pueblos en sus alrededores. Y que cuando vino el Mesías prometido le rechazaron porque se sintieron defraudados cuando él no les complació en sus demandas por la restauración de la gloria del reino de Israel en aquel entonces. Aquellos judíos tenían conocimiento de muchas profecías que hablan de la restauración del reino de Israel, pero a ellos no les fue dado a entender cómo el Eterno Creador cumpliría estas profecías, lo que sería a través del Mesías prometido, quien vino precisamente a eso, ¡a restaurar el reino de Israel!

Y bien sabemos que los judíos que habitaban Judea en los tiempos de la aparición del Mesías, eran apenas una ínfima porción de los millones de judíos que se encontraban dispersos por todas las naciones del mundo, tal como sucede con el pueblo israelí de hoy.

Ahora preguntémonos, ¿con qué propósito el Mesías fue enviado “a las ovejas perdidas de la casa de Israel”?

Cristo ya nos ha contestado: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y HABRÁ UN REBAÑO, Y UN PASTOR.”

 

VII. ¿Dónde se encuentran las tribus de Israel HOY?

Ahora es necesario leer el relato de las circunstancias del nacimiento del Mesías. Dios el Padre envía al ángel Gabriel, quien se le aparece a María y le anuncia que concebiría un hijo, y le dice: “este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre” (Lucas 1:26-33).

Ah, el Mesías “reinará sobre la casa de Jacob [la casa de Israel] para siempre.” Y él fue enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Pero, como hemos comprobado, la casa o reino de Jacob constaba de doce tribus. Y que en los días de Roboam, hijo de Salomón, el Eterno dividió el reino de Israel en dos: la casa de Judá (con dos tribus: Judá y Benjamín), y la casa de Israel, compuesta por diez tribus.

Posteriormente, por la desobediencia de ambos reinos, el Eterno los castigó, enviándolos al exilio – primero la casa de Israel, y luego la casa de Judá. Y estudiamos también la intervención del Eterno con el remanente de judíos que regresaron a Palestina en días de Esdras y Nehemías, en preparación para el cumplimiento de la profecía del advenimiento del Mesías.

Además, hemos comprobado que en aquel tiempo cuando vino el Mesías, tanto las diez tribus de la casa de Israel como las dos tribus de la casa de Judá se encontraban en la diáspora, excepto aquel minúsculo remanente de judíos que habitaban en Judea, quienes tenían la responsabilidad de preservar, y la autoridad para administrar las leyes que originalmente el Eterno le había entregado a la casa de Israel por mano de Moisés, tal como leemos en Mateo 23:1-2:

“Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos.”

Ahora bien, en el siguiente versículo (3), el Mesías nos dice que aquellos líderes judíos no estaban cumpliendo con su responsabilidad de administrar la ley correctamente. Ellos se ufanaban de que eran los líderes, y por lo tanto podían quitar y añadir a la ley sus propias interpretaciones y aplicaciones/tradiciones. A los suyos, el Mesías les exhorta: “así que todo lo que os digan que guardéis [en armonía con la ley dada a Moisés], guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen”. Y por todo el capítulo 23, podemos leer que los llama “hipócritas; guías ciegos”; y también “insensatos y ciegos”, y “necios y ciegos”. Y hasta los llama “serpientes, generación de víboras” (leer todo el capítulo; en el futuro publicaremos una explicación comprensible del significado correcto de este pasaje que a tantos ha confundido).

Está bien claro que el Divino Maestro directa y abiertamente condena y desautoriza a aquellos líderes judíos. Pero, ¿desautorización de qué cosa?

En Mateo 21:33-39, leemos el relato de la parábola de “los labradores malvados” que Cristo les dirigió a los principales sacerdotes y fariseos. En el versículo 41, leemos de la sentencia que ellos mismos se dictaron, la cual Cristo les confirmó, aclarándoles muy bien el significado de la parábola: “Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él” (versículo 43).

Aquí podemos ver que la “cátedra de Moisés” era la autoridad de administrar los asuntos del reino de Dios, responsabilidad que en ese tiempo debían cumplir aquellos judíos principales. Y ahora vemos que el Mesías los desautoriza totalmente, asunto que los fariseos entendieron con toda claridad (Mateo 21:45).

Conviene no olvidar que en aquel momento el Mesías se está dirigiendo a un minúsculo grupo de judíos, descendientes del remanente que regresó del exilio en Babilonia. La mayoría de los judíos que fueron al exilio bien se quedaron en Babilonia y/o fueron esparcidos por todas las naciones, tal como sucedió con las diez tribus de la casa de Israel.

Ahora estudiemos otro detalle que no debemos pasar por alto, pues está en perfecta armonía con la misión que el Mesías vino a cumplir. Él dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17).

Oh, sí, nuestro Señor vino a cumplir la ley, es decir, a dejarnos un ejemplo perfecto de cómo obedecer la ley (1 Pedro 2:21-25). ¡Y también vino a cumplir muchos conceptos de las profecías que hablaron los profetas de Dios!

Y una profecía que él vino a cumplir, comenzando desde cuando vino en aquella primera ocasión, la encontramos en el capítulo 36 de Ezequiel (estudiar todo el capítulo, bien importante).

Seguidamente leer Ezequiel 37:15-28. Aquí la profecía nos habla de la reunión de los dos reinos de Israel (la casa de Judá, y la casa de Israel), tal como leemos en los versículos 21-22:

“Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí, yo tomo a los hijos de Israel de entre las naciones a las cuales fueron, y los recogeré de todas partes, y los traeré a su tierra; y los haré UNA NACIÓN en la tierra, en los montes de Israel, y un rey será a todos ellos por rey; y nunca más serán dos naciones, ni nunca más serán divididos en dos reinos.”

En este contexto, pregunto, ¿estudiaron detenidamente el capítulo 36 de Ezequiel?

Si así es, entonces les habrá llamado la atención lo que leyeron en los versículos 24 al 28. Y sin duda habrán recordado lo que en otras ocasiones han leído en Jeremías 31:31-34.

Cuando el Mesías dijo, “no soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, él se refería A LAS DOCE TRIBUS, es decir, a los dos reinos de Israel que estaban en la dispersión. En armonía con esto Santiago les escribe “A LAS DOCE TRIBUS que ESTÁN en la dispersión.”

No debe ser difícil entender entonces, que durante los dieciocho años que el “niño” estuvo “desaparecido,” antes de su ministerio del sacrificio supremo en Judea, él se encontraba ocupado en los negocios de su Padre, estableciendo las bases para el cumplimiento de ciertos detalles preliminares de la profecía. Y en el proceso “visitando” aquellas otras ovejas que también debía traer al redil, ¡para que todas tuvieran un pastor, UN REY!

Todo esto es evidencia de que las DOCE tribus de la casa de Israel no estaban perdidas para su Dios, pues él sabía muy bien dónde se encontraban. Y también lo sabe HOY, porque si las tribus de la casa de Israel existían durante el primer siglo de la presente era, hoy tienen que estar en algún lugar, pues Cristo apenas comenzó en aquel entonces el cumplimiento de las profecías que leímos en Ezequiel 36 y Jeremías 31. Y luego de cumplir con la misión tan especial de ser el Redentor de toda la humanidad, es decir, luego de morir por los pecados de toda la humanidad, y conforme a lo establecido en el plan del Eterno Dios, resucitó, y se fue “a un país lejano, para recibir un reino y volver” (Lucas 19:12), para cumplir con el resto de la profecía, que entonces hará extensiva a TODA LA HUMANIDAD.

Además, debemos recordar la promesa hecha a Jacob en Génesis 35:11: “UNA NACIÓN Y CONJUNTO DE NACIONES procederán de ti, y REYES SALDRÁN DE TUS LOMOS.”

Esta promesa no se cumplió en su totalidad con el reino de la casa de Israel; tampoco con el reino de la casa de Judá. Y las bendiciones proféticas con que Jacob bendijo A CADA UNO DE SUS HIJOS tampoco se cumplieron con los reinos de Israel y Judá. Estas bendiciones eran para “los postreros días.”

Entre los hijos de Jacob la bendición del derecho de primogenitura pasó de Rubén a José. Y de José pasó a sus dos hijos Efraín y Manasés. Leer en Génesis 49:22-26 los detalles de la bendición de Jacob a José. Y es en los hijos de José que hoy debe cumplirse el aspecto tan importante de la promesa que el Eterno le dio a Jacob de “UNA NACIÓN Y CONJUNTO DE NACIONES procederán de ti, y REYES SALDRÁN DE TUS LOMOS.”

¿En qué lugar entre las naciones de hoy podemos encontrar “una nación y conjunto de naciones?” ¿En cuáles naciones podemos ver el cumplimiento de la extraordinaria serie de bendiciones de riqueza, poderío, dominio e influencia como lo profetizó Jacob en su bendición a José?

En nuestro tiempo podemos ver el cumplimiento del aspecto más importante de estas profecías ¡ÚNICAMENTE EN EL GRUPO DE NACIONES ANGLOSAJONAS! Y bien conocemos las naciones líderes de ese grupo: Estados Unidos de Norteamérica, Inglaterra, Canadá, Australia, Nueva Zelanda.

Como antes comentáramos, es muy cierto que los Estados Unidos de Norteamérica es una amalgama de gentes, de todas las naciones del mundo. Pero no olvidemos varios detalles de gran interés que encontramos en el historial bíblico de la nación de Israel.

Al tiempo de la salida de los israelitas, de Egipto, leemos en Éxodo 12:38: “También subió con ellos GRANDE MULTITUD de toda clase de gentes...”

Y en Números 15:16: “Una misma ley y un mismo decreto tendréis, vosotros y el extranjero que con vosotros mora.” Y, “un mismo estatuto tendréis para el extranjero, como para el natural” (Levítico 24:22). Y en Deuteronomio 23:8: “Los hijos que nacieren de ellos [los extranjeros], en la tercera generación entrarán en la congregación de Jehová.”

El Eterno permitió que en Israel habitaran extranjeros con un propósito especial: les recordaba a los israelitas que ellos habían sido extranjeros en Egipto (Éxodo 22:21; 23:9; Levítico 19:33-34; Deuteronomio 10:17-19).

Además, como después de la muerte de Josué, “se levantó otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel; [y] dejaron a Jehová el Dios de sus padres, y sirvieron a los baales, [y] fueron tras los dioses de los pueblos que estaban en sus alrededores,” el Eterno decidió “no arrojar de delante de ellos a ninguna de las naciones que Josué no llegó a conquistar PARA PROBAR CON ELLAS A ISRAEL, y para que el linaje de los hijos de Israel [las nuevas generaciones] conociese la guerra” (Jueces 2:10-23; 3:1-6).

De modo que si en la antigua Israel habitaba “multitud de toda clase de gentes”, conforme al propósito del Eterno y Misericordioso Dios, es muy natural que entre los descendientes de Israel hoy también habiten multitud de toda clase de gentes. No olvidemos que el Eterno no hace acepción de personas (Deuteronomio 10:17); y que Él “es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8).

Además, la presencia de muchos gentiles conviviendo con los israelitas de hoy cumple exactamente el mismo propósito que desde el principio el Eterno Dios determinó.

El hecho de que en los pueblos anglosajones de hoy habiten muchas gentes de linaje no israelita, y que estos pueblos sean una amalgama de gentes de todas las naciones del mundo, todo ello es una firme comprobación de la presencia del Eterno Dios entre su pueblo.

¿Cómo se explica esta comprobación?

De especial interés es que entendamos los detalles y circunstancias de las gentes que habitaron con Israel en el pasado, y también de los pueblos vecinos, pues ello establece un principio que nos ayuda a entender por qué razón hoy encontramos en los Estados Unidos una amalgama de gentes de todas las naciones del mundo. Y nos ayuda a entender, además, la razón de las constantes guerras de ayer y de hoy, y en específico, la raigambre misma del acaecimiento/suceso del 9/11.

El relato bíblico es bien explícito respecto a la “grande multitud de toda clase de gentes” que desde la salida de Egipto se unió a los israelitas. Y ya comprobamos que cuando entraron a la tierra prometida el Eterno decidió no arrojar de delante de ellos a ninguna de las naciones que Josué no llegó a conquistar (leer nuevamente Jueces 2:10-23; 3:1-6).

Pero hay algo más, algo verdaderamente interesante, pues tiene que ver con la presencia del Eterno Dios entre los descendientes de aquel pueblo que originalmente él formó para sí, y en el cual puso su nombre.

Entendamos, analicemos detenidamente las palabras del Eterno Dios.

Respecto a Israel, el Eterno dijo: “Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará” (Isaías 43:21).

Israel fue creado con un propósito, una misión muy especial: ¡a través de Israel todas las naciones de la tierra conocerían Y CONOCERÁN al Dios Creador, el único Dios verdadero! (1 Reyes 8:60).

Y como ya hemos estudiado, Israel concertó pacto con Dios (Deuteronomio 5:27 – leer todo el capítulo); y que Israel no cumplió su parte del pacto, mas bien se rebeló contra su Creador, por lo que aquel pueblo fue llevado en cautiverio, y esparcido entre las naciones, tal como el Eterno le había advertido por boca de Moisés (Deuteronomio 28:63-68).

Con todo, el Eterno no incumplió su parte del pacto, mas bien en todo tiempo se acordaría del pacto que había hecho con Abraham, y con Isaac, y con Jacob, tal como leemos en Levítico 26:42, 44-45:

“Entonces yo me acordaré de mi pacto con Jacob, y asimismo de mi pacto con Isaac, y también de mi pacto con Abraham me acordaré... Y aun estando ellos en tierra de sus enemigos, yo no los desecharé, ni los abominaré para consumirlos, invalidando mi pacto con ellos; porque yo Jehová soy su Dios. Antes me acordaré de ellos por el pacto antiguo, cuando los saqué de la tierra de Egipto a los ojos de las naciones, para ser su Dios. Yo Jehová.” (Ahhh, ¿estudiaron el capítulo 11 de Oseas?)

En todo este contexto, conviene que analicemos el dato que nos arroja más luz para entender y conocer la presencia de Dios entre los descendientes de la antigua Israel hoy, y que es la identificación bíblica de los llamados “pueblos árabes” de hoy...y de toda la historia.

 

VIII. El origen de los "pueblos árabes"

Ya anotamos que hoy se habla bastante acerca de los “pueblos árabes”: su cultura, su religión; y también algo de su historia. Pero muy poco se dice de su verdadero origen.

Alguien ha dicho que no todos los países que hoy se consideran “pueblos árabes” realmente lo son. Algunos creen que Irak e Irán, entre otros, no son de descendencia árabe.

Pero, ¿qué nos dice la palabra del Dios Eterno?

Conocemos la historia de Abraham y sus hijos, Ismael e Isaac; y de la enemistad que surgió entre Sara, esposa de Abraham, y su sierva, Agar, (estudiar relatos en Génesis, capítulos 15 y 16).

El ángel del Eterno le dice a Agar, respecto al hijo que había en su vientre:

“...Multiplicaré tanto tu descendencia, que no podrá ser contada a causa de la multitud. Además le dijo el ángel de Jehová: He aquí que has concebido, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Ismael, porque Jehová ha oído tu aflicción. Y él será hombre FIERO; su mano será contra todos, y la mano de todos contra él [en guerra constante], y DELANTE DE TODOS SUS HERMANOS HABITARÁ” (Génesis 16:10-12).

Está bien claro, Ismael habitaría delante (frente a) y en continua guerra con sus hermanos.

Dios le dijo a Abraham que Ismael engendraría DOCE príncipes (Génesis 17:20; 25:12-16).

¿Quiénes serían los hermanos de guerra de Ismael? Obvio, ¡Isaac y su descendencia!

Isaac engendró a Jacob y Esaú (Génesis 25:19-26). Esaú es Edom (Génesis 36:19).

En el pasaje de Génesis 25:19-26, leemos acerca del nacimiento de los hermanos gemelos, Esaú y Jacob. Y se nos dice que ambos comenzaron a luchar desde el vientre de su madre, Rebeca (versículo 22). En los versículos 27 al 34 leemos de la continuación de aquella lucha: Jacob le usurpa el derecho de primogenitura a Esaú, acción que Esaú jamás perdonó a Jacob – ver Ezequiel 35, especialmente el versículo 5 – (Seir es el territorio de Esaú – Deuteronomio 2:5).

Esaú tuvo varias mujeres, escogiendo de entre las hijas de los habitantes del lugar, Canaán, acción que fue “amargura de espíritu” a sus padres, Isaac y Rebeca (Génesis 26:34-35; 27:46; 28:1). También tomó por mujer a Basemat hija de Ismael (Génesis 36:1-3). Y tuvo varios hijos (Génesis 36). En Génesis 36:12, se nos menciona un nieto de Esaú, llamado AMALEC. Y en los versículos 15-16 encontramos que este AMALEC fue contado entre los JEFES de los hijos de Esaú (otros pasajes nos hablan de este característico personaje; y de los descendientes de Esaú, la Escritura resalta a Amalec).

Cuando los israelitas iban camino del desierto hacia la tierra prometida, Edom, quien es Esaú, les impidió el paso por su territorio (Números 20:14-21).

Leemos en Números 20:14 que Moisés envió embajadores al rey de Edom.

¿Quién era aquel rey de Edom?

En este contexto, seguidamente leer en los capítulos 22 al 24 de Números la historia de Balaam. Importantes detalles resaltan aquí.

Acerca de Israel, Balaam profetiza: “He aquí un pueblo que habitará confiado [solo, diferente], NO SERÁ CONTADO ENTRE LAS NACIONES” (Números 23:9).

Y en Números 24:18-20: “Será tomada Edom [por lo que le hizo a israelitas – Números 20:14-21], será también tomada Seir por sus enemigos, e Israel se portará varonilmente. De Jacob saldrá el dominador, y destruirá lo que quedare de la ciudad. Y viendo a AMALEC, tomó su parábola y dijo: Amalec, cabeza de naciones, mas al fin perecerá para siempre.”

En Deuteronomio 25:17-19, leemos de la orden que Dios le da a Israel de destruir del todo a AMALEC, aquel rey de Edom a quien Moisés envió mensaje.

Y en Éxodo 17:8-16, leemos la sentencia que Dios dictó contra AMALEC, “Por cuanto la mano de Amalec se levantó contra el trono de Jehová, Jehová tendrá guerra con Amalec de generación en generación” (versículo 16).

¿Cómo el Eterno pelearía con Amalec de generación en generación?

“Y pondré mi venganza contra Edom en manos de mi pueblo Israel” (Ezequiel 25:12-14). Y ya leímos en Números 24:18 que “Israel se portará varonilmente” en su lucha contra Edom.

Pero, ¿quién realmente, es AMALEC?

Ya sabemos que AMALEC fue hijo de Elifaz, primogénito de Esaú (Génesis 36:15-16); y uno de los JEFES TRIBALES (versículo 19).

Este capítulo 36 de Génesis enumera los descendientes de Esaú, que es Edom (versículo 43). Un detalle interesante en este relato es que también menciona a los moradores de Seir, lugar donde habitó Esaú (versículo 20). Es obvio que la descendencia de Esaú se mezcló con los habitantes del lugar, y por extensión familiar, con todos los habitantes de Canaán, de donde eran oriundas las mujeres de Esaú.

En Números 13:25-29, leemos del informe de los espías que Moisés envió a reconocer la tierra de Canaán; allí estaba AMALEC aliado con los otros pueblos de la tierra, entre los que se encontraban los “hijos de Anac, raza de los gigantes” (sin duda descendientes de los gigantes mencionados en Génesis 6:1-4).

En Jueces 3:12-13, leemos de la alianza de los moabitas y amonitas (descendientes de Lot) con los AMALECITAS. Y en Jueces, capítulo 6, leemos de la alianza de los AMALECITAS con los madianitas, y “otros pueblos del oriente”, que oprimían a los israelitas, destruyéndole sus sembradíos (versículos 3-6).

Ahora leer Jeremías 25:15-38. El versículo 20 nos habla de una mezcla de naciones en el área de Uz (Caldea); y se menciona a EDOM. Y el versículo 24 habla de “TODOS LOS REYES DE ARABIA [pueblos árabes], Y A TODOS LOS REYES DE PUEBLOS MEZCLADOS QUE HABITAN EN EL DESIERTO.”

Otra vez, ¿cuál es la identidad histórica de los “pueblos árabes” que hoy se encuentran enfrascados en guerra; y en donde se dice que se “incubó” el 9/11?

Son una MEZCLA DE NACIONES que siempre han estado en guerra contra Israel.

Históricamente a los árabes se les ha identificado como los descendientes de Ismael, el hijo de Abraham en la sierva egipcia, Agar. Pero ya vimos que Esaú tomó para sí mujeres canaanitas, y también una hija de Ismael. Esto es evidencia de la mezcolanza matrimonial entre “árabes ismaelitas” y otras gentes, como los descendientes de Esaú, los moabitas y amonitas, descendientes de Lot. Y ya vimos que la mezcla incluía también a descendientes de “los gigantes”. Y sin duda que también la mezcla incluye los otros hijos de Abraham en Cetura, entre los que está Madián – los madianitas (Génesis 25:1-6).

En Génesis 25:12-18 se nos menciona a Ismael y su descendencia. Y un detalle interesante: “Y murió [Ismael] en PRESENCIA DE TODOS SUS HERMANOS” (versículo 18).

Ah,.. “¡en presencia de TODOS SUS HERMANOS!”

¿Hay duda de si los hijos de Abraham en Cetura, hermanos también de Ismael, son parte de la mezcla de naciones que menciona Jeremías, y que pueden ser contados hoy entre “los pueblos árabes”?

Además, en la mescolanza de estos pueblos se encuentran los descendientes de aquellos habitantes de Canaán que el Eterno no destruyó cuando los israelitas entraron en la tierra prometida (Jueces 3:1-6). Leemos en los versículos 5-6: “Así los hijos de Israel habitaban entre los cananeos, heteos, amorreos, ferezeos, heveos y jebuseos. Y tomaron de sus hijas por mujeres, y dieron sus hijas a los hijos de ellos, y sirvieron a sus dioses.”

Y en Jueces 1:21, leemos: “Mas el jebuseo que habitaba en Jerusalen no lo arrojaron los hijos de Benjamín, y el jebuseo habitó con los hijos de Benjamín HASTA HOY.”

¿Y quién está a la cabeza, quién es el rey de esta mezcla de naciones?

Balaam nos contesta: “AMALEC, CABEZA DE NACIONES” (Números 24:20).

 

IX. Amalec, CABEZA DE NACIONES...

En Éxodo 17:16 leemos que “Jehová tendrá guerra con Amalec de generación en generación”, por lo tanto, debemos preguntarnos, ¿quién podría ser el AMALEC moderno –- el Amalec de la presente generación?

Si armamos bien el “rompecabezas” con la información aquí expuesta, y con otros detalles que encontramos en las Escrituras, y en la historia secular pasada y presente, muy bien podremos entender, entre otras cosas:

Como secuela del 9/11, los Estados Unidos han ripostado con ataques a Afganistán e Irak; la lucha entre palestinos e israelíes se ha recrudecido. Y todo el Medio Oriente, incluyendo toda el área de la antigua Mesopotamia, está en pie de guerra. Y todo ello es la misma guerra histórica (generacional) entre los pueblos de Israel y los pueblos árabes.

Tratemos de armar el “rompecabezas,” lo cual no es tan difícil, pues tenemos varios datos claves que nos ayudan a descifrar el enigma.

Primeramente y como dato bien importante, ya entendemos el método que el Eterno determinó emplear en su interacción con los humanos: asignarle responsabilidad a “TODOS” los ángeles, tanto a los ángeles buenos como a los desobedientes (Hebreos 1:14)); Salmos 103:20-21; 104:4; Joel 2:11.

Y a cada nación y/o grupo de naciones le asignó un ángel “supervisor” o “vigilante.” Esto lo aprendimos en el estudio de varias escrituras (Deuteronomio 4:19; 32:8; Jueces 9:22-24; Ezequiel 28:1-5; 38:1-3; capítulo 39; Daniel 10:12-20; Romanos 1:18-32; 2 Tesalonicenses 2:1-12; Apocalipsis 13 – todo el capítulo; 16:12-14; 18:2-3, y otras.)

Otro dato realmente interesante lo encontramos al leer en Números 13:27-33 el relato de los espías que Moisés envió a reconocer la tierra, quienes encontraron allí a “Amalec” mezclado con otras gentes, entre las que también había “allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes.” (Es recomendable leer todo el capítulo 13.)

Obvio, estos “gigantes” eran descendientes de los ángeles que se “matrimoniaron” con las hijas de los hombres, y de quienes ya comentamos al principio de este estudio, cuando analizamos el pasaje de Génesis 6:1-4.

El hecho de que los espías temieron en gran manera a aquellos “gigantes”, claramente nos dice que aquellos gigantes eran los líderes entre los pueblos del lugar.

Y leemos en Jueces 3, que los israelitas se “matrimoniaron” con las gentes de aquellos pueblos, y sirvieron a sus dioses (v. 6).

Sin duda que aquellos líderes descendientes de los gigantes fueron la influencia predominante en la tierra, y los israelitas se contaminaron con ellos, y se olvidaron de su Dios, el Eterno Creador.

Abraham sabía muy bien que esto sucedería si Isaac tomaba mujer de las hijas de Canaán. Por esta razón instruyó a su criado principal respecto a buscarle mujer a su hijo Isaac (Génesis 24).

Y más tarde, Isaac y Rebeca sufrieron “amargura de espíritu” cuando Esaú tomó mujeres para sí de entre las hijas de Canaán (Génesis 26:34-35).

Ante las circunstancias de lo sucedido con Esaú, ¿qué medidas tomaron Isaac y Rebeca respecto a su hijo Jacob?

“Y dijo Rebeca a Isaac: Fastidio tengo de mi vida, a causa de las hijas de Het. Si Jacob toma mujer de las hijas de Het, como éstas, de las hijas de esta tierra, ¿para qué quiero la vida? Entonces Isaac llamó a Jacob, y lo bendijo, y le mandó diciendo: No tomes mujer de las hijas de Canaán. Levántate, vé a Padan-aram, a casa de Betuel, padre de tu madre, y toma allí mujer de las hijas de Labán, hermano de tu madre. Y el Dios omnipotente te bendiga, y te haga fructificar y te multiplique, hasta llegar a ser multitud de pueblos; y te dé la bendición de Abraham, y a tu descendencia contigo, para que heredes la tierra en que moras, que Dios dio a Abraham” (Génesis 27:46; 28:1-4).

La historia de Jacob y sus experiencias en casa de Labán es algo conmovedor y por demás interesante, además de contener un tremendo mensaje para el pueblo de Dios hoy. Conviene estudiar y meditar los capítulos 27 al 33 de Génesis.

Tanto Abraham como Isaac sabían muy bien la historia de lo sucedido durante los días de Noé: de la intervención de los “hijos de Dios” que no guardaron su dignidad y abandonaron su propia morada, la historia del diluvio universal, y de las instrucciones del Eterno Creador respecto a la correcta relación de los hombres entre sí, y de los hombres con su Creador.

Otro dato de interés: los ángeles tienen nombres propios, como Gabriel, Miguel, Rafael, Uriel, entre los buenos. Y entre los malos: Abadón/Apolión, Ajenjo, Azazel, Baal, Baal-zebub; Belial, Satanás, y otros.

Estos nombres son aplicados por su significado, como por ejemplo: Satanás, al igual que Abadón/Apolión significa adversario, destructor.

Pero lo interesante de estos nombres es que son muy parecidos, y algunos hasta idénticos a nombres de humanos, lo que nos da ocasión para preguntarnos, ¿cuál es el origen de los nombres dados a los humanos por los humanos?

En las Escrituras tenemos ejemplos de la costumbre de ponerle a las personas nombres con significado. Al primer humano que Dios creó lo llamó ADÁN, que significa “hombre, humanidad”.

Y tenemos otros ejemplos de nombres otorgados por el Eterno Dios mismo. He aquí algunos que resaltan: Abraham, que significa “padre de muchedumbre de gentes” (Génesis 17:4-5); Isaac, que signifca “risa”, porque Abraham y Sara se rieron cuando el ángel les dijo que Sara concebiría un hijo, a pesar de su edad (Génesis 17:15-19; 18: 9-15); Israel, que significa “el que lucha / sirve/ reina con Dios” (Génesis 32:22-28), y también “bendición” (Génesis 35:9-12).

Y otros ejemplos: Moisés, que significa “SACADO DE LAS AGUAS”. A Esaú, el hermano de Jacob, se le llamó EDOM, que significa: “ROJO”. Jacob, significa: “SUPLANTADOR” (suplantó a su hermano Esaú, que nació primero), etc.

No sería extraño que por su significado, el nombre AMALEC se le aplica al ángel o príncipe de naciones, o como lo expresó Balaam, “CABEZA DE NACIONES”. En términos modernos la “mezcla de naciones” que se nos detalla en Jeremías 25:15-31, equivaldría a “COALICIÓN” o “ALIANZA” de pueblos, que es exactamente la UNIÓN de pueblos árabes, con su “ángel supervisor” llamado AMALEC. Recordemos que Amalec, nieto de Esaú (o Edom), resalta en las Escrituras como líder indiscutible, pues Balaam, en su profecía (Números 24:20) lo distingue como “cabeza [jefe, líder] de naciones.”

Y por el hecho de resaltar como líder entre la familia de Esaú/Edom, no estaríamos equivocados si suponemos que Amalec “heredó” las características de Esaú, quien nunca perdonó a su hermano Jacob, sino que más bien le tuvo “enemistad perpetua” (Ezequiel 36:5); mantuvo sed de venganza perpetuamente, erigiéndose como el ADVERSARIO de su hermano Jacob, por lo que el Eterno dijo: “Amé a Jacob, y a Esaú aborrecí, y convertí sus montes en desolación, y abandoné su heredad para los chacales del desierto...ellos [los edomitas] edificarán, y yo destruiré; y les llamarán territorio de impiedad, Y PUEBLO CONTRA EL CUAL JEHOVÁ ESTÁ INDIGNADO PARA SIEMPRE” (Malaquías 1:2-4).

Ahora agreguemos al rompecabezas otra pieza muy diciente.

El título “CABEZA DE NACIONES” nos debe aclarar algo. Leer con detenimiento el relato que el profeta Jeremías nos hace al hablar de la “mezcla de naciones” (Jeremías 25:15-38). El profeta es bien explícito, pues menciona a todos los pueblos que hoy comprenden el Medio Oriente, en su mayoría descendientes de Ismael, de Lot, de Edom, etc., “Y A TODOS LOS REINOS DEL MUNDO QUE ESTÁN SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA” (v. 26).

Más claramente, Jeremías “enlaza” a todas las naciones -- “todos los reinos del mundo que están sobre la faz de la tierra” y los establece como una “mezcla de naciones”. Obviamente, todas las naciones, exceptuando la nación de Israel, que como ya aclaramos, sería un pueblo diferente del resto de los pueblos; un pueblo que “no será contado entre las naciones” (Números 23:9); un pueblo ÚNICO, especial; un pueblo con una misión SACERDOTAL.

Ahora bien, ¿cómo entender el concepto de Jeremías de incluir “a todos los reinos del mundo que están sobre la faz de la tierra” como parte de la “mezcla de naciones”?

Bien sencillo, por toda la Escritura podemos ver que Dios establece a la humanidad en dos grupos: israelitas y gentiles. (Gentiles significa las naciones aparte de Israel.) Y Jeremías habla en armonía con esta división que el Eterno Creador hizo.

Además, lo que hoy se conoce como el Medio Oriente comprende varios países, principalmente a Irak, Arabia, Irán, India, Pakistán; y generalmente también incluye la Palestina y pueblos adyacentes, aunque el área de estos últimos, especialmente los países ribereños del Mediterráneo oriental se considera como “el Cercano o Próximo Oriente”.  Y Jeremías menciona, en primer orden, a todos los pueblos de la antigüedad, y finalmente a “todos los reinos del mundo”, como bien leemos en Jeremías 25:18-26:

“...a Jerusalén, a las ciudades de Judá y a sus reyes, y a sus príncipes... a Faraón rey de Egipto, a sus siervos, a sus príncipes y a todo su pueblo; Y A TODA LA MEZCLA DE NACIONES, A TODOS LOS REYES DE TIERRA DE UZ, y a todos los reyes de la tierra de Filistea, a Ascalón, a Gaza, a Ecrón y al remanente de Asdod; a Edom, a Moab y a los hijos de Amón; a todos los reyes de Tiro, a todos los reyes de Sidón, a los reyes de las costas que están de ese lado del mar; a Dedán, a Tema y a Buz... a todos los reyes de Arabia, a todos los reyes de pueblos mezclados que habitan en el desierto; a todos los reyes de Zimri, a todos los reyes de Elam, a todos los reyes de Media; A TODOS LOS REYES DEL NORTE, LOS DE CERCA Y LOS DE LEJOS, LOS UNOS CON LOS OTROS, Y A TODOS LOS REINOS DEL MUNDO QUE ESTÁN SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA.”

Al principio de nuestro estudio mencionamos que Irak se encuentra en el centro del territorio que antiguamente se llamó MESOPOTAMIA; y que a este histórico territorio se le llama “la cuna de la civilización”. Es decir, en este lugar comenzó a organizarse la humanidad, y al correr del tiempo se esparció por toda la tierra estableciéndose en ciudades, países, reinos, imperios, etc.

Y ya estudiamos la intervención del Eterno Creador, quien dividió toda la humanidad en dos grupos: israelitas y gentiles.

Es por demás interesante la expresión de Jeremías,  “A TODOS LOS REYES DEL NORTE, LOS DE CERCA Y LOS DE LEJOS, LOS UNOS CON LOS OTROS” (versículo 26). Esta expresión podemos entenderla en dos aspectos: geográfico, y de tiempo.  Es decir, “los de cerca” -– los reyes o pueblos en los territorios en/y próximos a la Palestina, en los tiempos de Jeremías. Y “los de lejos” -– los reyes o pueblos distantes de la Palestina, tanto en distancia como en tiempo, incluyendo, claro está, los reyes o pueblos/naciones de los días postreros, o el tiempo del fin.

Definitivamente, el profeta habla en armonía con la determinación divina. Y ya sugerimos estudiar el capítulo 83 de Salmos, en donde leemos de la enemistad de TODOS LOS PUEBLOS DE LA TIERRA contra el pueblo que Dios creó para sí, ISRAEL. (Esta profecía se cumple hoy con bastante claridad; y notemos que Jeremías, al mencionar la mezcla de naciones, lo hace en obediencia al mandato divino de dar a beber de la copa del vino del furor de Jehová a las naciones (Jeremías 25:15-17, leer todo el capítulo, prestando especial atención a los versículos 31-32) – comentaremos sobre ello en la parte II de este estudio.)

Conforme leemos en las Escrituras, ¿quién es el líder principal que está a la CABEZA DE LAS NACIONES – la cabeza, el líder de TODOS LOS REINOS DEL MUNDO QUE ESTÁN SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA?

En el relato de la tentación que enfrentó nuestro Señor, el Mesías, leemos en Lucas 4:5-6: “Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento TODOS LOS REINOS DE LA TIERRA. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy.”

Es muy diciente el hecho de que el Mesías NO le refutó este dicho a Satanás, el diablo. Sólo le refuta el concepto de adoración, cuando el diablo le dice: “Si tú postrado me adorares” (versículo 7); y Cristo le ordena: “Vete de mí, Satanás, porque escrito está: al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás” (versículo 8).

Obvio, la orden, “VETE DE MÍ...”, claramente establece quién es la autoridad que le entregó la potestad sobre todos los reinos de la tierra; y aún le permite ser “el dios de este mundo”, tal como lo expresa el apóstol Pablo en 2 Corintios 4:3-4: “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; esto es, entre los incrédulos, a quienes EL DIOS DE ESTE MUNDO les cegó el entendimiento, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.”

Otro dato que estudiamos: Dios entregó las naciones a los ángeles pecadores (Deuteronomio 32:8), todo lo cual está confirmado en los escritos del profeta Daniel.

Y un dato adicional, que definitivamente nos aclara el enigma: Leemos en Éxodo 17:16: “Por cuanto la mano de Amalec se levantó contra el trono de Jehová, Jehová tendrá guerra contra Amalec de generación en generación.”

Dios es espíritu, de modo que debemos entender que se trata de una guerra espiritual. En el capítulo 10 de su libro, Daniel nos habla de la guerra entre los ángeles buenos y los ángeles malos.

Y en la guerra espiritual, ¿quién fue el que levantó su mano contra el TRONO DE JEHOVÁ?

“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero,  hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas [ángeles] de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:12-14).

Definitivamente, quien se rebeló y levantó su mano contra el trono de Jehová, y que fue derribado a la tierra, en donde se le concedió ser “cabeza de las naciones”, y fungir como “el dios de este mundo”, no es otro que Satanás, el diablo. Y es precisamente este “SER,” quien perdió toda noción de lo que es misericordia, el que siempre está al acecho, “buscando a quien devorar [destruir]” (1 Pedro 5:8), cumpliendo así la sentencia que el Eterno Creador dictó contra él: “sobre tu pecho andarás,  y polvo comerás todos los días de tu vida” (Génesis 3:14), siendo “el polvo” la enemistad que habría entre él y la mujer y entre su simiente y la simiente de la mujer (v. 15), pues bien sabemos que la mujer y su simiente son polvo de la tierra (Génesis 3:19). Es precisamente contra este “SER” que el Eterno y Todopoderoso Dios está indignado, y contra quien “tendrá guerra de generación en generación” (Exodo 17:16).

El relato que leemos en Apocalipsis 12:7-9, está en el contexto de la batalla final cuando a la venida de Cristo las naciones le harán guerra (Apocalipsis 17:12-14). Esto nos dice que la guerra entre humanos es un reflejo de la guerra entre los ángeles buenos y malos en el cielo; y que es una actividad simultánea.

¿A qué conclusión podemos llegar, con comprobación bíblica?

Simplemente que el “príncipe” de la “mezcla de naciones” (Jeremías 25:20-24) que comprenden la descendencia de Edom y “todos los reinos del mundo que están sobre la faz de la tierra”, y que lleva el nombre de AMALEC, no es otro sino Satanás, el diablo. Recordemos el dicho de Balaam: “Amalec, cabeza de naciones” (Números 24:20).

Ya mencionamos que los humanos dan a sus hijos nombres de ángeles, en atención a la costumbre de mantener la continuidad de sus creencias llamando a sus hijos según el nombre de los “santos” que adoran. En este contexto es interesante estudiar el capítulo 14 de Génesis, en donde leemos la historia de una guerra entre varios reyes de “ciudades-reinos”; y también de la intervención de Abraham cuando rescata a su sobrino Lot, hechos que precedieron a la destrucción de Sodoma y Gomorra y las ciudades de la llanura (Génesis 19). En este contexto lo interesante de este capítulo 14 de Génesis es que se hace mención de varios reyes descendientes de los nefilines/refaítas, y en el versículo 7, se menciona, por primera vez, el gentilicio “AMALECITAS”.

¿Podríamos aceptar que entre aquellos nefilines de la antigüedad había uno llamado AMALEC, cuyos descendientes fueron los “amalecitas” mencionados en Génesis 14:7? ¿Sería de esta “fuente” que posteriormente Elifaz, primogénito de Esaú, tomó nombre para el probablemente “más mimado” de sus hijos, conforme leemos en Génesis 36:15-16? La posibilidad no es del todo remota.

 

X. Conclusión de la primera parte

Resumamos esta primera parte de nuestro estudio:

El acaecimiento/suceso del 9/11 ha sido considerado como un ataque a la paz y a la seguridad de las “naciones líderes del mundo libre.” Se ha desatado lo que han llamado una “guerra contra el terrorismo internacional”. Ya algunos “expertos y entendidos” consideran que la actual actividad bélica es el comienzo de la III Guerra Mundial, pues ven cómo la presente actividad terrorista ha involucrado a todas las naciones.

¿Estarán en lo correcto los “expertos y entendidos”?

Y el actual pueblo israelí, ¿entrará en la “guerra caliente”, junto con los Estados Unidos e Inglaterra? Las “señales” son bien claras; el acosamiento de parte de sus adversarios – todos los pueblos no israelitas – es constante; el odio se acrecenta... y el escenario se prepara para lo que podría ser “la batalla final de la guerra de las generaciones” (ver Exodo 17:16 y Joel, capítulo 3).

Hemos estudiado el origen de los pueblos envueltos en la actividad bélica del momento actual. Y de la intervención del Dios Creador en toda actividad humana (Salmos 33:4-22).

En la segunda parte de nuestro estudio analizaremos el contenido profético para el tiempo en que vivimos; y cuál será el resultado final de la histórica lucha de las naciones. Y estudiaremos, además, la razón por la que el Mesías Redentor desautorizó a los escribas y fariseos diciéndoles: “Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él” (Mateo 21:43).

¿A qué gente se refería el Divino Maestro? ¿Qué gente sería la que produciría los frutos del reino?

Continuará.....


Colaboraron en la redacción, corrección y edición de este estudio: miembros de la Iglesia de Dios en Puerto Rico.


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