ESTA ES LA OBRA DE DIOS...

 

El Eterno Creador ordena: “Así dice Jehová, el Santo de Israel, y su Formador: Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos” (Isaías 45:11). Y en atención a este mandato divino, la gente le preguntó a nuestro Señor, el Mesías: “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?” Y él respondió: “Esta es la obra de Dios, que CREÁIS en el que él ha enviado” (Juan 6:28-29). ¿Qué quiso decir nuestro Señor con su respuesta? ¿De verdad entendemos lo que es la obra de Dios? La realidad de lo que es la obra de Dios – EL HOMBRE – está revelada en el profundo significado del sacrificio de nuestro Señor y Salvador, el “enviado de Dios.” Es urgente que estudiemos y entendamos este tema, porque se trata del FUNDAMENTO del Evangelio, las Buenas Nuevas de la Salvación.

 

I. EL HOMBRE

En obediencia al mandato divino, David, varón conforme al corazón de Dios, contempla la majestuosidad de la creación que le rodea, y con inspirada admiración inquiere: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Salmos 8:3-4, Versión Valera 1960 exclusivamente, otras según se indican).

De igual manera el patriarca Job, persuadido por la aleccionadora adversidad que enfrenta, analiza la realidad de su existencia, y pregunta: “¿Qué es el hombre, para que lo engrandezcas, y para que pongas sobre él tu corazón, y lo visites todas las mañanas, y todos los momentos lo pruebes?” Y con inspirado entendimiento, expresa: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir? Todos los días de mi edad esperaré, hasta que venga mi liberación. Entonces llamarás, y yo te responderé. Tendrás afecto a la hechura [obra] de tus manos” (Job 7:17-18; 14:14-15).

Con corazón contrito y mente entendida, el profeta Isaías alaba al Omnipotente Creador expresando, con présaga visión, palabras de pasado, presente y futuro significado: “Ahora, pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros” (Isaías 64:8).

Y con explicación cristalina del contenido espiritual de este profético pensamiento, el apóstol Pablo nos instruye: “Porque no sujetó a los ángeles el mundo venidero, acerca del cual estamos hablando; pero alguien testificó en cierto lugar, diciendo: ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre, para que le visites? Le hiciste un poco menor que los ángeles, le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos; todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús [el Mesías], coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré. Y otra vez: Yo confiaré en él. Y de nuevo: He aquí, yo y los hijos que Dios me dio” (Hebreos 2:5-13).

Y el apóstol Juan, con entusiasta admiración nos anima a regocijarnos: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios...Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:1-2).

Estas escrituras nos introducen al tema central de la Biblia, que es: la Obra de Dios – la creación del hombre a imagen de Dios. ¡Los humanos han de convertirse en miembros de una familia divina, la familia de Dios! Tal como el apóstol Pablo fue inspirado a expresarlo claramente en su carta a los santos y fieles en Cristo Jesús en Éfeso: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19).

Para la realización de esa su OBRA el Eterno diseñó un plan maestro, con detalles perfectamente delineados (Hebreos 11:3; Job 38:1 al 41:34; Salmos 12:6; 18:30), “desde antes de la fundación del mundo.” Allí en la eternidad misma, la habitación del Eterno (Isaías 57:15), se echó el fundamento sobre el cual se desarrollaría aquel plan divino: “He aquí que yo he puesto en Sión por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure” (Isaías 28:16).

¿Y cuál es esa piedra, ese fundamento?

“...Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1 Pedro 1:18-20). “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:11-12).

La síntesis de esa Obra divina está revelada en 1 Corintios 15:45: “Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán, alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.”

Ahora bien, ¿cómo habría de realizar el Eterno Creador su Obra en y con el hombre?

En los primeros capítulos del primer libro de la Biblia comienza el relato – Génesis 1:26-27: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza... Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó...” “Y llamó el nombre de ellos Adán, el día en que fueron creados” (Génesis 5:1-2). Y le imparte instrucciones: “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:15-17).

En el capítulo 3 de Génesis leemos cómo Adán desobedeció las instrucciones de su Hacedor. Con esta acción Adán deshonró a su Padre, el Eterno Creador, al prestar atención a la voz de otro dios en lugar del Dios verdadero que lo había creado. Más claramente, Adán infringió la ley de Dios – cometió pecado, pues, “el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4).

Pero, ¿por qué pecó Adán? ¿Pudo haberlo evitado Dios? El Eterno Dios es Omnipotente, Todopoderoso, tal como leemos en Job 37:22-24: “En Dios hay una majestad terrible. Él es Todopoderoso, al cual no alcanzamos, grande en poder... Lo temerán por tanto los hombres.” Y, “...para Dios todo es posible” (Mateo 19:26).

Definitivamente, para el Todopoderoso no hay nada imposible. Es obvio, por lo tanto, que Dios pudo haber evitado que Adán desobedeciera. ¿Por qué no lo hizo?

 

El hombre y la materia


Una vez que el Eterno creó a Adán y a Eva, les instruyó en lo que ellos eran, y en el propósito para el cual fueron creados. Un compendio de ese propósito, el plan de la salvación divina, tal como Dios el Padre le informó a Adán, lo encontramos en los capítulos 2 y 3 de Génesis. Veamos, pero tengamos presente algo muy importante: “Dios es Espíritu” (Juan 4:24), y en su palabra hay un significado y un propósito espirituales (Juan 6:63). Analicemos, pues, este relato desde la perspectiva espiritual del Eterno Dios.

El Eterno instruye a Adán: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17).

Lo que el Eterno le está diciendo a Adán es: “Mira, yo he puesto delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal... A los cielos y a la tierra llamo por testigos...que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia...” (Deuteronomio 30:15, 19).

Adán debía decidir. Es evidente que Adán fue dotado con la habilidad o el poder de decisión, lo que algunos llaman “libre albedrío.” El Dios de las misericordias instruye a Adán en las dos únicas alternativas: la vida y el bien, y la muerte y el mal. Y le exhorta: “escoge la vida.”

Analicemos detenidamente – Génesis 2:7: “...Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.”

Aquí vemos que del polvo de la tierra Dios crea una figura de carne y hueso. Y le imparte vida – “sopló en su nariz aliento de vida.” Y leemos en Job 33:4: “El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida.” Cristo nos dice que “el Espíritu es el que da vida” (Juan 6:63). Y sabemos que sólo hay un Espíritu (Efesios 4:4; 1 Corintios 12:4-13).

Está claro que a aquella figura que creó del polvo de la tierra, el Eterno Creador le dio vida mediante su Espíritu. No obstante, el hombre, por haber sido creado de la materia, estaba limitado a lo físico, y, por tanto, sujeto a la transformación normal de la materia, lo que llamamos “muerte física.” Y el día de esa muerte física, el Espíritu que le impartió vida al hombre vuelve a su origen: “a Dios que lo dio” (Eclesiastés 8:8; 12:7).

Cuando Adán fue instruido a escoger entre la vida y la muerte, se trataba de escoger entre vida espiritual o muerte espiritual. Dios le dice: “escoge la vida.” Con ello el Eterno Creador le está diciendo a Adán: “Mira, yo quiero darte vida eterna para que tú y tu descendencia vivan eternamente, pero no con un cuerpo físico, sino como seres espirituales.” Esta es la esencia de lo que el Mesías le dijo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios... De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:3, 5-6).

Posteriormente el Divino Maestro inspira al apóstol Pablo a esclarecer este punto al explicar el concepto de la resurrección. Veamos:

“Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo ...hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales... así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal [físico], y hay cuerpo espiritual. Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción” (1 Corintios 15:35-38, 40, 42-50).

Para entender mejor estos conceptos, y la creación original que el Eterno hizo en Adán, es necesario analizar las propiedades de la materia. Leemos en Hebreos 11:3: “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo [material – la materia] por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.” La materia es visible, y el espíritu es invisible. Y como lo que se ve fue constituido por su palabra, y su palabra es espíritu (Juan 6:63), está bien claro que Dios creó la materia de espíritu.

Adán fue creado “del polvo de la tierra,” de la materia. Por la ciencia sabemos que la materia es energía comprimida, y que se compone de elementos. También sabemos que ni la materia ni la energía pueden ser creadas ni destruidas (excepto por Dios), sino que cambian de una forma a otra. La materia se renueva constantemente, en armonía con leyes establecidas por el Creador: “Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán” (Salmos 102:25-27). Aquí el salmista nos dice que la materia cambia, se transforma, pero no el Espíritu.

También con su Espíritu el Eterno creó toda la fauna y la flora – y todo ser viviente que existe sobre la tierra (Génesis 1:11-12, 20-25). Todos nacen, crecen, dan fruto; envejecen, dejan de ser, y vuelven a la tierra de donde Dios los creó. Salmos 90:3-6: “Vuelves al hombre hasta ser quebrantado, y dices: Convertíos, hijos de los hombres...Los arrebatas como con torrente de aguas; son como sueño, como la hierba que crece en la mañana. En la mañana florece y crece; a la tarde es cortada y se seca.”

Sí, el hombre, formado del polvo de la tierra, también lleva dentro de sí mismo esta ley: nace, crece, envejece, y, finalmente vuelve al polvo de la tierra del cual fue hecho – “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:19).

La ciencia confirma este proceso de transformación. El Dr. Antonio González Ríos, lo resume así: “La relación entre la materia y la energía se rige por leyes universales establecidas por Dios, y sigue principios fundamentales, tales como:

  1. La cantidad de materia que existe es constante, es decir, no se genera nueva materia, ni se destruye; sólo cambia de estado.
  2. Las unidades más simples de la materia son elementos que consisten de átomos, que son partículas compuestas de electrones y protones en diferentes combinaciones que determinan el tipo de elemento.
  3. Al combinar los elementos (átomos) se producen partículas llamadas moléculas (ejemplo: dos átomos de hidrógeno más un átomo de oxígeno forman una molécula de agua).

“El decir que Dios creó al hombre del polvo de la tierra equivale a decir que Dios tomó varios elementos de materia y los combinó de tal manera que creó un ser humano extremadamente complejo, cuya función, hasta el momento, no hemos podido explicar con todos los progresos de la ciencia. Más importante aún, le impartió vida con su Espíritu, algo que el hombre no ha podido explicar, sencillamente porque no entiende las cosas del Espíritu.”

Sí, la ciencia confirma que la materia no se destruye, sino que se transforma. Y, ¿por qué es esto así? Salmos 104:24-30: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios. He allí el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes... Todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo. Les das, recogen; abres tu mano, se sacian de bien. Escondes tu rostro, se turban; les quitas el hálito, dejan de ser, y vuelven al polvo. Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra.”

Sin lugar a dudas, el origen de toda materia es el Espíritu de Dios. Y por el Espíritu es renovada constantemente. Pero la materia no es la etapa final de la creación que Dios tiene en mente. El Eterno crea la materia como primer paso en su plan de crear una familia para sí. En todo esto vemos el Espíritu de Dios en acción constante. Jesucristo dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y Yo trabajo” (Juan 5:17). Y bien sabemos que Dios el Padre y Jesucristo el Hijo, quienes son esa Fuerza Omnipotente y Creadora, y única Fuente de vida, obrando en perfecta armonía y con un mismo propósito, están creando vida constantemente.

El Eterno Creador trabaja con la materia mediante leyes que estableció desde el principio mismo, cuando delineaba su plan. De la materia el Creador hizo al hombre, y le instruyó: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:28).

Aquí vemos que el Eterno Creador le dio al hombre señorío sobre las cosas físicas, lo que obviamente eleva al hombre sobre las cosas creadas. Este señorío, conforme leemos en Salmos 8:3-9 y Hebreos 2:6-8, el hombre lo ejercería de manera progresiva.

 

La naturaleza de Adán


Leímos en Génesis 2:7 que Dios “formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida.” Y como el Espíritu es el que da vida e imparte entendimiento (Juan 6:63; Job 32:8; 33:4), desde el principio vemos al Espíritu de Dios trabajando en y con el hombre. Pablo nos dice: “Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos” (Hechos 17:26-28).

Aquí Pablo no está hablando tan solo de los cristianos, sino de toda la humanidad. Y hasta cita lo que algunos de los poetas (¿filósofos?) griegos correctamente entendían.

Ciertamente, el Omnipotente Dios está presente, bien cerca del hombre, en toda su actividad, constantemente, tal como lo confirma el salmista: “Desde los cielos miró Jehová; vio a todos los hijos de los hombres; desde el lugar de su morada miró sobre todos los moradores de la tierra. Él formó el corazón de todos ellos; atento está a todas sus obras” (Salmos 33:13-15).

Al leer que cuando Dios creó al hombre y le impartió vida, tenemos que entender que se trata del comienzo o la primera fase de la obra del Espíritu de Dios en y con el hombre. En Eclesiastés 8:8 leemos que el hombre no tiene potestad para retener el Espíritu; más bien, cuando el hombre muere, el Espíritu vuelve a Dios que lo dio (Eclesiastés 12:7).

Es evidente, el Espíritu de Dios trabaja en y con el hombre desde su formación hasta que muere – Dios está constantemente ocupado en su Obra creadora. Claramente lo dijo el Mesías: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y Yo trabajo” (Juan 5:17). Esto, aunado al principio establecido en el fundamento: “el que creyere, no se apresure,” nos dice que el Eterno lleva a cabo su Obra de manera progresiva, en etapas.

Ahora bien, ¿qué propósito cumple el Espíritu en el hombre originalmente? Ya explicamos que primero le imparte vida física. Y luego, como leemos en Job 32:8: “Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda.”

Es claro, al principio el Espíritu de Dios impartió vida al hombre, y entendimiento de las cosas físicas que le rodeaban, y habilidad para el dominio de éstas. Un vivo ejemplo de ello lo podemos leer en Éxodo 31:1-6:

“Habló Jehová a Moisés, diciendo: Mira, yo he llamado por nombre a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte, para inventar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, y en artificio de piedras para engastarlas, y en artificio de madera; para trabajar en toda clase de labor. Y he aquí que yo he puesto con él a Aholiab hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan; y he puesto sabiduría en el ánimo de todo sabio de corazón, para que hagan todo lo que te he mandado.”

Continuemos en Éxodo 35:30 al 36:2: “Y dijo Moisés a los hijos de Israel: Mirad, Jehová ha nombrado a Bezaleel hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; y lo ha llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría, en inteligencia, en ciencia y en todo arte, para proyectar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, y en la talla de piedras de engaste, y en obra de madera, para trabajar en toda labor ingeniosa. Y ha puesto en su corazón el que pueda enseñar, así él como Aholiab hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan; y los ha llenado de sabiduría de corazón, para que hagan toda obra de arte y de invención, y de bordado en azul, en púrpura, en carmesí, en lino fino y en telar, para que hagan toda labor, e inventen todo diseño. Así, pues, Bezaleel y Aholiab, y todo hombre sabio de corazón a quien Jehová dio sabiduría e inteligencia para saber hacer toda la obra del servicio del santuario, harán todas las cosas que ha mandado Jehová. Y Moisés llamó a Bezaleel y a Aholiab y a todo varón sabio de corazón, en cuyo corazón había puesto Jehová sabiduría, todo hombre a quien su corazón le movió a venir a la obra para trabajar en ella.”

Otro ejemplo, muy vívido, nos lo ofrece el profeta Isaías: “Estad atentos y oíd mi voz; atended, y oíd mi dicho. El que ara para sembrar, ¿arará todo el día? ¿Romperá y quebrará los terrones de la tierra? Cuando ha igualado su superficie, ¿no derrama el eneldo, siembra el comino, pone el trigo en hileras, y la cebada en el lugar señalado, y la avena en su borde apropiado? Porque su Dios le instruye, y le enseña lo recto; que el eneldo no se trilla con trillo, ni sobre el comino se pasa rueda de carreta; sino que con un palo se sacude el eneldo, y el comino con una vara. El grano se trilla; pero no lo trillará para siempre, ni lo comprime con la rueda de su carreta, ni lo quebranta con los dientes de su trillo. También esto salió de Jehová de los ejércitos, para hacer maravilloso el consejo y engrandecer la sabiduría (Isaías 28:23-29).

En todo esto vemos que se trata de conocimiento (ciencia) de las cosas físicas, no de las cosas espirituales. Y para poner en práctica ese conocimiento el hombre fue dotado con capacidad de pensar, de crear de la materia ya creada, y con la capacidad de tomar decisiones. Un ejemplo de esto lo vemos en Génesis 2:19: “Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre.”

Adán comenzó a entender las cosas físicas, y a ejercer señorío sobre ellas. Pero en el principio el Eterno no le impartió a Adán entendimiento de las cosas espirituales. En esto Adán estaba limitado. Leemos en Job 36:26; 37:5: “He aquí que Dios es grande, y nosotros no le conocemos... Él hace grandes cosas, que nosotros no entendemos.” Y en 1 Corintios 2:14: “Pero el hombre natural [físico, como era Adán] no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.”

Para que Adán (el varón y la hembra, Génesis 5:1-2) pudiera entender las cosas espirituales necesitaba esperar hasta que Dios, mediante su Espíritu, se las revelara. Leemos en 1 Corintios 2:9-13: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros [la Iglesia] por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos [ahora] lo que Dios nos ha concedido [entendimiento de las cosas espirituales, lo que hay en su mente], lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.”

En la condición física que originalmente fue creado era imposible para Adán sujetarse a las cosas espirituales del Eterno Dios. Está bien claro en 1 Corintios 2:14: “Pero el hombre natural [físico, como era Adán] no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.”

Ahora bien, en lo que respecta a las emociones, a la manera de pensar y sentir, ese “eje rotor” que impulsa al hombre a la acción, ¿cómo “funcionaba” la mente del Adán físico – el Adán, alma viviente?

“He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos se buscaron muchas perversiones” (Eclesiastés 7:29).

Sin entendimiento de las cosas espirituales, Adán se enfrentaba a dos alternativas, simbolizadas en el árbol de la ciencia del BIEN y del mal: esperar que Dios le revelara ese entendimiento, o decidir obtenerlo por sí mismo. Recordemos dos detalles importantes:

  1. el Eterno Creador dotó a Adán con el poder de decisión, y capacidad de razonamiento para ejercitarlo, lo que llamamos intelecto; y,
  2. el principio fundamental: “el que creyere, no se apresure.”

Leemos en Eclesiastés 3:11: “Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.”

Está claro, el hombre, por sí mismo, no puede entender la obra del Eterno Creador – no puede entender el propósito para el cual fue creado.

Pero, ¿significa esto que el hombre jamás podrá entender la obra que el Creador tiene en mente realizar con él?

“Dios es espíritu” (Juan 4:24). Y lo que él quiere hacer con el hombre es crear un ser espiritual. El Eterno dijo: “Hagamos al hombre conforme a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza...” (Génesis 1:26). Y ya leímos la síntesis que el apóstol Pablo hace: “Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán, alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante” (1 Corintios 15:45).

Y también Pablo nos dice que las cosas espirituales el Eterno nos las revela por el Espíritu (1 Corintios 2:10). Pero para ello el hombre debe obedecer las instrucciones del Eterno Dios:

“Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Isaías 55:6-7).

Y, “...Pedid y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?” ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre Celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lucas 11:9-13).

Y algo más, muy importante, el Eterno Dios ordena al hombre: “...PREGUNTADME de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos” (Isaías 45:11).

Sí, con humildad y reverencia, y con anhelo vehemente el hombre debe preguntar a su Creador, especialmente acerca de sus hijos, la obra de sus manos. Job nos da un perfecto ejemplo de ello: “Oye, te ruego, y hablaré; te preguntaré, y tú me enseñarás.” “¿Qué es el hombre, para que lo engrandezcas, y para que pongas sobre él tu corazón, y lo visites todas las mañanas, y todos los momentos lo pruebes?” (Job 42:4; 7:17-18).

Y David, en obediencia al mandato divino, analiza, y le pregunta al Eterno y Bendito Dios, “¿qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Salmos 8:4). Por todo el libro de los Salmos, el rey David exalta la grandeza de la obra del Eterno Creador, a la vez que le suplica por más conocimiento acerca de la misma. Estudie detenidamente el capítulo 119, que es un bello ejemplo del sentimiento y el anhelo de este “varón conforme al corazón de Dios.”

Sí, el Eterno Dios desea que el hombre le busque con actitud humilde y anhelo ferviente; y que con sincera confianza le pregunte acerca de su Obra. Vívidamente David lo manifestó:

“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene SED de Dios, del Dios vivo” (Salmos 42:1-2).

El hombre debe buscar a Dios su Creador con anhelo y devoción; con dedicación sincera. Como el nómada moribundo en el desierto busca el agua, así el hombre debe DESEAR a su Eterno Creador; desear sus caminos, su pensamiento, su justicia, su misericordia. Debe preguntarse muy seriamente, ¿qué tanto DESEA verdaderamente ser como el Eterno Dios?

El profeta Isaías expresó: “También en el camino de tus juicios, oh Jehová, te hemos esperado; tu nombre y tu memoria son el deseo de nuestra alma. Con mi alma te he DESEADO en la noche, y en tanto que me dure el espíritu dentro de mí, madrugaré a BUSCARTE...” (Isaías 26:8-9).

Como el hombre por sí mismo, por sus fuerzas, no puede entender las cosas espirituales, el Eterno le instruye a que con actitud sumisa le busque, y le pregunte, y le pida entendimiento de sus cosas: su existencia, su obra, su propósito. Una vez más David expresa cuán profundamente Dios quiere que el hombre le busque: “Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario. Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán. Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos. Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca, cuando me acuerde de ti en mi lecho, cuando medite en ti en las vigilias de la noche. Porque has sido mi socorro, y así en la sombra de tus alas me regocijaré. Está mi alma apegada a ti; tu diestra me ha sostenido” (Salmos 63:1-8).

Sí, es necesario preguntarle al Eterno Creador, y pedirle entendimiento acerca de la obra de sus manos. Así él lo ordena. ¡Y nos oirá! Es una promesa: “Así ha dicho Jehová, que hizo la tierra, Jehová que la formó para afirmarla; Jehová es su nombre: Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces (Jeremías 33:2-3).

En su condición natural el hombre, por sí mismo, no puede percibir lo que hay en la mente del Omnisapiente y Todopoderoso Dios. Es decir, no entiende ni el tiempo ni la razón (juicio) de las cosas espirituales. Lamentablemente el hombre cree que por sí mismo puede, y obstinadamente se empeña en atender el anhelo de eternidad que el Dios de las misericordias puso en él, pues no quiere morir. Adán quiso satisfacer ese anhelo por sí mismo. Y a ese deseo fue que apeló la serpiente (Satanás), y Adán le prestó atención. Con esta decisión, su mente fue directamente afectada por la influencia de esta ignominiosa fuerza del mal, y de inmediato comenzó a inclinarse hacia lo negativo – hacia el mal; comenzó a pervertirse, a “buscarse perversiones”, hasta el punto que, como leemos en Génesis 6:5: “...todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.” Y Jeremías 17:9: “Engañoso es el corazón [la mente] más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”

Más claramente, el hombre, por sí mismo, sin comprensión de las cosas espirituales ni del propósito espiritual para el cual fue creado, se inclina al mal – a los malos pensamientos, que lo llevan a proceder negativamente. En desobediencia a LA LEY DEL ETERNO, decide, por sí mismo, lo que cree es mejor para él, sin saber que ello lo lleva a la muerte, tal como leemos en Proverbios 14:12 y 16:25: “Hay camino que parece derecho al hombre, pero su fin es camino de muerte.” Así el hombre se convierte en presa fácil de influencias externas a él que le incitan a tomar decisiones apresuradas – a prestar atención a lo primero que viene a su mente, a lo primero que oye y ve, sin darse cuenta de que está siendo engañado. Esta es una manera muy sutil de cómo Satanás lleva a cabo su perniciosa labor destructora, engañando “al mundo entero” (Apocalipsis 12:9).

Y bien podríamos preguntar: ¿por qué es esto así? Pablo contesta: “Porque Dios sujetó a todos en desobediencia” (Romanos 11:32a).

Aunque no tenía la capacidad para asimilar lo espiritual, Adán tenía el potencial de pensar y creer que por sí mismo podría satisfacer su anhelo de eternidad. Y todo esto estaba contemplado en el plan divino. Es decir, Dios creó al hombre sujeto (con el potencial) a desobediencia. Y con un propósito: “para tener misericordia de todos” (Romanos 11:32b). Al decir “de todos”, es claro que en la mente de Dios estaban Adán y su progenie, toda la humanidad.

Pero, en este contexto, ¿en qué consiste la misericordia del Eterno Creador? ¿Por qué, realmente, Dios “sujetó a todos en desobediencia”? ¿Por qué permitió que todos pecaran?

Leemos en Gálatas 3:22-26: “Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la FE EN JESUCRISTO fuese dada a los creyentes. Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la FE EN CRISTO JESÚS; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.”

Y en Efesios 2:8-9: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, PARA QUE NADIE SE GLORÍE.”

¿Qué es lo que nos dice Pablo en estos pasajes?

En el capítulo 3 de Romanos él lo explica. Siguiendo la narrativa divina que encontramos en el Antiguo Testamento, y que establece a toda la humanidad en dos grupos – israelitas y gentiles – Pablo dice: “¿Qué, pues? ¿Somos nosotros [israelitas] mejores que ellos [gentiles]? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (vs. 9-12; ver Salmos 14:2-3; 53:2-3).

Y hablando de la misericordia de Dios, Pablo nos dice: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y los profetas; la justicia de Dios por medio de la FE EN JESUCRISTO, para todos lo que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia [misericordia], mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la FE EN SU SANGRE, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la FE DE JESÚS. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluída. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la LEY DE LA FE” (vs. 21-27).

Definitivamente, nadie puede jactarse; nadie puede gloriarse en su propia justicia. La gloria solo pertenece al Eterno Dios (1 Crónicas 29:11), y él no la dará a nadie (Isaías 42:8). O más claramente, nadie puede decir, “yo soy salvo por mis obras, por lo bueno que soy, pues soy mejor que ‘los otros.’” El Maestro Divino lo expresó vívidamente en la parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18:9-14).

Por esta razón Adán pecó. Él fue creado con limitaciones espirituales. No podía discernir lo que había en la mente de Dios. Para ello necesitaba la ayuda directa y personal del Padre Eterno, pues por sí mismo jamás lograría entender las cosas espirituales de su Creador. Y para eliminar toda posibilidad de jactancia – de falsa confianza– el Eterno determinó mantener a Adán “bajo pecado, confinado bajo la ley, encerrado para aquella fe que iba a ser revelada.”

Por eso cuando Adán se enfrentó a Satanás, un ser espiritual, simbolizado en la serpiente, no pudo resistirle. Y desobedeció a su Creador, el único Padre que conocía. Y Dios lo permitió con un propósito. El Eterno Creador, el Dios de las misericordias, tenía algo más para Adán, algo mucho más grande que una mera existencia física: En su oportunidad el Omnisapiente Dios le revelaría su misericordia; y, por medio del Espíritu Santo, le cambiaría aquella naturaleza humana tan propensa al mal, y le daría una mente dócil al Espíritu – una mente completa, con capacidad para tomar decisiones correctas y poder discernir las cosas espirituales, de tal manera que pudiera entender y actuar en armonía con la realización del propósito espiritual para el cual fue creado. Esto es lo que el Todopoderoso Dios nos promete: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.” (Ezequiel 36:26-27 – lea también Joel 2:28-29, y Jeremías 31:31-34).
Adán no debía apresurarse, sino esperar con paciencia a que el Misericordioso y Omnisapiente Creador le revelara su misericordia. Recordemos el fundamento: “He aquí pongo en Sión una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere no se apresure” (Isaías 28:16). Y: “...sabiendo que fuisteis rescatados... con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1 Pedro 1:18-20).

Con esto presente en nuestras mentes, continuemos con el análisis de las instrucciones que el Eterno Dios impartió a Adán en el huerto.

 

Los dos árboles


“Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado. Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Génesis 2:8-9). “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer...” (v. 16).

Aquí vemos que de entre todos los árboles del huerto el Eterno menciona dos en particular: el árbol de vida, y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Este es lenguaje figurado. Recordemos, Dios es espíritu, y debemos mirar el aspecto espiritual en las palabras del Eterno.

¿Qué representaban estos dos árboles?

Nuestro Señor dijo: “El Espíritu es el que da vida...” (Juan 6:63). Y: “Yo soy el camino, la verdad y la vida...” (Juan 14:6). Y: “Dios es espíritu” (Juan 4:24). Está claro, el árbol de vida representaba el Espíritu Santo de Dios.

Y ¿qué representaba el árbol de la ciencia del bien y del mal?

Ya hablamos de las dos alternativas que el Eterno le presentó a Adán: esperar por Dios, quien es VIDA (“escoge la vida”, fue la instrucción), o decidir obtenerla por sí mismo.

Leemos en Proverbios 19:2: “El alma sin ciencia [conocimiento] no es buena, y aquel que se apresura con los pies, peca.”

Lamentablemente esto fue lo que hizo Adán – pecó al apresurarse, faltando así al principio tan importante del fundamento: “el que creyere, no se apresure.” En su apresuramiento Adán no se brindó la oportunidad de adquirir conocimiento a la manera de Dios. Más bien decidió obtenerlo muy a su manera, por sí mismo.

Ah, estamos hablando de DOS maneras de hacer las cosas; en este caso, dos maneras de adquirir conocimiento:

  1. la manera divina, y
  2. la manera humana.

Y, ¿cuál es la diferencia entre la una y la otra?

Bien, seamos específicos: El Eterno Dios crea al hombre y le ofrece vida gratuitamente. Leemos en Apocalipsis 22:17: “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; Y el que quiera, tome del agua de la vida GRATUITAMENTE (ver Isaías 55:1-3; Juan 3:16; Romanos 3:21-24; Apocalipsis 21:6).

Esta es la manera divina. Es la manifestación del amor del Bendito y Misericordioso Padre Celestial, de quien es toda la gloria, tal como leemos en Apocalipsis 4:11: “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas.”

En contraste, la manera humana se distingue por la jactancia: “Yo quiero esto porque me lo gané con mi trabajo, con mi obediencia. Además, yo soy justo; como manto y diadema es mi rectitud; yo soy bueno, doy ofrendas; soy ojos al ciego, y pies al cojo” (ver Job, capítulo 29; Lucas 18:9-14).

Sí, la manera humana de adquirir las cosas no le permite al hombre valorar lo que recibe gratuitamente; más bien lo considera de poca importancia, y hasta lo desprecia, porque su orgullo se enaltece al pensar que puede decir: “esto es mío, me lo gané con mi trabajo, y mi obediencia; lo compré a buen precio.” Su vanidad le hace creer que él puede ganarse la vida eterna, y no le permite entender, ni aceptar que la VIDA ETERNA es un DON de Dios, algo que el Eterno Creador, en su grande misericordia, le ofrece gratuitamente (Romanos 6:23b).

Pero esto requiere explicación, pues hay mucho, mucho más que debemos entender.

En Génesis 3:22 leemos del momento en que el Eterno interviene con Adán a causa de su transgresión: “Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal...”

¿Lo capta usted?

¡Aquí el Eterno Creador está diciendo que para ser como Dios es requisito saber el bien y el mal!

Esto quiere decir, entonces, que cuando el Eterno le dice al hombre: “de todo árbol del huerto podrás comer”, no estaba excluyendo el árbol de la ciencia del bien y del mal; y que de alguna manera el Eterno había provisto para Adán “comer” de aquel árbol porque él iba a crear en Adán a un ser como Dios – un DIOS. “Dios es ESPÍRITU” (Juan 4:24); y él dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26). Y en Salmos 82:6: “Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo.”

Nuestro Señor Jesucristo, comentando sobre este pasaje de los Salmos, nos dice que para la creación de hijos espirituales–dioses–se requiere un ingrediente muy importante que el Eterno Creador no le dio al hombre al momento de su creación física. Leemos en Juan 10:34-35: “Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquéllos a quienes vino la palabra de Dios...” Es decir, “a aquéllos a quienes les fue dado el conocimiento/entendimiento de las cosas espirituales.” Y sabemos que la palabra de Dios es espíritu – espiritual (Juan 6:63).

En el árbol de la ciencia del bien y del mal “había” una característica necesaria para ser como Dios: poseer conocimiento/sabiduría para poder discernir las cosas tanto físicas como espirituales. Y el hombre, por sí solo, no puede discernir correctamente los aspectos de éstas si no conoce, si no entiende bien el efecto y significado de lo que está decidiendo. Para esto necesita la instrucción y la ayuda directa del Espíritu de Dios que le enseñará a discernir entre lo bueno y lo malo. Esta ayuda es progresiva y desarrolla en el hombre la habilidad de aprender a través de las experiencias, lo que, obviamente, requiere tiempo.

Con el transcurrir del tiempo el hombre va tomando decisiones que le producen resultados positivos y negativos. Con ello va adquiriendo conocimiento y experiencia. Y con la experiencia, sabiduría. En esencia, estamos hablando de CARÁCTER. Es un proceso mediante el cual el Espíritu Santo de Dios va desarrollando, progresivamente, una actitud divina en el hombre – una determinación firme de tomar decisiones correctas consistentemente. En otras palabras, es el Espíritu Santo creando la naturaleza divina en el hombre, y en el proceso, cambiando la naturaleza humana (adánica) con la que fue formado originalmente. Esto es exactamente lo que el autor de la epístola a los Hebreos confirma cuando nos habla acerca del perfeccionamiento del Hijo de Dios:

“Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oir. Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados EN EL DISCERNIMIENTO DEL BIEN Y DEL MAL” (Hebreos 5:11-14).

En este contexto, debemos analizar con más precisión el pronunciamiento divino, “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”

¿Acaso quiere decir esto que el hombre jamás podría comer de aquel árbol?

Observemos detenidamente – es el árbol de la ciencia (conocimiento) del BIEN y del mal. Es decir, “había” algo bueno – algún bien – en aquel árbol; y sabemos que “toda buena dádiva [todo bien] desciende de lo alto, del Padre de las luces” (Santiago 1:17).

¿Podríamos entender que lo que Dios le está diciendo al hombre es: “del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás... hasta que yo te diga? ¿Cómo podríamos saberlo? Dios había dicho: “De todo árbol del huerto podrás comer.” Y el principio fundamental ya establecido: “el que creyere no se apresure.”

Al hombre se le exhorta a tener paciencia, a no tomar decisiones apresuradamente, sino a esperar en el Eterno:

“En cuanto a Dios, perfecto es su camino, y acrisolada la palabra de Jehová; escudo es a todos los que en él esperan” (Salmos 18:30). “Se complace Jehová en los que le temen, y en los que esperan en su misericordia” (Salmos 147:11). “Toda palabra de Dios es limpia; Él es escudo a los que en él esperan” (Proverbios 30:5). “Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová” (Lamentaciones 3:25-26). “El alma sin ciencia [conocimiento] no es buena, y aquel que se apresura con los pies, peca (Proverbios 19:2). “El que guarda el mandamiento no experimentará mal; y el corazón del sabio discierne el tiempo y el juicio (Eclesiastés 8:5).

El Eterno le dio al hombre la ley para que viviera en ella (Levítico 18:5; Gálatas 3:12). La ley es toda la palabra de Dios (Deuteronomio 8:3; Mateo 4:4), y le brinda al hombre la oportunidad de vivir en esperanza, en fe: “...el que guarda el mandamiento no experimentará mal.” Y también le brinda la oportunidad de “discernir el tiempo y el juicio.” Es decir, le brinda la oportunidad de aprender con las experiencias, especialmente la tan importante lección de la paciencia.

Esto es evidente en la vida de cada uno de nosotros. Cuando ya jóvenes, no pensamos como cuando niños. Y cuando llegamos a la madurez como adultos, ni pensamos, ni actuamos como cuando éramos niños o jóvenes. Muy bien lo expresa el apóstol Pablo: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1 Corintios 13:11).

La ley es un patrón de comportamiento que establece la armonía que el Eterno quiere entre él y el hombre; y entre el hombre y toda la creación. O, más claramente, poniendo en práctica la ley, es decir, viviendo en ella – obedeciéndola – el hombre aprende, primordialmente, a CONOCER al Eterno Dios, y a relacionarse con él. Y aprende a convivir con su prójimo. Además, aprende cómo hacer uso de las cosas creadas, y cómo “labrar y guardar [cuidar]” (Génesis 2:15) la tierra – el entorno en el que Dios lo puso.

Sí, el que guarda el mandamiento no experimentará mal; mas bien, recibirá bendiciones del Eterno (Levítico 26:3-13; Deuteronomio 7:12-24; 28:1-14).

Mientras vive en armonía con su Creador, y con las cosas creadas, mediante la obediencia al mandamiento (la ley), el hombre va adquiriendo sabiduría, elemento imprescindible para “discernir el tiempo y el juicio” – la determinación divina, expresada en la ley, y muy especialmente en las múltiples promesas divinas, que infunden fe y esperanza, y manifiestan el infinito AMOR de Dios por toda su creación. Es importante, por lo tanto, que entendamos bien el principio en el que se dice: “el que creyere no se apresure.”

Antes de crear al hombre el Eterno ya había establecido en su plan la semana de siete días, y le dice al hombre: “Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios... por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó” (Éxodo 20:9-11). Y Pedro nos dice: “Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3:8).

De modo que si “para con el Señor un día es como mil años”, entonces podemos entender que en su plan, el Eterno Dios determinó seis mil años para que el hombre hiciera “toda su obra”, incluyendo, claro está, su multiplicación o reproducción. Y también para que fuera adquiriendo experiencia y sabiduría mediante las lecciones que aprendería en su interacción con las cosas físicas. Luego, como “el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios”, el Eterno intervendría en su día, el séptimo, o el séptimo milenio, para concluir su obra que comenzó con Adán. Pero Adán no habría de vivir por seis mil años, sino que moriría una muerte física, y luego sería resucitado para la esperanza del juicio de Dios, la oportunidad de salvación, que vendrá cuando el Eterno le impartirá al hombre entendimiento de las cosas espirituales. Por eso la determinación divina: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27). En este pronunciamiento el Eterno nos está hablando acerca de la resurrección, concepto muy importante en su plan de salvación.

El juicio de Dios es la continuación de la obra que él comenzó con Adán, alma viviente, y que ahora lo quiere hacer espíritu vivificante – un ser espiritual. Muy bien lo entendió el apóstol Pablo, quien nos dice: “...firmemente convencido de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús (Filipenses 1:6, Biblia de Jerusalén 1976).

El Eterno Creador siempre está ocupado en su Obra. Cristo dijo: “Mi padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17). Es interesante observar aquí que Cristo pronunció estas palabras en el contexto de un día de reposo – un sábado, en el que realizó un milagro de sanidad (versículos 1-17). Con ello, el Divino Maestro está diciendo que el hombre recibirá sanidad espiritual en el sábado/séptimo período milenario de Dios. Y por esa oportunidad el hombre debe esperar. Recordemos: “el que creyere, no se apresure.”

Adán no tenía que apresurarse. El Eterno determinó desde antes de la fundación del mundo cómo desarrollaría, paso a paso, el plan que había delineado. Primeramente le impartiría al hombre conocimiento de las cosas físicas, y luego de las espirituales. Fundamentalmente, el apóstol Pablo lo resume así: “Pero lo espiritual no es primero, sino lo natural [lo físico, material]; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es celestial. Como es el terrenal, así son también los terrenales; y como es el celestial, así son también los celestiales. Y así como hemos llevado la imagen del terrenal, llevaremos también la imagen del celestial” (1 Corintios 15:46-49, Reina-Varela 1989 – lea todo el capítulo).

Sí, en su oportunidad el Eterno y Misericordioso Dios se abocaría al aspecto espiritual de cada persona, pues es su voluntad “que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:3-4). Y, ¿qué cosa es la verdad? Juan 17:17: “Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad.” La palabra, que es espíritu, santifica – aparta, prepara al hombre para la santidad, para una creación santa, espiritual. ¿Y qué es ser santo? La presencia de Dios en el hombre a través de Su Espíritu, es lo que le hace santo.

Ciertamente, Dios quiere que todos los hombres conozcan su verdad, porque es con la verdad, su palabra, que él crea (Hebreos 11:3). Y con ésta hará perfecta (espiritual) la creación que comenzó con el Adán físico.
¿Cómo puede el hombre conocer la verdad del Eterno Dios? Únicamente por revelación del Espíritu Santo. Y esto el Eterno se lo prometió al hombre desde el principio. Es una parte muy importante de las buenas nuevas, del Evangelio: que a través de Cristo, el cordero destinado (a ser inmolado – Apocalipsis 5:12) desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), en su tiempo, el hombre tendría acceso al conocimiento de la verdad mediante el perdón de los pecados y el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38; Juan 14:26; 16:7-15). Es la oportunidad que el Eterno daría al hombre de “comer del árbol de la vida.” Pero para ello primeramente el hombre necesitaba aprender a discernir entre lo malo y lo bueno, lo cual sería el resultado de las experiencias que adquiriría en su interacción con las cosas físicas, todo lo cual estaba representado por “el árbol de la ciencia del bien y del mal.”

Meditemos en las palabras del profeta que anunció el nacimiento del Mesías que había de venir: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel. Comerá mantequilla y miel hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno (Isaías 7:14-15).

Oh, sí, el mismo Hijo de Dios aprendió la ciencia del bien y del mal, es decir, aprendió a discernir entre lo malo y lo bueno. Pero le tomó algún tiempo para aprenderlo. Fue con la ayuda del Espíritu del Padre, que estaba en él desde el instante inicial de su vida, que él pudo aplicar sus sentidos al discernimiento del bien y del mal.

Conociendo los efectos del bien y del mal, el hombre estaría mejor preparado para tomar la decisión correcta – ¡escoger la vida! Esto es posible si se tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal, elemento indispensable para que el hombre pueda cumplir con el requisito necesario para llegar a ser lo que el Eterno quiere hacer con él, un ser como Dios. Ese fue el mensaje de todos los profetas (Hechos 10:34-43; Lucas 24:13-27, 44; Judas 14-15).

Ahora prestemos atención a lo que nos dice Pablo: “Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo por vosotros los gentiles; si es que habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me fue dada para con vosotros; que por revelación me fue declarado el MISTERIO... que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu” (Efesios 3:1-3, 5).

¿Cuál misterio?

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, EN AMOR habiéndonos predestinado para ser adoptados HIJOS suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad... dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de REUNIR TODAS LAS COSAS EN CRISTO, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:3-5, 9-10).

Ahora comenzamos a entender el fundamento establecido: “He aquí que yo he puesto en Sión por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable...”; y el principio tan importante del mismo: “el que creyere, no se apresure” (Isaías 28:16).

Sí, el que creyere no debe apresurarse, sino que debe esperar con paciencia por la manifestación/revelación del “cordero que fue destinado desde antes de la fundación del mundo”, pero que no fue revelado a los hijos de los hombres hasta “el cumplimiento de los tiempos” que Dios el Padre había determinado.

En su oportunidad el Eterno comenzó a revelar el misterio, primero a los profetas y apóstoles. Y ahora, como Pablo nos dice en Efesios 3:8-12:

“A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cual sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales [ángeles], conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la FE EN ÉL.

Ahora aquel misterio es dado a entender a la iglesia (la “manada pequeña” – Lucas 12: 32; la elección de gracia – Romanos 11:5-6), y por medio de ésta a los ángeles (Efesios 3:10), pero no a toda la humanidad. El tiempo viene en que todos los hombres – toda la humanidad – comprenderán estas cosas, el tiempo ya determinado por el Eterno Dios, en su sábado milenario, y subsiguientemente, cuando al cabo del séptimo período milenario, todos aquellos que vivieron y murieron sin haber recibido la oportunidad de conocer el misterio de Dios, serán resucitados a una vida física, como leemos en Apocalipsis 20:12: “Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.” Este es el tiempo en que la humanidad colectivamente recibirá la oportunidad de salvación, de entender las cosas espirituales del Eterno Creador.

Ya podemos ir entendiendo mejor la mente del Eterno Creador, y por qué él determinó en su plan seis mil años para que el hombre hiciera toda su obra. En ese transcurso de tiempo el hombre se reproduciría, adquiriría conocimiento y experiencia en su interacción con las cosas físicas siguiendo las instrucciones contenidas en la ley; instruiría a sus hijos en ese conocimiento y experiencia, y moriría una muerte física, mientras esperaba por la resurrección. Una vez resucitado, y con el caudal de experiencias adquiridas previamente, el hombre ahora estaría preparado para enfrentar el juicio de Dios, que es la oportunidad de salvación. O más claramente, es el tiempo cuando Dios llevaría a cabo la segunda fase de su creación – la fase espiritual – en el hombre. Esto es lo que leemos en Hebreos 9:27: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.” Y en 1 Corintios 15:45-46: “Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal [lo físico]; luego lo espiritual.”

Esto es lo que nos dice el patriarca Job, al expresar: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir? Todos los días de mi edad esperaré, hasta que venga mi liberación [de la ignorancia de las cosas espirituales]. Entonces llamarás [me resucitarás], y yo te responderé; tendrás afecto a la hechura [obra] de tus manos” (Job 14:14-15). Y también: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro” (Job 19:25-27).

 

El propósito de la muerte humana


La muerte es un tema que ha sido muy poco comprendido.Veamos lo que Cristo nos enseña con respecto a la muerte humana.

Sabemos que nuestro Señor vino a revelar a Dios el Padre y su Obra con el hombre (Juan 1:18; 9:1-5; 17:3-8). En todo momento él habló en el contexto de “EL REINO DE DIOS”. En las parábolas decía: “¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé? Es semejante al grano de mostaza...” “Y volvió a decir: ¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura...” (Lucas 13:18-21), y otras parábolas similares, pero estas dos como ilustración. El punto es: Cristo siempre hablaba en el contexto de“EL REINO DE DIOS”. Para él eso era lo de primordial importancia, pues en su mente estaba grabado en forma indeleble el principio que leemos en Mateo 6:33: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia...”

Con respecto a la muerte humana, y teniendo en mente el reino de Dios, Cristo realizó un milagro portentoso para revelarnos algo de profunda significación. En el capítulo 11 de Juan leemos acerca de la muerte y resurrección de su amigo, Lázaro, el hermano de Marta y de María, aquellas abnegadas mujeres que con tanto esmero cuidaban de su Señor. Cuando ellas envían a decirle que su hermano, Lázaro, ha enfermado, él dice: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios” (v. 4).

El relato nos dice que Lázaro sí murió de aquella enfermedad, a pesar de que Cristo había dicho: “esta enfermedad no es para muerte.” ¿Cómo se explica esta aparente contradicción? Cristo no hablaba de la muerte física, lo que llamamos “la primera muerte,” sino de la muerte espiritual, eterna – la segunda muerte (Apocalipsis 20:6, 14). La muerte física que Lázaro experimentó fue (es) ¡para la gloria de Dios!

Pero... ¿cómo es esto?

Sabemos que cuando Cristo venga habrá de restaurar todas las cosas (Hechos 3:19-21). Esto sucederá durante el séptimo período milenario, el sábado del Eterno. En ese tiempo toda “la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como el agua llena el mar” (Habacuc 2:14; Isaías 11:9, Reina-Valera 1990). Todas las gentes buscarán a Dios; todas las naciones subirán a Jerusalén, “Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová” (Isaías 2:1-4; 25:6-9; Miqueas 4:1-5). Dios derramará su Espíritu sobre toda carne (Joel 2:28; Ezequiel 36:26-27); la tierra será restaurada a las condiciones edénicas, como en el principio (Ezequiel 36:35). Y el hombre que había vivido sin recibir entendimiento de las cosas espirituales del Eterno Creador, y que experimentó la muerte física durante los 6,000 años previos, será resucitado después del séptimo milenio (Apocalipsis 20:5), recibirá el Espíritu Santo que le impartirá entendimiento de las cosas espirituales, y así el Eterno podrá concluir la Obra (la creación espiritual) para la cual originalmente lo creó (v. 12; Filipenses 1:6).

El Eterno Dios nos da una idea de la realidad de la resurrección en el mensaje que, en visión, le comunicó al profeta Ezequiel. Leamos:

“La mano de Jehová vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu de Jehová, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Y me hizo pasar cerca de ellos por todo en derredor; y he aquí que eran muchísimos sobre la faz del campo, y por cierto secos en gran manera. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y dije: Señor Jehová, tú lo sabes. Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová. Así ha dicho Jehová el Señor a estos huesos: He aquí yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis. Y pondré tendones sobre vosotros, y haré subir sobre vosotros carne, y os cubriré de piel, y pondré en vosotros espíritu [vida], y viviréis; Y SABRÉIS QUE YO SOY JEHOVÁ ...Me dijo luego: Hijo de hombre, todos estos huesos son la casa de Israel. He aquí ellos dicen: nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos del todo destruidos. Por tanto, profetiza, y diles: Así ha dicho Jehová el Señor: he aquí yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas, y os traeré a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío. Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y os haré reposar sobre vuestra tierra; y sabréis que yo Jehová hablé, y lo hice, dice Jehová” (Ezequiel 37:1-6, 11-14).

Sin duda, alguien podría argumentar que este mensaje de los huesos secos fue exclusivamente para la casa de Israel, y no para toda la humanidad.

Y es muy cierto que fue un mensaje para la casa de Israel. Pero es también un mensaje para toda la humanidad. Es a través de la casa de Israel que Dios le habla al hombre. Fue a los israelitas – los de la circuncisión – a quienes les fue confiada la palabra de Dios (Romanos 3:1-2). La nación de Israel fue constituida, primero, en cumplimiento de la promesa que el Eterno había hecho a Abraham (Génesis 12:1-3; Deuteronomio 7:6-11). Y, segundo, con la nación de Israel el Eterno constituyó “un reino de sacerdotes” (Éxodo 19:6). Como tal, la nación tenía la responsabilidad de actuar como intercesora (ministradora – Isaías 61:6), entre el hombre y Dios. Era a través del ejemplo de obediencia de la nación de Israel que todas las naciones recibirían conocimiento del verdadero Dios y sus leyes, tal como leemos en Deuteronomio 4:1, 5-8:

“Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño, para que los ejecutéis, y viváis, y entréis y poseáis la tierra que Jehová el Dios de vuestros padres os da... Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová mi Dios me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la cual entráis para tomar posesión de ella. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta. Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?”

Definitivamente, es a través de Israel, la simiente de Abraham, que todas las familias (naciones) de la tierra serán bendecidas. Así lo dispuso el Eterno Creador, cuando le dice a Abraham: “...y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3). Y más tarde lo confirma a Isaac, hijo de Abraham (Génesis 26:1-4). Y luego a Jacob, hijo de Isaac, a quien le dice: “Será tu descendencia como el polvo de la tierra, y te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente (Génesis 28:14). Y la más grande bendición que una nación puede recibir es conocimiento de la ley del Eterno Creador, y de su plan de eterna salvación, que encierra el tan importante concepto de LA RESURRECCIÓN.

La resurrección es la esperanza de toda la humanidad (Juan 5:28-29; Hechos 24:15). Es la médula del mensaje que los apóstoles predicaron, anunciando al mundo la resurrección de los muertos, con énfasis, claro está, en la resurrección del Mesías, el Hijo de Dios (Hechos 1:22; 2:22-24, 31-32; 3:14-15; 4:1-2; 10:34-43).

Y fue de la casa de Israel que vino el Mesías, tal como Moisés lo había anunciado (Deuteronomio 18:15). Y fue a la casa de Israel (Mateo 15:24), que el Mesías vino a revelar a Dios el Padre; y a morir por toda la humanidad. Por eso Cristo mismo nos dice: “la salvación viene de los judíos [israelitas] (Juan 4:22).

Como ya hemos explicado, en el pronunciamiento, “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27), el Eterno determinó que el hombre experimentaría la muerte física, y luego sería resucitado para tener la oportunidad de salvación, que es el juicio de Dios.

Cuando el hombre sea resucitado y vea el orden que habrá en toda la tierra – una condición edénica – quedará sorprendido, maravillado; y el Eterno pondrá en él una actitud de arrepentimiento (Jeremías 16:19; Romanos 2:4; Filipenses 2:13) en cuanto a su forma de vida pasada, que recordará perfectamente en ese momento de la resurrección.

La muerte física es comparada con el sueño (Daniel 12:2; Juan 11:11-14). Cuando una persona va a la cama, a dormir, cae en un sueño profundo, y de nada se da cuenta. Luego, al despertar, el conocimiento, las experiencias adquiridas en su vida, todo lo que había en su memoria al ir a la cama está allí con la persona. Así será en la resurrección. La única diferencia es que el sueño habrá sido más largo; y muchas cosas habrán cambiado en esta tierra mientras la persona “dormía.” Sin duda, lo primero que pasará por la mente de la persona resucitada será: “¿Dónde estoy? ¿Qué ha sucedido?” Allí el Eterno comenzará a enseñarle las cosas espirituales que no le había enseñado antes, conforme lo había determinado en su plan. Pero algo más. El hombre, al verse resucitado, sin duda se gozará en el Eterno, le dará gloria y alabanza. Allí entenderá con claridad absoluta el enorme potencial que hay en él – ¡llegar a ser Hijo de Dios, ser como Dios! Allí entenderá cómo satisfacer el anhelo de eternidad que Dios puso en él cuando lo creó (Eclesiastés 3:11).

Ciertamente, la muerte física, humana ¡es para la gloria de Dios! Es parte del plan del Eterno Creador en la realización del propósito para el cual creó al hombre. Sin duda en esto era que pensaba nuestro Señor cuando dijo: “esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios.” Él estaba pensando en la resurrección de la que habla Apocalipsis 20:12. Lea y medite detenidamente en el pasaje de Juan 11:1-44, en especial el versículo 40, cuando Jesús le dice a Marta: “¿No te he dicho que SI CREES, VERÁS LA GLORIA DE DIOS?” Y seguidamente resucita a Lázaro.

Es, precisamente, como ya lo leímos en Ezequiel 37, “cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas” que toda la humanidad conocerá quién es el Eterno Dios; es entonces cuando ¡todos verán la gloria de Dios! Y los muchos creerán: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).

Con todo, alguien dirá: “¿Cómo puede la muerte humana ser para la gloria de Dios? Esto no puede ser así, pues la muerte humana acarrea dolor, angustia, y nadie la desea. Además, Dios sanciona el luto cuando alguien muere.”

Ciertamente, hay angustia en la muerte humana. Y muy cierto también que el Eterno aprueba el luto cuando alguien muere. Pero, ¿entendemos por qué es esto así?

Pablo nos dice: “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él” (1 Tesalonicenses 4:13-14).

La angustia por causa de la muerte física es consecuencia de la incredulidad e ignorancia de las cosas espirituales. Para el creyente hay esperanza – ¡la resurrección! Ello es parte de la FE DE JESUCRISTO por la cual el justo vivirá (Habacuc 2:4).

La muerte humana es para la gloria de Dios; no por la muerte en sí, sino por la vida, es decir, la resurrección efectuada por el poder y misericordia del Eterno Creador. Ello ayudará al hombre a entender el plan de Dios, ¡y su misericordia! Y en esto es que está la gloria de Dios. Entendamos bien lo dicho por nuestro Señor en el pasaje de Lázaro. Él dijo: “esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios” (Juan 11:4). La gloria no estaría ni en la enfermedad ni en la muerte en sí, sino en la resurrección que vendrá para todos, tal como leemos en 1 Corintios 15:22: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.”

La resurrección de Lázaro otra vez a la vida física es un reflejo de la resurrección que vendrá para todos los que durante los primeros seis mil años del plan de Dios no recibieron conocimiento de las cosas espirituales. Y algo más, de profundo significado: nos ofrece confirmación del plan divino de siete mil años, y cómo el Eterno lo ha estado realizando puntualmente. La resurrección de Lázaro ocurrió al cuarto día de haber muerto (Juan 11:39). Cristo dijo: “Yo soy la resurreción y la vida” (Juan 11:25). Y sabemos que nuestro Señor y Salvador – ¡la Resurrección! – se manifestó al mundo cuatro mil años después de la creación del hombre. Y desde entonces, el Eterno ha estado revelando esta maravillosa verdad a los que decidan creer.

Y aún podemos analizar la muerte humana desde otra perspectiva. Cuando una persona muere, ¿quién es el que sufre? Con la muerte la persona no sufre absolutamente nada. Tal vez sí sufra algún dolor por causa de una enfermedad u otra circunstancia, como por ejemplo, la realidad de la inminencia de su muerte, quizá, prematura. Pero ello ocurre antes de que la persona muera. La muerte en sí no ocasiona ningún dolor, pues al instante que muere la persona pierde todo conocimiento, toda sensibilidad. Quien sufre mucho por causa de la muerte es el que queda vivo: la esposa, el esposo, el padre, la madre, el hijo, la hija, los parientes y amigos. Es decir, la muerte causa dolor a los vivos, no a los muertos. Y todo comenzó con Adán y Eva, quienes sin duda sufrieron amargamente la muerte de su hijo, Abel. Y desde entonces todo ser humano ha experimentado el sufrimiento, el dolor que causa la muerte física.

Y el Eterno ciertamente que aprueba el luto... ¡por misericordia hacia los vivos!

La muerte humana sí causa angustia, dolor, y hasta desesperación cuando las circunstancias nos dicen que irremediablemente vamos a morir. Y el dolor es mayor cuando tal vez tengamos que dejar en orfandad y desamparo a seres queridos. Una realidad bien dura, ciertamente, pues es inevitable: de una u otra manera la muerte física ocasiona dolor y angustia a todos. Con ello el Omnisapiente y Todopoderoso Creador permite que todos experimentemos una muestra de la angustia, del dolor, de la desesperación que sufrirán los rebeldes cuando se vean abandonados totalmente por el Autor de la vida como resultado de la pena de la ley – la muerte espiritual, eterna, la muerte segunda. Imaginémonos el dolor humano cuando muere un ser querido ¡elevado (aumentado) a la “potencia espiritual!” Nuestro Señor lo describe así: “allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 24:51). Y nos lo ilustra con la parábola del rico y Lázaro (Lucas 16:19-31).

Oh, sí, hay un propósito en la muerte humana. Dios no quiere que el hombre sufra la muerte espiritual, tal como él mismo nos lo dice: “Porque no quiero la muerte [espiritual] del que muere [la muerte física], dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis” (Ezequiel 18:32).

Por esta razón el Eterno y Omnisapiente Creador le permitió al hombre experimentar una pequeña dosis de lo que es la muerte antes de que él interviniera para convertirlo. El efecto de la muerte física, humana es, sin duda, un elemento que ayudará al hombre a tomar la decisión correcta cuando el Eterno y misericordioso Dios lo llame (Job 14:15; Romanos 8:28-30; 2 Timoteo 1:9) para realizar en él la obra para la cual lo creó. Las cosas físicas son un reflejo de las espirituales, y la muerte humana no es una excepción, pues ésta es, en efecto, un reflejo de la muerte espiritual. “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Romanos 11:33).

 

Dios interviene a favor de Adán


Continuemos con el diálogo entre el Eterno Dios, la serpiente y Adán. Recordemos que Adán es “figura del que había de venir.” En otras palabras, en y con Adán, el Eterno comienza a revelarnos, partiendo de lo físico (1 Corintios 15:46; Romanos 1:20), los detalles de su Obra – su plan de salvación.

El Eterno instruyó a Adán: “De todo árbol del huerto podrás comer...” Sí, Adán podría comer de todos los árboles del huerto, incluyendo de los dos que el Eterno había “marcado” muy especialmente: “el árbol de vida, y el árbol de la ciencia del bien y del mal.” Pero para ello, Adán debía esperar pacientemente por la instrucción divina.

En nuestro estudio hemos visto que aquellos dos árboles eran símbolos o representación de importantes detalles del plan divino de la salvación. Y hemos visto que a Adán, tal como fue creado al principio, no le fue dado entender las cosas espirituales, y que para ello necesitaba esperar hasta que Dios se las revelara.

“Ah, pero, un momento,” dirá alguien, “he estado leyendo aquí que Adán tenía que esperar, que debía ejercitar paciencia. ¿Cómo podía Adán ejercitar paciencia, que según Gálatas 5:22 es un fruto del Espíritu, si a él no le fue dado entender las cosas del espíritu – si a él no le fue dado el Espíritu Santo?”

Muy cierto que la paciencia es fruto del Espíritu. Hemos dicho que a través de las cosas físicas el ser humano puede aprender conceptos espirituales, los cuales comprenderá más profundamente cuando el Eterno, en su oportunidad, intervenga para realizar la creación espiritual para la cual lo creó. Leemos en Romanos 1:20: “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas...”

Veamos un ejemplo de esto: A Adán le fue dado señorío sobre las cosas físicas, y fue instruido a que labrara y guardara el huerto donde Dios lo puso, y en donde había extensa variedad de árboles y plantas que le servirían de alimento, tal como leemos en Génesis 1:29: “Y dijo Dios: He aquí os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.”

En el transcurso del tiempo Adán tenía que esperar pacientemente – ejercitar paciencia – hasta que los árboles y plantas dieran fruto, tal como leemos en Santiago 5:7: “Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y tardía.” Y hay muchos otros ejemplos de “paciencia humana,” como el período de gestación en la reproducción humana, el crecimiento y desarrollo del ser que nace, etc. No es difícil entender que las cosas físicas son un reflejo de las espirituales, que en su oportunidad el hombre comprenderá con mayor profundidad cuando el Eterno se las revele por medio de su Espíritu.

Y es cierto también que la Biblia no nos dice explícitamente que al momento de crearlo, Dios le dio a Adán el Espíritu Santo que le impartiría entendimiento de las cosas espirituales. Sin embargo, sí nos dice que Adán tenía acceso a Dios, quien le instruyó en su ley para que “viviera en ella.” Entendamos bien el proceder del Eterno Creador:

Cuando llegó el tiempo que el Eterno había determinado para comenzar la fase espiritual de su obra en y con el hombre, Jesucristo, “el cordero destinado desde antes de la fundación del mundo,” vino para ser inmolado. Al comienzo de su ministerio llamó a un grupo de personas de entre las cuales “escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles” (Lucas 6:13), y a quienes comenzó a impartirles instrucciones especiales con respecto a su misión redentora. Progresivamente, y durante alrededor de tres años, estos apóstoles recibieron conocimiento y entendimiento de las instrucciones que el Mesías les impartió. Leamos algunas escrituras que lo comprueban: Mateo, capítulo 13, versículos 1-3: “Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar. Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa. Y les habló muchas cosas por parábolas...” Versículos 10-11: “Entonces acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? Él respondiendo, les dijo: porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado.”

Luego de varias parábolas que dirigió a la gente, leemos en los versículos 34-36: “Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin parábolas no les hablaba; para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo. Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del campo.” Seguidamente el Mesías les complace, y les instruye con otras parábolas más (versículos 37-50). Y leemos en el versículo 51: “Jesús les dijo: ¿Habéis entendido todas estas cosas? Ellos respondieron: SÍ, SEÑOR.”

Y ya al final de su ministerio, dos días antes de la hora del sacrificio del cordero, según lo establecido en la ley (Exodo 12:6; Mateo 27:46-50; Marcos 15:34-37), Cristo se reúne con los doce y les imparte más instrucciones, todas muy especiales. Leemos en Mateo 26:1-2: “Cuando hubo acabado Jesús todas estas palabras, dijo a sus discípulos: Sabéis que dentro de dos días se celebra la pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado.”

Ahora continuemos leyendo en Juan 13:1-7:

“Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después.”

Ciertamente, nuestro Señor amó a los suyos hasta el fin. En los capítulos 13 al 17 de Juan podemos leer de la expresión de su amor por los suyos en las instrucciones que les imparte antes de su arresto y muerte. Y la máxima expresión de ese amor divino (Juan 15:13), la encontramos en los capítulos 18 y 19 de Juan, en donde leemos los detalles del arresto, juicio y muerte por crucifixión del Redentor del mundo.

Pero las instrucciones que iban preparando a los discípulos para algo verdaderamente trascendental no concluyeron con la muerte del Señor. Luego de su muerte y resurrección, “...se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles [impartiéndoles más instrucciones] acerca del reino de Dios. Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hechos 1:3-5).

Durante su última aparición antes de ascender al cielo, mientras comía con ellos, leemos en Lucas 24:44-45:

“Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las escrituras.” Y en el versículo 49, leemos: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.”

Mientras el Mesías estuvo presente con sus discípulos les enseñaba y les abría el entendimiento para que entendieran detalles necesarios y específicos para el momento – la verdad presente para ellos. Más claramente, Cristo comenzó a instruir a sus discípulos en los detalles iniciales de la Obra que el Padre le había encomendado. Y esa instrucción fue progresiva, tal como el Eterno imparte su enseñanza:

“Goteará como la lluvia mi enseñanza; destilará como el rocío mi razonamiento; como la llovizna sobre la grama, y como las gotas sobre la hierba” (Deuteronomio 32:2).

Y, como Cristo le dijo a Pedro: “...lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después” (Juan 13:7).

Está bien claro que de entre los discípulos que nuestro Señor llamó, “escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles” (Lucas 6:13), para prepararlos para una misión muy especial: ¡Comenzaba con ellos la creación espiritual mediante la revelación de cosas espirituales, todo en armonía con el plan del Amoroso Padre Eterno! Por eso les dice: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23). Y en el versículo 26 les habla de “el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará.” Y en Juan 16:4-7: “...Esto no lo dije al principio, porque yo estaba con vosotros. Pero ahora voy al que me envió... Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré.”

Analicemos estas palabras de nuestro Señor y Salvador. ¿Por qué llama él al Espíritu Santo “el Consolador”? ¿De qué manera éste nos consuela? ¿Por qué Cristo dice: “os conviene que Yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros”?

Como humano, Cristo podía estar con sus discípulos a un tiempo y en un solo lugar a la vez. ¡Pero glorificado en Espíritu podía ejercer la característica divina de la Omnipresencia!

Y algo más, ¡de especial interés e importancia trascendental! Leemos en Marcos 7:21-23 (Versión Dios habla hoy): “Porque de adentro, es decir, del corazón [la mente] de los hombres, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los asesinatos, los adulterios, la codicia, las maldades, el engaño, los vicios, la envidia, los chismes, el orgullo y la falta de juicio. Todas estas cosas [acciones] malas salen de adentro y hacen impuro al hombre.”

Oh, sí, es en la mente en donde se incuba toda acción humana. Es decir, primero pensamos y luego actuamos.

Glorificado en Espíritu, nuestro Señor puede penetrar en la MENTE de cada uno de los suyos para motivarles a las buenas obras, a la obediencia; y estar con ellos en todo tiempo y en todo lugar simultáneamente, conforme a la promesa que les hizo: “...he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). De esta manera nuestro Señor lleva a cabo la segunda fase en la creación del hombre – la fase espiritual, que es la perfección de la obra que comenzó en él originalmente (Filipenses 1:6). Veamos:

En 2 Corintios 10:5 se nos exhorta a “llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.” Y en Efesios 4:22-23: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y RENOVAOS EN EL ESPÍRITU DE VUESTRA MENTE, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.”

Y, Colosenses 3:8-11 (Versión Dios habla hoy): “Pero ahora dejen todo eso: el enojo, la pasión, la maldad, los insultos y las palabras indecentes. No se mientan los unos a los otros, puesto que ya se han librado de su vieja naturaleza y de las cosas que antes hacían, y se han revestido de la nueva naturaleza: la del nuevo hombre, que se va renovando a imagen de Dios, su Creador, para llegar a conocerlo plenamente. Ya no tiene importancia el ser griego o judío...lo que importa es que Cristo es todo y está en todos.”

Todo esto el Padre determinó realizarlo mediante la presencia de él y de su Hijo, morando en Espíritu, en la mente del hombre, creando al hombre espiritual. En otras palabras, es Dios el Padre y su Hijo Jesucristo trabajando, mediante el Espíritu Santo, en la fase de la creación espiritual en el hombre. Por eso Cristo dijo: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros...” (Juan 16:7).

Cuando “el Consolador” viene al hombre éste comienza a entender el significado y propósito de su existencia; comienza a percibir por fe la presencia de su Creador en su vida. Las experiencias vividas, y las lecciones aprendidas en su interacción con las cosas físicas ahora adquieren significado, propósito. Este es el más grande consuelo que un ser humano puede recibir, pues es cuando realmente comienza a CONOCERSE A SÍ MISMO, y a conocer el potencial que hay en él – ¡llegar a ser miembro de la familia de Dios! (Leer el capítulo 2 de Efesios, y meditar en versículos 19-22.)

Ahora meditemos en la oración de Pablo a favor de los creyentes: “Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones [mentes], a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:14-19).

Pablo nos habla aquí de la intervención directa y personal de Dios con el hombre, para proveerle conocimiento y comprensión de las cosas espirituales, y así realizar con éste la fase espiritual de la creación, tal como él lo había dispuesto y prometido.

Y en atención a que “en boca de dos testigos sea todo testimonio verdadero” (Juan 8:17), el apóstol Pedro hace eco de lo expresado por Pablo:

“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Pedro 1:3-4).

Un vivo ejemplo del consuelo que en realidad el hombre recibe cuando el Eterno Dios interviene directa y personalmente en su vida es la experiencia que vivió el patriarca Job. Todos conocemos la historia de este extraordinario personaje, que bien entendemos, representa la humanidad sufrida. A pesar de su indescriptible sufrimiento, Job se mantuvo fiel a su Creador, de quien había oído hablar, y de quien había aprendido mediante su interacción con las cosas físicas (Job 12:7-11), pero a quien en realidad no le conocía en su magnificencia espiritual. Al final, cuando en el momento oportuno, el Eterno Creador le revela a Job su eterna misericordia...

“Respondió Job a Jehová, y dijo: yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; te preguntaré y tú me enseñarás. De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:1-6).

Y muy bien conocemos la experiencia vivida por el apóstol Pablo, quien fue transformado en un ser muy distinto de aquel “aventajado” discípulo de uno de los grandes maestros de la ley (Hechos 22:1-16; Filipenses 3:4-11).

Como ya hemos anotado, cuando el Espíritu Santo, el Consolador, viene al hombre es para comenzar la segunda fase de la creación en él – la creación espiritual.

Pero entendamos bien. Como antes señalamos, Dios realiza su obra en forma progresiva. Y en el proceso se requiere una estrecha relación entre el hombre y Dios el Padre. Cuando Pablo, en ruego por los santos, pide que seamos “fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu,” nos está hablando de cómo crece esa relación entre el hombre y el Dios Creador. Esta relación se inicia y se va fortaleciendo mediante la presencia del Padre y del Hijo morando en nosotros por medio del Espíritu Santo. Pero para ello hay que pedir, pues la instrucción es:

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si le pide pescado, en lugar de pescado le dará una serpiente? ...Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lucas 11:9-13).

Ahora podemos entender la contestación que Cristo les dio a los escribas y fariseos cuando éstos le preguntaron: “¿Por qué los discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben? Él [Cristo] les dijo: ¿Podéis acaso hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos? Mas vendrán días cuando el esposo les será quitado; entonces, en aquellos días ayunarán” (Lucas 5:33-35).

Desde el principio de su intervención personal con sus discípulos, el Mesías comienza a instruirlos y a prepararlos para la fase de la creación espiritual, en ellos primeramente, y también, por conducto de ellos, para el mismo propósito, en toda la humanidad. De la misma manera hizo con Adán y Eva, a quienes impartió instrucciones que los preparaba para la vida física que iban a vivir, en espera de la manifestación del “cordero destinado desde antes de la fundación del mundo,” la simiente de la mujer (Génesis 3:15).

Y tanto Adán, al principio, como más tarde los apóstoles tenían como misión transmitir las instrucciones que recibieron a toda la humanidad: primeramente Adán, señalando hacia el futuro la esperanza de la promesa del Mesías que vendría; y luego los apóstoles señalando hacia atrás y hacia el futuro, el cumplimiento de la promesa del Mesías, anunciando al mundo el hecho real de su venida, su sacrificio que culminó con su muerte, su resurrección y su segunda venida en gloria, todo lo cual es la ESPERANZA de la humanidad (Hechos 1:21-22; 2:21-32; 3:12-16; 4:2, 8-12; 17:1-3; 23:6; Romanos 4:13-25; 14:9; 1 Corintios 15:1-9; 1 Timoteo 1:1; Hebreos 6:18-20).

Y la predicación de Adán como también la de los apóstoles tenía como fundamento el elemento de la FE – “el que creyere, no se apresure” (Génesis 3:15; Isaías 28:16; Hechos 2:22-36; 3:11-26; 4:8-12; Romanos 1:1-5; 9:30-33; 10:1-17; 1 Pedro 2:4-8).

Cuando leemos en Génesis 3:8 que ellos [Adán y Eva] “OYERON la voz de Dios,” sin duda, quiere decir que ellos fueron instruidos por Dios directa y personalmente. “Dios LLAMÓ al hombre [a Adán – al varón y la hembra] y le(s) dijo...” (versículo 9); y comienza a impartirles instrucciones muy específicas, ahora en el contexto de su desobediencia. Y también estaba allí la serpiente.

Leemos en Génesis 3:14-15: “Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo... Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.”

Esta es la introducción del Evangelio – las buenas nuevas de la salvación para el hombre – toda la humanidad. Y Adán estaba allí, oyéndolo todo. De hecho, el Eterno Creador estaba interviniendo por causa de Adán; ¡interviniendo a su favor! Aquellas buenas nuevas eran para Adán. (Y recordemos que en los lomos de Adán estaba toda la humanidad.) Allí el Dios Eterno explicó lo que había en su mente, y cómo él habría de hacerlo realidad. Allí el Omnisapiente Creador les estaba comunicando un mensaje a Adán y a Eva – a toda la humanidad (que lo recibiría de Adán, por medio del ejemplo, y la comunicación oral): “...arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15).

En Génesis 3:21, leemos: “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió.”

¿Túnicas de pieles, y los vistió? ¿Entendemos lo que esto significa?

Para hacer pieles se requiere matar a un animal. Y aprendimos que desde el inicio del plan de salvación del Eterno Creador hay “un cordero destinado [a ser inmolado, Apocalipsis 5:12] desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:19-20). No debe ser difícil entender que cuando el Eterno Dios “vistió” a Adán y a Eva con túnicas de pieles, él estaba instruyéndoles, directa y personalmente, respecto a su plan de salvación que incluía su misericordia – el perdón del pecado. Y como estos CONCEPTOS SON DE ENTENDIMIENTO ESPIRITUAL, es claro que con ello el Bendito Padre Celestial ha comenzado a darle entendimiento de las cosas espirituales a Adán.

¿Aceptó Adán la misericordia del Eterno Dios, simbolizada en la muerte (sacrificio) del animal, y en las túnicas (vestidos) de pieles?

Leemos en Génesis 3:22-24: “Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.”

Vemos aquí que por causa de su pecado, Adán perdió la bendición que le proporcionaba el contacto íntimo con su Padre, el Dios Creador. Ahora tiene que enfrentar a los querubines, y una espada encendida que guardaban el acceso a la VIDA, que es Dios mismo (ver Juan 14:6).

Pero, ¿significa esto que Adán NO expresó arrepentimiento de haber quebrantado el mandato divino; que más bien rechazó la misericordia que el Eterno le ofreció, y que por consiguiente, se acarreó la muerte, conforme a la instrucción específica que el Eterno le había impartido: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás,” tal como leemos en Génesis 2:16-17?

Está bien claro, “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”

¿Qué significa “comer del árbol de la ciencia del bien y del mal? Y ¿cómo podemos entender la frase: “el día que de él comieres, ciertamente morirás?” ¿Se acarreó la muerte Adán por haber comido del fruto del árbol que se le instruyó no comer?

Analicemos con detenimiento el relato de la sentencia que el Eterno dictó contra Adán.

Adán sí se acarreó la muerte por haber desobedecido. Pero, ¿cuándo ejecutaría el Eterno Dios la pena de muerte que se acarreó Adán? La instrucción es clara: “el día que de él comieres.” Pero vemos que Adán no murió el día que pecó, mas bien el Eterno amplía, con más detalles, la sentencia que antes había pronunciado.

Para entender con claridad absoluta este pasaje que dice: “el día que de él comieres, ciertamente morirás,” se requiere un minucioso análisis de esta sentencia a la luz de otras escrituras.

Preguntemos, ¿acaso el justo y misericordioso Padre Eterno dicta y ejecuta sentencia condenatoria al instante que el hombre comete un delito?

En Salmos 11:7, leemos: “Jehová es justo, y ama la justicia.”

Y en Salmos 103:8, 10, 13-14: “Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia... No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados... Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo.”

Sí, el Eterno es justo y misericordioso. Y él sabe lo que hay en el hombre – lo que realmente es el hombre. ¡Claro, si fue él quien lo creó! Y sabemos que lo creó sujeto a desobediencia (Romanos 11:32); y sin el elemento imprescindible para poder entender y obedecer la voluntad divina.

Al principio el Eterno le prometió al hombre que le daría ese elemento, pero más adelante, en algún momento en el futuro. El hombre debía esperar por ese momento, en armonía con el principio: “el que creyere no se apresure.”

Entendamos un detalle crítico de lo que realmente es Adán – el hombre. Analicemos el texto que amplía la sentencia original que el Eterno dictó:

“Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:17-19).

¿Qué tenemos aquí? Ciertamente, ¡una bocanada de información procedente de la boca del Eterno Creador!

Ya sabemos que el hombre fue creado de tal manera que por sí mismo nada puede hacer; tal como dijo Jesucristo acerca de sí mismo (Juan 5:19,30). El hombre necesita de “alguien” que le instruya, especialmente con el ejemplo. O en palabras más explícitas: el hombre no fue creado un ser independiente; más bien fue creado sujeto a una dependencia total. Y esta necesidad el hombre siempre trata de suplirla de modo automático; lo que oye o ve hacer, eso hace automáticamente.

¿Queremos prueba de esto? Muy sencillo... observemos a los niños. Usted le sonríe a un niño, éste le sonríe también. Usted mueve su mano, el niño mueve la suya. Y a medida que el niño va creciendo, va copiando e imitando lo que ve y oye en el ambiente en que se encuentre. Esto explica el comportamiento del ser humano en las varias etapas de su crecimiento y/o desarrollo. De esta manera es que progresivamente el hombre se va formando hasta llegar a lo que en determinado momento realmente es: un ser totalmente dependiente; así fue creado por el Supremo Creador, quien le instruye a que confíe en él, que espere en él; que él le suplirá todas sus necesidades (Salmos 18:30; 25:3; 32:10; 37:34; 85:11-13; Romanos 8:32; Lucas 12:22-31; Filipenses 4:19).

Adán fue instruído en el fundamento del plan de salvación del Creador, el Eterno y Bendito Dios de las misericordias. Y tenía la responsabilidad de “construir” sobre ese fudamento y transmitirlo a su descendencia.

En Génesis 3:15, leemos exactamente lo que dice el profeta Isaías: “Por tanto, Jehová el Señor dice así: He aquí que yo he puesto en Sión por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure” (Isaías 28:16).

Pero, como hemos estudiado, Adán no tuvo el valor, la paciencia, para esperar, y se apresuró, porque pensó que por sí mismo él podía satisfacer el anhelo de eternidad que “sentía,” tal como hemos leído en Eclesiastés 3:11.

En su apresuramiento, Adán incurrió en pecado, pues infringió la ley, y en consecuencia, se acarreó la muerte... y “TONELADAS” DE ADVERSIDAD.

 

La adversidad


Cuando leemos en Romanos 11:32 que el hombre fue creado “sujeto a desobediencia,” debemos reflexionar, pues bien sabemos que la desobediencia acarrea adversidad.

¿Y cuál es el origen de la adversidad?

Leemos en Isaías 45:5-7: “Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí... yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto.”

(La versión Reina-Varela 1909, rinde el versículo 7, así: “Que formo la luz y crío las tinieblas, que hago la paz y crío el mal. Yo Jehová que hago todo esto.”)

¡Estas son palabras de profundo significado! Y sin duda nos ayudan a entender con mayor claridad la Obra que el Eterno Creador está llevando a cabo en y con el hombre.

Está bien claro, Dios crea la adversidad – el mal. Y leemos en Génesis 1:31: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.”

Ciertamente, todo lo que el Creador Supremo hace cumple un propósito bueno. Ya hemos explicado que en el principio el Eterno le dio al hombre conocimiento de las cosas físicas, pero no de las espirituales. En su interacción con las cosas físicas el hombre aprendería lecciones que le ayudarían a entender las cosas espirituales que, en su oportunidad, Dios le revelaría. Y, entretanto, Dios le dio su ley para que “viviera en ella” (Levítico 18:5; Gálatas 3:12).

Hemos explicado, además, que en el principio el Eterno tampoco le dio al hombre el elemento necesario para poder vivir en armonía con las cosas espirituales. Mas bien, el hombre fue creado sujeto a desobediencia, es decir, con el potencial de poder actuar por sí mismo y tener que enfrentar el resultado de sus acciones. En otras palabras, de enfrentar la adversidad. En este contexto tal vez podamos entender mejor las instrucciones que el Eterno imparte al hombre: “Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal... A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30:15,19).

Aquí tenemos los dos conceptos representados en el “árbol de la ciencia [conocimiento] del bien y del mal.” O como lo expresa Moisés en el pasaje anteriormente citado: “Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal.” O expresado de otra manera: “Mira yo te doy la ley que te sirve para vida o para muerte.” O mucho mejor, como lo expresa el apóstol Pablo en Romanos 7:10: “...el mismo mandamiento [la misma ley] que era para vida, a mí me resultó para muerte.”

La muerte es la máxima expresión de la adversidad; es el máximo y postrer enemigo del hombre (1 Corintios 15:26). Y ese enemigo acecha al hombre en todo momento de su vida física, que, como hemos explicado, es la primera fase o etapa en la realización del propósito para el cual fue creado.

Y como las cosas físicas son símbolos de las espirituales, el hombre físico, en esencia, es un prototipo del hombre espiritual. Esto es lo que nos explica el apóstol Pablo:

“Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal [lo físico, material]; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo [espíritu]. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Corintios 15:45-49).

“Mas lo espiritual no es primero, sino lo físico, lo material...”, es decir, en su plan, el Eterno determina crear al hombre primeramente físico, de la materia.

Y ¿cuánto tiempo existiría el hombre en su condición física, como materia?

Ya estudiamos que en su plan para la creación espiritual del hombre, el Eterno determinó un periodo de 7,000 años. Y que al instruir al hombre, diciéndole: “Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios...” (Exodo 20:6), y con base a lo que Pedro nos dice, “que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3:8), debemos entender que el Eterno Creador determinó seis mil años para que el hombre viviera en un ambiente físico, cuidando de la tierra, y de todas las cosas que había en ella; se reprodujera y llenara la tierra (Génesis 1:28). Y en su interacción con las cosas físicas, como también hemos estudiado, el hombre aprendería lecciones muy necesarias para el “séptimo día,” o el séptimo milenio, tiempo que es para el Eterno Dios.

¿Y qué hará el Eterno Creador durante ese séptimo “día” – ese séptimo período milenario?

Leemos en Apocalipsis 20:1-13: “Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por MIL AÑOS; y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo. Y VI TRONOS, y se sentaron sobre ellos los que recibieron FACULTAD DE JUZGAR; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años. Cuando los mil años se cumplan, Satanás será suelto de su prisión, y saldrá a engañar a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, a fin de reunirlos para la batalla; el número de los cuales es como la arena del mar. Y subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada; y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió. Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. Y vi un GRAN TRONO BLANCO y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie [resucitados] ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron JUZGADOS los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron JUZGADOS cada uno según sus obras.”

Este pasaje nos habla, esencialmente, acerca del JUICIO DE DIOS. Y sabemos que al crear al Adán físico, el Eterno estableció “para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

Sí, el séptimo período milenial es el “día” del juicio de Dios. Y durante los seis días, o 6000 años previos, el hombre viviría y moriría (dormiría – Daniel 12:2; Juan 11:11, 14) hasta el tiempo de la resurrección – el “día” (o tiempo) del juicio de Dios.

Y fueron JUZGADOS cada uno según sus obras... ¿Cuáles obras?

Las obras que hicieron durante los seis mil años previos a la resurrección, y la decisión que tomen durante el tiempo que vivan después de ésta. Pero, específicamente, ¿cuáles obras?

¡LAS OBRAS DE LA LEY! Tanto las obras de obediencia, como de desobediencia.

Al crear al hombre, el Eterno le dio la ley para que viviera en ella (Levítico 18:5); EL CAMINO POR EL CUAL HABÍAN DE IR (Nehemías 9:19; Éxodo 18:19-20; Ezequiel 18; Romanos 10:5).

Ya explicamos que la ley es un patrón de comportamiento que establece la armonía que el Eterno quiere entre él y el hombre; y entre el hombre y el resto de la creación, pues por la ley el hombre conoce el pecado (Romanos 3:20). O, más claramente, poniendo en práctica la ley, es decir, viviendo en ella – obedeciéndola – el hombre aprende primordialmente, a conocer y a relacionarse con su Creador, el Eterno Dios. Y aprende a convivir con su prójimo. Además, aprende cómo hacer uso de las cosas creadas, y cómo “labrar y guardar [cuidar]” (Génesis 2:15) la tierra – el entorno en el que Dios lo puso.

Y ese propósito que cumple la ley guía el hombre A LA VIDA. No que le gana la vida, sino que lo guía, “lo lleva de la mano, lo cuida,” por así decirlo; o mucho mejor, como lo explica el apóstol Pablo: “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gálatas 3:24, ver también Salmos 43:3-4).

Y sabemos que Cristo es LA VERDAD Y LA VIDA (Juan 14:6). Y que es por la fe, por la GRACIA, don que Dios da al hombre (Romanos 5:1; Efesios 2:8; Gálatas 2:16), que éste es justificado mediante el sacrificio del Mesías, “el cordero que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

Todas estas instrucciones fueron impartidas a Adán. Pero al principio a él no le fue dado entendimiento de la esencia espiritual de las mismas, y por consiguiente no las obedeció, más bien, incurrió en pecado, quebrantó la ley. Y con ello se acarreó la muerte. Pero la muerte es la sentencia final que el Juez Supremo, el Eterno Creador, ejecutará en “su día” – su milenio – no inmediatamente que Adán pecó. En el entretanto, durante seis mil años, el Eterno Creador, el Dios de las misericordias determinó trabajar con el Adán alma viviente – el hombre físico – mediante la ley que le dio, elemento que lo guiaría a la vida espiritual, eterna que, por medio del Mesías, Adán – la humanidad – recibiría GRATUITAMENTE.

Ah, pero “la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él [del árbol que se le prohibió comer], serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Génesis 3:4-5).

Es decir, “no morirán, porque si comen de ese árbol se darán cuenta de que ustedes son iguales a Dios, sabiendo el bien y el mal; además, entenderán que muy bien pueden ganarse la salvación, lo cual es decisión de ustedes, y un derecho, que muy bien se lo merecen.”

Pero, como leímos en Apocalipsis 20:13, los hombres: fueron JUZGADOS cada uno según sus obras. Y ya explicamos que se trata de las obras de la ley. Y las obras de la ley no le ganan la vida al hombre (Gálatas 2:16), sino que simplemente indican “la morada” o posición de responsabilidad en el reino de los cielos, que Dios el Padre determinará, tal como leemos en Juan 14:2: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (ver también Mateo 20:20-23; Romanos 2:5-11; Apocalipsis 2:6-27; 3:12, 21).

Y, como ya explicamos, Adán – el varón y la hembra – le prestaron atención a la serpiente. ¿Y qué sucedió?

Pecaron – quebrantaron la ley. Y la ley establece que su transgresión conlleva la pena de muerte (Romanos 6:23). Pero ya hemos estudiado que la muerte es la sentencia final que el Juez Supremo, el Dios Creador, ejecutará “en su día.” Mientras tanto, y conforme el Eterno lo había determinado en su plan, él le brindaría al hombre la oportunidad de arrepentimiento; le daría el DON de la fe, por su gracia (Efesios 2:8), y mediante el sacrificio del cordero que fue destinado [a ser inmolado] desde antes de la fundación del mundo (desde antes de la creación del hombre), y que pagaría la pena que impone la ley, Adán, el hombre, recibiría perdón por su pecado, en el cual se infiere el DON DE LA VIDA ETERNA. Es decir, otorgar perdón es dar vida; sin perdón prevalece la muerte, que es el reclamo – la penalidad que impone la ley. Y esta penalidad fue la que se acarreó Adán.

O más claramente, Adán MURIÓ, tal como el Eterno Dios le había advertido. Y esa penalidad, esa muerte, pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron (Romanos 3:23). Esto quiere decir que Adán – el hombre – murió, está MUERTO A DIOS.

Pero entendamos bien, “morir a Dios” quiere decir que Adán – el hombre – ESTÁ MUERTO ESPIRITUALMENTE.

Veamos cómo nuestro Señor Jesucristo nos confirma esto:

En cierta ocasión, cuando el Mesías llama a uno de sus discípulos, éste le pide: “Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Sígueme; deja que los MUERTOS [espiritualmente] entierren a los MUERTOS” [que mueren la muerte física] (Mateo 8:21-22).

Y en Juan 5:24-29, nuestro Señor hace distinción entre los muertos en vida (vs. 24-25), y de los muertos que están en los sepulcros (vs. 28-29). En el versículo 25, leemos: “De cierto, de cierto os digo: El que OYE mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de MUERTE A VIDA.”

“El que OYE mi palabra, Y CREE...ha pasado de muerte a vida.” Es obvio que aquí él se está refiriendo a los muertos en vida, pues los muertos que están en los sepulcros no pueden oir si no son resucitados. De los primeros, el Divino Maestro, dice: “Viene la hora, y AHORA ES [el tiempo cuando él está hablando]”; de los segundos, él dice que VENDRÁ LA HORA cuando TODOS los que están en los sepulcros OIRÁN su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida, mas los que hicieron lo malo, a resurreccción de condenación” (versículos 28-29).

Y el apóstol Pablo le escribe a la Iglesia en Efeso: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1). Y el apóstol Judas, escribiendo acerca de aquellos a quienes el Salvador había rescatado ya, pero que se volvieron atrás, rechazándole, nos dice: “Estos son manchas en vuestros ágapes, que comiendo impúdicamente con vosotros se apacientan a sí mismos; nubes sin agua, llevadas de acá para allá por los vientos; árboles otoñales, sin fruto, DOS VECES MUERTOS y desarraigados” (Judas 1:12).

Sí, al pecar, Adán, murió, no físicamente, pero sí murió para Dios; quedó espiritualmente muerto (estudiar y meditar en este contexto Génesis 3:11, 16-19, 23-24 e Isaías 59:1-2). Y como claramente vemos en Génesis 3:16-19, 24, por su pecado, Adán se acarreó “TONELADAS” de ADVERSIDAD.

Ahora bien, al analizar el concepto adversidad, cuya expresión máxima es la muerte, que está siempre presente en la vida del hombre, tenemos que entender que ésta cumple un propósito muy importante en el plan de Dios. Perfectamente lo entendió aquel “varón conforme al corazón de Dios,” quien dijo: “En mi angustia invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios. Él oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llegó delante de él, a sus oídos” (Salmos 18:6). Y en Salmos 77:1-2: “Con mi voz clamé a Dios, a Dios clamé, y él me escuchará. Al Señor busqué en el día de mi angustia; Alzaba a él mis manos de noche, sin descanso; mi alma rehusaba consuelo.” Y en Salmos 119:71: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos.”

Definitivamente, la aflicción– la adversidad – persuade al hombre a buscar a Dios, su Hacedor, y a depender de él enteramente. De ello nuestro Señor nos dejó un vivo ejemplo: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que PADECIÓ aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:7-9).

Este pasaje, junto con Hebreos 2:10: (“Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por AFLICCIONES al autor de la salvación de ellos”), nos dice que la adversidad es un método que Dios determinó como necesario para la realización de su obra en y con el hombre. Es un método que el Eterno Dios utiliza para ENSEÑARLE al hombre una muy importante lección de vida: prestar atención al Supremo Creador, el Dios de las misericordias, confiar en él, depender de él para todas las cosas. Ya lo podemos ver con la experiencia del Hijo de Dios, el Mesías, quien “ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, FUE OÍDO a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció APRENDIÓ la obediencia.” Y como tan claramente él lo dijo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo... No puedo yo hacer nada por mí mismo... Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras” (Juan 5:19, 30; 14:10).

Mediante la adversidad como método de enseñanza persuasiva, y de disciplina, el Bendito Creador le brinda al hombre la oportunidad para que se arrepienta de sus caminos contrarios al Camino de la verdad. Con ello el hombre puede apreciar una expresión de la misericordia de Dios, quien por ser justo y misericordioso, no ejecuta sentencia al instante que el hombre incurre en pecado. No, antes le brinda la oportunidad de arrepentimiento, y le exhorta a que se convierta de su mal camino, tal como leemos en Salmos 90:3: “Vuelves al hombre hasta ser quebrantado [le permite que desobedezca y enfrente la adversidad], y dices: Convertíos, hijos de los hombres.” Y en Hechos 3:19: “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado...” Y en 2 Pedro 3:9: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” (Estudiar, además, Hechos 17:22-23 y Hebreos 12:1-13.)

Sí, nuestro Padre Eterno es paciente y misericordioso, y quiere que el hombre se arrepienta de sus pecados, y se vuelva a él. En otras palabras, el Eterno no condena al hombre hasta que le revele el conocimiento de las cosas espirituales. Y en esa revelación, él guía al hombre al arrepentimiento (Hechos 5:31; 11:18; Romanos 2:4; 2 Timoteo 2:25).

Si entendemos bien el propósito que cumple la adversidad, entenderemos mejor el significado de escrituras, tales como: Salmos 34:19: “Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová.” Y Hechos 14:22: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.” Y 2 Timoteo 3:12: “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución.” Y el capítulo 8 de Deuteronomio, con énfasis en los versículos 3 y 16, donde se nos dice que Dios aflige “...para a la postre hacerte bien.” Ciertamente, como Pablo nos dice en Romanos 8:28: “...a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.”

Los detalles de la vida de nuestro Señor que podemos leer en los evangelios y en los escritos de los apóstoles, son la revelación de cómo el Eterno está llevando a cabo su Obra en y con el hombre. Nuestro Señor Jesucristo, el Mesías prometido, cumplió la ley a la perfección, en todos los detalles. Él dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17).

Un minucioso estudio de los evangelios nos indicará, con toda claridad, que todo lo que nuestro Señor hizo y habló durante su vida física aquí en la tierra fue en cumplimiento de algún punto de la ley. De esta manera nuestro Señor cumplió a la perfección su compromiso: “...He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Salmos 40:7-8).

Cuando leemos en Isaías 45:7 que Dios crea la adversidad, ello es una parte muy importante de la ley. De hecho, es el elemento que hace ejecutar la ley, que le da vigor, pues se trata de la sanción o pena de la ley. Otra manera de decirlo sería: Un pronunciamiento – una orden, una resolución – sin penalidad no es ley. La penalidad fue determinada por Dios, el Legislador Supremo, como lo dice él mismo por boca del profeta Isaías: “Yo creo la adversidad.” Y como sabemos, según Romanos 6:23, que la paga (la penalidad) de la ley es la muerte, y que con ésta termina todo para el hombre, podemos concluir entonces que la muerte es la máxima expresión de la adversidad.

En cumplimiento de la ley, nuestro Salvador enfrentó la adversidad por causa de nuestros pecados. Ahora bien, en Mateo 23:23 leemos que lo más importante de la ley es: “la misericordia, la justicia y la fe.” Y nuestro Señor también cumplió este aspecto de la ley, ¡y de qué manera! En su vida de obediencia total y perfecta a la ley, nuestro Señor y Salvador, además de dejarnos un ejemplo perfecto de cómo es que debemos vivir una relación armoniosa con nuestro Creador, resaltó en todo momento esa parte más importante de la ley. En efecto, la personificó de manera perfecta. Y así tenía que ser, pues él vino a cumplir la ley en toda su extensión. Recordemos su compromiso: “Entonces dije: He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Salmos 40:7-8).

Ahora bien, como ya hemos anotado, las cosas espirituales se pueden entender únicamente a través del Espíritu Santo (1 Corintios 2:10, 14), el cual “Dios da a los que le obedecen” (Hechos 5:32); y se lo piden (Lucas 11:13) con actitud humilde, y firme determinación para obedecer (2 Timoteo 3:16-17; Santiago 1:22-25). O, como tan claramente está expresado en Isaías 66:2b: “...miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.”

Esta es la actitud que Adán, por sí mismo, no podía desarrollar. Para ello necesitaba la ayuda del Eterno Dios Creador.

Y esa ayuda el Eterno se la brindó. Luego de que Adán pecó, Dios LO LLAMÓ (Génesis 3:9), y le ofreció su misericordia – el perdón de su pecado. Este es el mensaje que leemos en Génesis 3:15, 21.

La misericordia que el Eterno le ofreció a Adán lo absolvía de toda culpa y lo reconciliaba con su Creador. Pero la oferta era condicional:

  1. Adán tenía que aceptar la misericordia de Dios con fe, es decir, creyendo que el Eterno sí lo perdonaba, porque él es fiel a su palabra y cumple todo lo que promete (Hebreos 11:6);
  2. continuar obedeciendo las instrucciones que el Eterno ya le había impartido, y continuaría impartiéndole en adelante (Juan 5:14; 8:11; Efesios 4:17-32; 5:1-20); y,
  3. para desarrollar esta actitud de humildad y confianza en su Creador, Adán tenía que aprender la lección que provee la experiencia de la adversidad. Con este propósito el Eterno dictó sentencia contra él, tal como leemos en Génesis 3:17-19, 22-24.

En este contexto, bien podríamos preguntar, ¿cómo se sentiría Adán al verse privado del contacto directo que tenía con su Padre Celestial, o expresado más claramente, sin la oportunidad de poder comer del árbol de la vida?

Para tener una idea del grado de angustia que le sobrevino a Adán, sólo tenemos que pensar en el momento cuando su vida de familia, la paz hogareña, la condición paradisíaca – todo ello se altera desmedidamente; ahora todo es un desquicio. Luego, por primera vez “reciben una visita” inesperada: la muerte toca a su puerta – Caín, mata a su hermano, Abel.

Y la angustia que sufrió Adán se hace más patente si miramos a su dolida descendencia en nuestros días, si es que no queremos enterarnos, o no tenemos a mano la documentación histórica de la experiencia humana que nos ha precedido. Inevitablemente, viene a la mente lo expresado por el apóstol Pablo, en exhortación a los cristianos en Efeso – y a nosotros hoy:

“Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, SIN ESPERANZA Y SIN DIOS EN EL MUNDO” (Efesios 2:11-12).

Con lo aquí expuesto, y tomando en consideración que el apóstol Judas menciona a Adán como “el primero de los profetas” (Judas 1:14), bien podemos concluir que Adán, como “individuo,” sí aceptó la misericordia que el Eterno Creador le ofreció, pues luego de experimentar el resultado de su desobediencia al enfrentar la adversidad a que fue expuesto, conforme a la sentencia que el Eterno Creador le impuso, Adán fue movido al arrepentimiento, condición necesaria para que, en el proceso, el Eterno Creador procediera a la creación del Adán espíritu vivificante, de quien el “individuo” Adán era figura, conforme leemos en Romanos 5:14b.

Luego del diálogo entre Dios y Adán relatado en el Génesis, no encontramos en toda la Escritura pronunciamiento condenatorio contra el “individuo” Adán por parte del Eterno Dios. Más bien sí somos informados acerca de su hijo, Caín, el asesino de su hermano, Abel, y quien se rebeló contra el Eterno Creador hasta el grado de rechazar el sacrificio del “Cordero que quita el pecado del mundo”, y establecer un camino o “estilo” de vida totalmente opuesto al Camino de la verdad; es decir, una forma, un estilo de vida SUSTITUTO del Camino que GRATUITAMENTE lleva al hombre a la VIDA.

El apóstol Judas resume la historia de la desobediencia de la progenie de Adán en tres puntos generales, y menciona, en primer orden, “el CAMINO DE CAÍN,” luego el ERROR DE BALAAM, y la CONTRADICCIÓN DE CORÉ” (Judas 1:11). Adán no es mencionado en este contexto, excepto en el detalle implícito de que, como en él estaba representada toda la humanidad, o más claramente, como en sus lomos estaba toda su progenie, ésta también quedó afectada por el pecado que cometió.

Una vez que Adán le abrió las puertas de su mente a Satanás, la humanidad que estaba en sus lomos quedó expuesta a la influencia de este ser espiritual, con poderes sobrenaturales, quien le inculcó a Caín un “espíritu” de rebelión, y que Judas llama “el camino de Caín.” Y ya sabemos las consecuencias: el hombre quedó sin acceso al Eterno Dios, abandonado a sus propios designios, y expuesto a las continuas influencias satánicas hasta el tiempo en que Dios interviniera para enseñarle el camino de la verdad que le guiaría a la vida eterna.

Hoy con mayor facilidad podemos entender cómo ese patrón de rebelión se apoderó de la mente del hombre, incubadora de toda acción humana, patrón que vemos repetirse en la actividad de éste a través de toda la historia. Pedro nos habla de “vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres” [mediante el ejemplo y la enseñanza negativa] (1 Pedro 1:18).

Al nacer los seres humanos vienen a un mundo “ajeno a los pactos de la promesa...sin esperanza y sin Dios” (Efesios 2:12 – lea todo el capítulo); un mundo sin el conocimiento de las cosas espirituales, elemento tan necesario para tomar decisiones correctas. En un ambiente así, desde la cuna misma el niño está expuesto a influencias negativas, contrarias a los principios espirituales de Dios; y a medida que crece y se desarrolla continúa recibiendo mayores dosis de la misma influencia negativa en el hogar, en la escuela y en la sociedad en general. Y ya en la edad adulta la vanidad se ha apoderado de su mente, y ha desarrollado un carácter negativo que le imposibilita actuar, por su cuenta, en armonía con el bien espiritual, divino, como tan claramente lo expresa el profeta Jeremías: “¿Mudará el etiope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando HABITUADOS a hacer el mal?” (Jeremías 13:23).

Aunque alguien podría decir: “no, ello no es tan drástico, siempre hay gente buena... muchos padres enseñan a sus hijos cosas buenas, como el amor y la bondad, etc.”

Bien podríamos estar de acuerdo en que así es, pero únicamente si habláramos de “bondad humana,” no espiritual. ¿Y qué dice la palabra del Eterno respecto a la bondad humana?

“Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento. Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades” (Isaías 64:6-7).

Es necesario tener siempre presente la instrucción bíblica: “acomodando lo espiritual a lo espiritual.” Sólo así podremos entender la descripción de la condición humana que leemos en Génesis 6:5; Jeremías 17:9; Salmos 14:2-4; 53:1-4; Romanos 3:10-18, y otros pasajes. Es una condición que ha existido desde el principio mismo, desde la primera familia humana. Conocemos la historia de Caín y “su camino.” Tenemos que estar de acuerdo con el Predicador: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad... ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada nuevo hay debajo del sol” (Eclesiastés 1:2, 9). Y también Romanos 8:20: “Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza.”

Humanamente, muy bien podríamos decir: “¡nada de envidiable la herencia que nos dejaron nuestros padres, Adán y Eva!” Sin embargo, con el conocimiento y entendimiento espiritual que el Padre Celestial nos da con respecto a su plan de salvación, definitivamente podremos entender las razones de la experiencia de nuestros primeros padres humanos. Sin duda, una experiencia abundante en lecciones para nosotros, y para toda la humanidad; lecciones necesarias, y que redundarán en bien para todos los que decidan amar al Bendito y Misericordioso Dios (Romanos 8:28).

Con el entendimiento espiritual que el Eterno nos provee, ahora podemos entender lo que leemos en Romanos 5:12, 17-19:

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron... Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. Así que, como por la transgresión de uno [Adán] vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.”

Y como ya señalamos, la Obra de Dios está resumida en 1 Corintios 15:45: “Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.” Y en Romanos 5:14 Pablo nos dice que Adán es “figura del que había de venir.” En estas escrituras Pablo nos habla, entre otras cosas, del contraste que el Padre Eterno establece entre Adán y Jesucristo. Entendamos:

En Hechos 17:26, leemos: “Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres...” Es decir, de una misma “composición” – con idénticas características a las de Adán – fueron formados todos los hombres. O más claramente, todos los humanos son afectados en Adán, pues en Adán el Eterno describe a toda la humanidad – lo que realmente es el hombre físico, carnal.

De Adán descendemos todos los humanos, y nacemos con las mismas características de ése, nuestro padre terrenal. Y de la misma manera, en Jesucristo, Dios el Padre resume y describe al hombre espiritual. En otras palabras, en Adán toda la humanidad es afectada en lo referente a la naturaleza humana, que es contraria a las cosas de Dios (Romanos 8:7), y pecaminosa, desobediente, que lleva a la muerte. Y en Jesucristo toda la humanidad es “afectada” en lo referente a la justicia divina – la misericordia del Eterno Creador, que lleva a la vida. Esto es lo que Pablo nos dice en su epístola a los Romanos: “Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. Así que, como por la transgresión de uno [Adán] vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.” Lea detenidamente, y medite en el pasaje de Romanos 5:12-21.

En el versículo 19, dice: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, LOS MUCHOS serán constituidos justos.”

Sí, los muchos serán justificados; los muchos aceptarán la oferta de misericordia que el Eterno Creador les hará; recibirán perdón, ¡Y VIVIRÁN! Aunque lamentablemente algunos decidirán permanecer en su condición adánica, y optarán por rechazar la misericordia que el Amoroso Creador les ofrecerá a través de Jesucristo; éstos morirán.

Leemos en 1 Juan 4:9: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.”

Ahora podemos entender que de la manera como Adán es representación de la familia humana, y “figura del que había de venir,” Cristo es la realidad de “Aquél que había de venir,” y la realidad “primogénita” de la familia espiritual que el Eterno determinó crear con el hombre. Por esta razón Pablo, con especial ternura, nos habla de su primordial preocupación por nosotros: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gálatas 4:19). Y en Efesios 3:14-19, leemos de la súplica de Pablo a favor de nosotros, para que seamos “llenos de toda la plenitud de Dios” (v.19). También nos dice en 2 Corintios 5:17: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”

Y el apóstol Pedro nos dice: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Pedro 1:3-4).

Todo esto es una explicación más detallada de lo que nuestro Señor le dijo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios ...el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:3, 5-6 – lea todo el pasaje de Juan 3:1-15).

En efecto, con Adán el Eterno Dios instruye al hombre en lo que él es; y lo que es más importante, le instruye en la consecuencia del pecado. De la misma manera, con Cristo, el hombre es instruido en la “consecuencia” de la obediencia y la total confianza en el Eterno Padre Celestial.

El relato que leemos en los primeros capítulos del libro de Génesis nos habla del comienzo de la intervención directa del Eterno Creador con el hombre, Adán: primero lo crea y luego le instruye. Hay, sin embargo, en este relato un elemento que es necesario analizar, porque el mismo nos arroja bastante luz para entender la Obra que el Eterno Dios determinó realizar con el hombre.

Al leer los detalles del diálogo entre el Eterno Dios y Adán no encontramos definición clara respecto a cuánto tiempo transcurrió desde la creación de Adán y la instrucción que el Eterno le impartió hasta el momento en que Adán incurre en pecado. Tampoco encontramos un orden cronológico de lo acontecido en ese tiempo.
¿Por qué razón el factor tiempo no está claramente definido en este relato?

Nosotros los humanos estamos limitados al análisis de las cosas físicas con elementos físicos. Pero la palabra de Dios, que es espíritu (Juan 6:63), debe ser analizada espiritualmente, como se nos exhorta en 1 Corintios 2:13-14.

Cuando Dios habla, lo ordenado es un hecho ya realizado: “Y dijo Dios...Y fue así” (Génesis 1:3-24). “Porque él dijo y fue hecho; Él mandó, y existió” (Salmos 33:9). Para el Eterno no existe el factor “tiempo,” tal como nosotros los humanos lo consideramos. Dios es espíritu, pero el tiempo pertenece a lo físico.

Cuando el Eterno creó a Adán y le ordenó, “fructificad y multiplicaos,” para él ello era un hecho ya realizado. En otras palabras, en Adán el Eterno creó a la humanidad. El “individuo” Adán era la representación de esa humanidad; y, también, como leemos en Romanos 5:14: “figura del que había de venir.”

Más claramente, Adán es la primera fase de la creación que Dios determinó realizar con el hombre, tal como lo dice el apóstol Pablo: "Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último Adán, espíritu que da vida. Mas no es lo espiritual lo que primero aparece, sino lo natural; [lo físico] luego, lo espiritual" (1 Corintios 15:45-46, versión Biblia de Jerusalén 1976).

Definitivamente, es imprescindible prestar atención a las instrucciones que el Eterno Dios nos da a través de la figura de Adán. Con Adán él nos muestra la fragilidad de la carne, y la imposibilidad de ésta para vivir en armonía con las cosas espirituales. Y nos muestra también, con claridad absoluta, las consecuencias del pecado. Y la lección más importante – con Adán el Eterno y misericordioso Creador nos muestra su forma de proceder en la realización de la OBRA que Él determinó hacer con el hombre: EL ETERNO DIOS SE ESTÁ REPRODUCIENDO A SÍ MISMO, CREANDO UNA FAMILIA ESPIRITUAL PARA SÍ. (Estudiar detenidamente Génesis 1:26; 5:1-2; Salmos 82:6 con Juan 10:34-36; Isaías 28:21; 62:11; 64:8; Habacuc 3:2; Filipenses 1:6; Hebreos 2; 1 Juan 3:1-2.)

 

El pecado de Adán


El personaje “Adán” desempeña un papel de gran importancia en el plan de salvación del Eterno Creador; y es necesario que lo entendamos bien. Son varias las escrituras que nos hablan de Adán como “el hombre que introdujo el pecado,” o como lo expresa el apóstol Pablo en Romanos 5:12: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”

En Adán estaba representada toda la humanidad, o más bien, en sus lomos estaba toda la humanidad, la cual quedó seriamente afectada por su pecado.

Pero, ¿de qué manera, cómo se “transmitió” el pecado de Adán a su progenie?

Veamos, continuando con el análisis de la sentencia que el Eterno Creador dictó contra Adán:

“Y al hombre dijo: Por cuanto OBEDECISTE A LA VOZ DE TU MUJER, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás... Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida” (Génesis 3:17-24).

Claramente se nos dice que Adán prestó atención a la voz de su mujer, en abierta desobediencia al mandato divino que establece que el varón es cabeza de la mujer, tal como leemos en 1 Corintios 11:3: “Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo.”

Y por su desobediencia, Adán quedó sin acceso al Dios Creador, abandonado a la dependencia de sí mismo, expuesto a continuas influencias de elementos externos a él, especialmente las influencias de Satanás, un ser espiritual con mayores poderes que él. Una vez que Adán le abrió la puerta a este ser en su vida, su mente comenzó a cambiar en forma radical. Y su proceder, influenciado por esa fuerza espiritual, fue un ejemplo negativo para sus hijos. ¡Y PARA LOS HIJOS DE SUS HIJOS..!

En esencia, el pecado de Adán fue mucho más complejo que lo que se ve en la superficie. Ya hemos explicado que Adán quiso obtener, por su propia cuenta, el conocimiento que el Espíritu de Dios, en su oportunidad, le habría de revelar. Con ello dio rienda suelta a esa característica de vanidad que era natural en él, pues así había sido creado (Romanos 8:20). Y se olvidó del principio fundamental: “el que creyere, no se apresure.” La vanidad en él no le permitió entender que por sí solo nada podía hacer (Juan 15:5); no tuvo humildad para pedir al Eterno: “Hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy” (Salmos 39:4).

Pero, en realidad, ¿cuánta complejidad hay en el pecado de Adán?

Analicemos, tomando en cuenta ciertos aspectos mencionados en varios pasajes de las Escrituras que resaltan la complejidad del pecado de Adán.

En el capítulo 5 de Romanos encontramos varios de estos pasajes, que leen:

V. 12 (versión Reina-Valera 1989): “...así como el pecado entró en el mundo por medio de un solo hombre y la muerte por medio del pecado, así también la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.” (Lo mismo se repite en los versículos 15 al 19.)

Y en 1 Corintios 15:21-22, leemos: “Porque por cuanto la muerte entró por un hombre ...Porque así como en Adán todos mueren...”

Estos pasajes recalcan, repetidamente, el concepto: “el pecado entró en el mundo por medio de un solo hombre y la muerte por medio del pecado... y la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”

Sin duda, el pecado de Adán fue de gravedad inconmensurable; es decir, Adán cometió un gravísimo pecado, que fue transmitido a toda su descendencia.

Y, ¿cuál fue ese inconmensurable pecado que Adán cometió? ¿Cómo fue transmitido a su descendencia?

Prestando atención a la voz de su mujer, Adán comió del fruto del árbol que Dios le había dicho que no comiera, tal como ya hemos leído en Génesis 2:15-17. Pero, realmente, ¿qué fue lo que el Eterno Dios le prohibió a Adán, y que estaba representado en aquel árbol? O más claramente, ¿en qué consistió el pecado de Adán?

Ya aclaramos que el árbol de la ciencia del bien y del mal representa la ley de Dios. Y sabemos que la ley es la palabra, el mandamiento del Dios Creador. Es la instrucción que el Bendito Padre Celestial imparte al hombre para establecer la relación que él quiere mantener con su Obra en la que tiene complacencia, contentamiento (estudiar varias escrituras que nos confirman el placer que siente, el celo que el Bendito Creador tiene por su Obra maestra – el hombre: Génesis 1:26; Isaías 45:11-12; Mateo 3:17; 12:9-13; Lucas 3:22; Job 7:17-18; Salmos 8:4-9; 127:3; 144:3;149–todo el capítulo; Proverbios 12:22; JUAN 3:16).

Y porque el hombre es su contentamiento, el Eterno y misericordioso Dios le dio la ley que es la LUZ y la VERDAD que lo conduce al santo monte de Dios, a su morada, a su PRESENCIA (Salmos 43:3-4); es la LUZ que le alumbra el CAMINO (Salmos 119:105), el CAMINO que conduce al hombre a la vida (Salmos 16:11; Proverbios 3:21-22).

Todo lo anterior está confirmado en las instrucciones que Moisés transmitió al pueblo de Israel, conforme leemos en Deuteronomio 26:16-19: “Jehová tu Dios te manda hoy que cumplas estos estatutos y decretos; cuida, pues, de ponerlos por obra con todo tu corazón y con toda tu alma. Has declarado solemnemente hoy que Jehová es tu Dios, y que andarás en SUS CAMINOS, y guardarás sus estatutos, sus mandamientos y sus decretos, y que escucharás su voz. Y Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión, como te lo ha prometido, para que guardes todos sus mandamientos; a fin de exaltarte sobre todas las naciones que hizo, para loor y fama y gloria, y para que seas un pueblo santo a Jehová tu Dios, como él ha dicho.”

Definitivamene, la ley, los mandamientos del Eterno Dios son el CAMINO por el cual el hombre debe andar, conforme al sabio consejo que Jetro le dio a su yerno, Moisés: “Oye ahora mi voz; yo te aconsejaré, y Dios estará contigo. Está tú por el pueblo delante de Dios, y somete tú los asuntos a Dios. Y enseña a ellos las ordenanzas y las leyes, y muéstrales EL CAMINO POR DONDE DEBEN ANDAR, y lo que han de hacer” (Éxodo 18:19-20).

Y algo más, de efecto trascendental: La ley, el mandamiento es claro en cuanto a cómo obedecerlo respecto a la vida de familia, que es lo que el Eterno considera de gran importancia en su relación con el hombre. No olvidemos que el propósito del Eterno Dios al crear a Adán – la humanidad – es formar, crear, una FAMILIA para sí. O más claramente, con el hombre el Eterno Creador se está reproduciendo a sí mismo. Hemos comentado sobre varias escrituras que así lo confirman, especialmente el pasaje que es necesario analizar con más detenimiento – Génesis 5:1-2: “...El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo, varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán, el día en que fueron creados.”

En este pasaje resaltan varios factores, todos de especial significado:

  1. Dios creó al hombre a su semejanza, es decir, con un propósito muy de su agrado, muy de su afecto.
  2. Dios llama las cosas por lo que éstas significan. Adán significa hombre – la humanidad.
  3. Se nos menciona en plural – “varón y hembra los creó... y llamó el nombre de ellos Adán.” Plural significa dos o más.
  4. “Y los bendijo.” ¿En qué consistía aquella bendición?

“Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y mutiplicaos; llenad la tierra...” (Génesis 1:28). Y leemos en Salmos 127:3: “HE AQUÍ, HERENCIA DE JEHOVÁ SON LOS HIJOS; COSA DE ESTIMA EL FRUTO DEL VIENTRE.”

Oh, sí, los hijos son bendición de Dios, y herencia – propiedad suya. Él los quiere para un propósito muy especial – ¡CON LOS HIJOS DE ADÁN EL ETERNO CREADOR DETERMINÓ FORMAR, CREAR UNA FAMILIA PARA SÍ!

En armonía con el desarrollo de su plan, el Eterno Dios ordena a Moisés instruir a los israelitas, repitiendo las instrucciones que había impartido a Adán, allá en el huerto del Edén:

“Estos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que Jehová vuestro Dios mandó que os enseñase, para que los pongáis por obra en la tierra a la cual pasáis vosotros para tomarla; para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, TÚ, TU HIJO, Y EL HIJO DE TU HIJO, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados. Oye, pues, oh Israel, y cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel, y os multipliquéis, como te ha dicho Jehová el Dios de tus padres. Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás [las enseñarás] a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:1-7).

Oh, sí, la palabra de Dios es bien específica en cuanto a la responsabilidad de los padres hacia los hijos, pues, como leemos en Salmos 127:3: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; Cosa de estima el fruto del vientre.”

Y es precisamente en la relación de familia de aquel primer hogar que encontramos los detalles de la inconmensurabilidad del pecado de Adán.

Analicemos el relato que encontramos en Génesis 3:6-12:

"Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.”

“La mujer que me diste...” Peculiar excusa, pero no aceptada por el Eterno Dios, quien había establecido que el hombre es cabeza de la mujer (1 Corintios 11:3).

Sí, Adán prestó atención a su mujer, quien a la vez había prestado atención a la “serpiente,” en lugar de permanecer sujeta, es decir, en lugar de prestar atención a su marido, quien era su “cabeza” (su protector, su proveedor, ver Efesios 5:22-29; 1 Timoteo 5:8; 1 Pedro 3:1-7).

Pero, entendamos bien. El concepto, “la mujer que me diste por compañera” encierra mucho más que la simple explicación que tantas veces hemos escuchado: “Adán quizo justificarse.”

Al decir, “la mujer que me diste...,” ¿qué es realmente lo que está haciendo Adán?

Bien sencillo, Adán está repitiendo exactamente lo mismo que hizo tan pronto “conoció que estaba desnudo.”

¿Y qué fue lo que le dio a Adán conocimiento (comprensión) de que estaba “desnudo”?

Leamos parte del relato otra vez, y analicémoslo detenidamente:

"Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos..."

Oh, algo viene a las mentes de Adán y Eva; de súbito se dan cuenta de que “algo” no está bien.

¿Qué podría ser ese “algo”?

Leemos en Isaías 59:1-2, (Reina-Valera 1989): “He aquí que la mano de Jehovah no se ha acortado para salvar, ni su oído se ha ensordecido para oír. Vuestras iniquidades son las que hacen SEPARACIÓN entre vosotros y vuestro Dios. Vuestros pecados han hecho que su rostro se oculte de vosotros para no escuchar.”

Oh, sí, el pecado hace separación entre el hombre y Dios.

Y leemos en Salmos 16:11: “Me mostrarás la senda de la vida; EN TU PRESENCIA hay plenitud de gozo, delicias a tu diestra para siempre.”

Adán y Eva sintieron que les faltaba “un algo” especial – les faltaba el gozo y las delicias que disfrutaban en el huerto del Edén, junto a su Padre, el Bendito y Misericordioso Dios. Ahora las condiciones no son las mismas. Y no podían serlo, pues la PRESENCIA DEL ETERNO Y BENDITO DIOS no estaba con ellos; se había alejado.

¿Y cómo se sintieron Adán y Eva ante estas circunstancias?

¡Se sintieron, es decir, “conocieron que estaban desnudos!” Conocieron – entendieron – que estaban separados de Dios, su Padre; entendieron que ya no tenían su protección. El gozo, la seguridad, las delicias, que producen la presencia de Dios, todo ha desaparecido; se sintieron SOLOS, desamparados – DESNUDOS. Sintieron – entendieron – que necesitaban alguna protección, pues el miedo, el pavor se apoderó de ellos.

¿Y qué hicieron?

“...entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales” (Génesis 3:7).

¿Delantales de hojas de higuera? ¡Hmmm!

Una “cubierta” por demás frágil, que no ofrece protección alguna. Ah, pero sí provee cierta satisfacción, como por ejemplo, le hace creer al hombre que él hizo “algo” para cubrir su falta; que ello es fruto de su esfuerzo; y, claro, se siente justificado – todo ello fruto/producto de la humana peculiaridad de “echar mano” a lo primero que ve, oye y/o tiene a su disposición cuando la conciencia le acusa por algún acto de desobediencia que haya cometido (ver Juan 8:9; Romanos 2:14-15).

Y lo más triste, lo más pernicioso de esta peculiar característica del ser humano, y que Adán nos dejó un vivo ejemplo de ello: en el proceso, ¡Adán evadió toda responsabilidad! Culpó a la mujer; pero más directamente culpó al Eterno Dios por haberle dado “aquella” mujer por compañera.

Pero... a pesar de todo, la misericordia del Eterno Creador viene al rescate:

“Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí” (Génesis 3:8-10).

Vemos que Adán tuvo miedo, tal vez pavor. Y claro está, como buen humano, se justificó.

Y, ¿cuál fue el resultado de todo ello?

¡Oh, ahí está el detalle! Sí, el detalle ha estado ahí, todo el tiempo, precisamente en la vida de familia de aquel primer hogar.

Leemos en Génesis 4:1-5: “Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón. Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra. Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante.”

¿Quién les enseñó a Caín y a Abel que ellos debían traer ofrenda a Jehová?

Sin duda que ellos lo aprendieron de su padre, Adán.

¿Había “algo especial” – algún propósito, algún significado – en aquella ofrenda? Y si lo había, ¿qué podría ser ese “algo especial”?

Analicemos las ofrendas de Caín y Abel.

“Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas.”

Es obvio que la ofrenda de Caín fue del fruto de su trabajo, de su esfuerzo; de lo que él produjo “con el sudor de su rostro.”

En cambio, la ofrenda de Abel fue un CORDERO de lo MEJOR de sus ovejas; no obstante, algo que Abel obtuvo sin mucho esfuerzo, sin mucho trabajo... “un regalo del campo.”

Ah, pero, lo más importante, lo más extraordinario, “el algo especial” de aquella ofrenda: ¡ERA UNA OFRENDA POR EL PECADO!, tal como el Eterno instruyó a los israelitas (Exodo 12).

Y, muy importante, leemos en Hebreos 9:22: “SIN DERRAMAMIENTO DE SANGRE NO SE HACE REMISIÓN [de pecado].”

El Eterno no miró con agrado a la ofrenda de Caín porque la misma fue ofrecida contrario a lo estipulado en la ley – ¡no hubo derramamiento de sangre!

Caín creyó que el perdón por su pecado era algo que él se había ganado con su esfuerzo, con su trabajo. Despreció la GRACIA, que también está estipulada en la ley como algo especial, pues es ALGO GRATUITO. Y como la gracia viene por medio del “Cordero que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), al despreciar la gracia, Caín despreció al Mesías Redentor, ¡despreció el SACRIFICIO SUPREMO de Dios el Padre y de su Hijo Jesucristo por toda la humanidad!

El perdón de pecado infiere otorgar vida eterna. Y en Romanos 6:23, claramente leemos que la vida eterna es un DON, algo que el Misericordioso Dios da GRATUITAMENTE; algo que no puede ganarse.

¿Y qué ejemplo vio Caín respecto a la posibilidad de “ganar” la vida eterna?

Sin duda que Caín vio “algo” en el carácter de sus padres, Adán y Eva, que le llevó a “entender” que por su obra, él era merecedor de la vida eterna, pues se la había ganado con su esfuerzo, con su trabajo.

Además, no olvidemos otros detalles muy importantes, como por ejemplo, la participación de Eva, madre de Caín, en todo lo transcurrido.

Es interesante lo que el apóstol Pablo nos dice respecto al carácter que se había formado en Eva, sin duda como resultado de su encuentro con la “serpiente.” (No olvidemos, como ya hemos mencionado, que la Escritura no es específica en cuanto al orden cronológico de los acontecimientos que se desarrollaron en el huerto del Edén.)

Pablo escribe: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con BUENAS OBRAS, como corresponde a mujeres que profesan piedad. La mujer aprenda en silencio, con toda SUJECIÓN. Porque no permito a la mujer enseñar, NI EJERCER DOMINIO sobre el hombre, sino estar [aprender] en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión” (1 Timoteo 2:9-14).

Entendamos bien lo que Pablo nos está diciendo en este pasaje. En los versículos 9-10, Pablo exhorta respecto al comportamiento de la mujer, y resalta el aspecto de la modestia, la piedad, la sencillez, la honestidad. En el versículo 11, él llama la atención hacia una actitud de HUMILDAD, es decir, “con toda sujeción.”

Sí, la mujer debe vivir en sujeción, con sencillez y humildad, no en esclavitud o sometimiento, sino más bien, atenta a la instrucción en silencio, (como lo rinde la versión Biblia de Jerusalén, 1976; es conveniente leer este pasaje en otras versiones). Y Pablo concluye su exhortación a la mujer, explicando por qué ello debe ser así: “Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión.”

¿Será que el apóstol Pablo nos está aclarando en qué consistió, realmente, el pecado de Eva? Esta posibilidad de ninguna manera cae en lo absurdo.

Eva fue la engañada, no Adán. Pero bien sabemos que Adán le prestó atención, es decir, le permitió a la mujer ejercer dominio sobre él, contrario a lo establecido por el Legislador Supremo, el Bendito y Misericordioso Padre Celestial, quien había determinado que “el hombre es cabeza de la mujer” (1 Corintios 11:3; Efesios 5:22-24). Por su acción, Adán quedó inculpado “ASÍ COMO ELLA” (Génesis 3:6).

No estaríamos lejos de la verdad si aceptamos que de la misma manera que con Adán, Eva tuvo marcada influencia en la vida de Caín, su hijo, pues no ignoramos la tremenda influencia materna en los hijos. En las Escrituras podemos encontrar muchos ejemplos de ello, como la historia de Rebeca, la madre de Jacob (ver el capítulo 27 de Génesis). Y ello no tiene que ser, de hecho, NO DEBE SER del todo negativo, pues tenemos el ejemplo PERFECTO, el de María, la madre de nuestro Señor Jesucristo.

Otro dato significativo: La “serpiente” continuaba rondando en el entorno de aquel primer hogar, “como león rugiente...buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8), por lo que muy bien podemos entender que el pecado de Adán fue bien complejo, pues no sólo se apresuró, quebrantando así el principio fundamental que dice: “el que creyere, no se apresure,” sino que además, en su proceder, dejó a sus hijos un ejemplo nada de envidiable; y en general, quebrantó todos los aspectos de la ley de Dios (Santiago 2:10).

Y un detalle de profunda significación, y que ya mencionamos someramente: En la Escritura no se nos indica cuánto tiempo Adán y Eva pasaron en el huerto del Edén antes de que la mujer fuera abordada por la “serpiente.” Cuando escuchamos o vemos este término, inmediatamente evocamos ese familiar, no obstante pavoroso y repulsivo reptil que llamamos culebra. Sin embargo, ¡el ser que Eva enfrentó en esta ocasión no era una simple víbora escurridiza de algún tipo; más bien era un ser ostentoso, parándose erguido quizás unos tres o cuatro metros de estatura, y completamente capaz de comunicarse con un ser humano, y haciéndolo de la manera más sutil y seductora imaginable!

La tradición judía acredita a los primeros seres humanos con siete placenteros años en el huerto, en condiciones paradisíacas, una interesante, aunque tal vez improbable noción, pues no podemos comprobarlo. Sin embargo, estamos forzados a asumir que el encuentro con la serpiente no ocurrió tan pronto ellos fueron creados. En efecto, podemos creer que aquella primera pareja sí disfrutó de un tiempo bien agradable en un ambiente paradisíaco, magnificado por la oportunidad propicia de conversar con su Bendito Creador, tiempo suficiente como para aprender a cómo discernir la mejor opción respecto a la única instrucción prohibitoria que se nos dice recibieron.

En instrucciones dirigidas a Israel – y a toda la humanidad – leemos en Ezequiel 36:33-36:

“Así ha dicho Jehová el Señor: El día que os limpie de todas vuestras iniquidades, haré también que sean habitadas las ciudades, y las ruinas serán reedificadas. Y la tierra asolada será labrada, en lugar de haber permanecido asolada a ojos de todos los que pasaron. Y dirán: Esta tierra que era asolada ha venido a ser como HUERTO DEL EDÉN; y estas ciudades que eran desiertas y asoladas y arruinadas, están fortificadas y habitadas. Y las naciones que queden en vuestros alrededores sabrán que yo reedifiqué lo que estaba derribado, y planté lo que estaba desolado; yo Jehová he hablado, y lo haré.”

Esta es una profecía para un tiempo futuro. Y la hará posible, es decir, la cumplirá nuestro Señor Jesucristo, el Mesías, de quien leemos en Hechos 3:19-21: “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta LOS TIEMPOS DE LA RESTAURACIÓN DE TODAS LAS COSAS, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.”

“Desde tiempo antiguo...” ¿cuán antiguo?

¡Desde el tiempo del HUERTO DEL EDÉN!

Sí, muy bien podemos creer que “LOS TIEMPOS DE LA RESTAURACIÓN DE TODAS LAS COSAS,” se refiere a lo profetizado por Ezequiel, quien claramente nos dice que “esta tierra que era asolada ha venido a ser como HUERTO DEL EDÉN.”

Bien sabemos que la tierra de Israel quedó asolada cuando el pueblo fue conquistado y llevado cautivo por los asirios (ver 2 Reyes, capítulo 17). Y también sabemos que por causa del pecado de Adán, el Eterno Dios sentenció: “maldita será la tierra por tu causa” (Génesis 3:17). Pero el tiempo viene, y no está muy lejano, ¡cuando aquellas condiciones paradisíacas en el huerto del Edén serán restauradas en toda la tierra!

Estos pasajes aquí mencionados nos indican que definitivamente hubo un “tiempo paradisíaco” en el huerto del Edén, del cual Adán y Eva disfrutaron. Es de notar que este tiempo prístino, paradisíaco, cuantos años durara, se caracterizaba por la AUSENCIA de la influencia satánica – la “serpiente” – quien es el homicida principal, el criminal de mayor delincuencia en toda la creación. Y en el futuro, cuando se cumplan “los tiempos de la restauración de todas las cosas,” y el Padre Celestial envíe a su Hijo Jesucristo, se cumplirá lo que leemos en Apocalipsis 12:7-10:

“Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche.”

En síntesis, a la luz de los datos que hemos analizado, ¿cómo podemos describir la esencia de la gravedad del pecado de Adán?

En el relato del sacrificio de Caín encontramos la esencia. Ya dijimos que Caín recibió fuerte influencia de sus padres, Adán y Eva, quienes le prestaron atención muy especial a la serpiente. Y no olvidemos que la serpiente también fue sentenciada por el Eterno Creador: “Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y POLVO COMERÁS todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:14-15).

Analicemos: “Sobre tu pecho andarás, y POLVO COMERÁS todos los días de tu vida.”

¿Que un ser espiritual – se alimentaría – comería polvo de la tierra?

La frase que continúa nos debe decir algo: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.”

¿Podríamos entender que lo que el Eterno le está diciendo a la serpiente es que ella iba a satisfacer “su apetito” con la “ENEMISTAD entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya”?

Sabemos muy bien que el hombre y la mujer – Adán (Génesis 5:2) – fueron creados del polvo de la tierra (Génesis 2:7). Y el odio, la sed de venganza, la persecución continua, la enemistad contra Adán – la humanidad, que “es polvo de la tierra” (Génesis 3:19) –, todo ello sería el “alimento” que “sustentaría a la serpiente todos los días de su vida.”

Ahora bien, ¿en qué consistía el “apetito” de la serpiente? ¿Podría ser, realmente, “sed de venganza”? Pero, ¿venganza de qué y por qué?

En los capítulos 14 de Isaías y 28 de Ezequiel leemos acerca de un “personaje” que claramente se trata de Lucifer, o Satanás el Diablo. (Es recomendable leer ambos capítulos, pues aquí tan solo haremos referencia a algunos versículos.) Leemos en Ezequiel 28:12-16:

“...Así ha dicho Jehová el Señor: Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura; de cornerina, topacio, jaspe, crisólito, berilo y ónice; de zafiro, carbunclo, esmeralda y oro; los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación. Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad. A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector.”

He aquí un ángel protector, un QUERUBÍN, un ser “sello de la perfección, lleno de sabiduría,” que incurrió en pecado.

¿Cuál fue el pecado de aquel querubín? Leemos en Isaías 14:12-14:

“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré MI TRONO, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.”

Rebelión contra el Altísimo, el Todopoderoso Creador del “cielo y las cosas que están en él, y la tierra y las cosas que están en ella, y el mar y las cosas que están en él” (Apocalipsis 10:6). ¡Un pecado capital!

Aquel querubín tenía un trono (Isaías 14:13), es decir, reinaba, ejercía autoridad. Pero fue destronado: “¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!”

Y, claro está, no quedó muy contento; más bien el deseo, el apetito de venganza se apoderó de él; ello vino a ser algo natural en él.

Leemos en Ezequiel 28:17: “delante de los reyes te pondré para que miren en ti.”

Sí, aquel querubín fue arrojado a la tierra, en donde se le dio autoridad sobre “los reyes de la tierra” (ver 2 Corintios 4:4; Efesios 2:1-2; 6:12; 1 Juan 5:19).

Pero cuando llegó el tiempo de la aparición de la “simiente de la mujer” (Génesis 3:15), se cumple la profecía que dice que ésta le heriría en la cabeza, es decir, lo despojaría de toda autoridad. En Mateo 4:2-11, leemos el relato de “la tentación” a que fue sometido el Mesías Redentor, la “simiente de la mujer.” Y aunque todavía, hoy, Satanás sigue con autoridad en la tierra (2 Corintios 4:4; Efesios 6:12), ya estudiamos Apocalipsis 12:7-11, donde leemos que cuando el Mesías regrese le quitará de en medio, y él reinará sobre la tierra. Y en el versículo 12, se nos dice que Satanás “sabe que le queda poco tiempo.”

Ciertamente, Satanás será despojado de toda autoridad sobre “este siglo” – esta era, este tiempo. Pero mientras tanto, en su intento de satisfacer su sed de venganza, ha querido destruir al hombre – la humanidad – quien ocupará la posición que él “disfruta” hoy, en esta era, conforme leemos en Daniel 7:18, 26-27; Hebreos 2; Apocalipsis 2:26-27; 5:10; 20:1-6.

Y su obra inicua con el hombre comenzó allí mismo en el huerto del Edén con la primera pareja que Dios creó, y de quienes vendría la SIMIENTE que finalmente lo destruiría, conforme leemos en Génesis 3:15. Con la mayor sutileza engañó a Eva, a quien además incitó a que “convenciera” a su marido, Adán. Y seguidamente “echa mano” al primer hijo de la pareja que se menciona en la Biblia, a Caín, a quien convierte en el primer FALSO MESÍAS de entre los muchos que concurrentemente registra la historia. Todo ello en un futil intento de satisfacer la “sed de venganza” que lo atormentaba, y lo atormenta desde entonces.

Lamentablemente, Adán –“el varón y la mujer” – prestaron atención a la “serpiente,” y como ya hemos estudiado, su pecado se propagó a toda la humanidad.

Ahora bien, el pecado, que es “transgresión de la ley,” conlleva serias consecuencias.

 

La consecuencia del pecado


La ley establece que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). Y como Adán pecó, puesto que infringió la ley, tenía que morir, tal como el Eterno le había advertido (Génesis 2:17). Con su acción, Adán introdujo al mundo el pecado de muerte (Romanos 5:12, 14, 17-19; 1 Juan 5:16). O, más claramente, con la acción de Adán el Eterno nos muestra la consecuencia de la desobediencia que es la muerte. Pero, aclaremos: se trata de muerte espiritual.

Leemos en Romanos 7:14: “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado.” Ciertamente, la ley es espiritual y, por consiguiente, exige como pena, la muerte espiritual.

¿En qué consiste la muerte espiritual? ¿Cuál es la diferencia entre la muerte espiritual y la muerte física o humana establecida para todos según Hebreos 9:27? Y más importante aún, ¿qué relación hay entre la una y la otra?

Ya explicamos lo más fundamental del propósito de la muerte física. Ahora veamos algunos detalles de la muerte espiritual, eterna, lo que la Biblia llama la muerte segunda (Apocalipsis 20:14).

La Biblia nos habla de dos clases de pecado – “Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida. Toda injusticia es pecado; pero hay pecado no de muerte” (1 Juan 5:16-17).

Está claro, hay pecado de muerte, y pecado no de muerte. El pecado es infracción de la ley. Y la ley, que es espiritual (Romanos 7:14), exige como pena, la muerte espiritual. De esto no hay duda. Pero, ¿cuál es el pecado de muerte y cuál el que no es de muerte?

Hebreos 10:26-29: “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente, ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviese por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?”

“Si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad”– este es el pecado de muerte. Es decir, si pecamos intencionalmente, sin importarnos las consecuencias, a pesar de que conocemos muy bien cuáles son éstas. Si después de haber entendido las cosas espirituales y aceptado el sacrificio de Cristo para el perdón de nuestros pecados cometidos en ignorancia, obstinadamente rechazamos ese sacrificio, negando a Cristo, ello equivale a lo que nuestro Señor dijo con respecto a la blasfemia contra el Espíritu Santo en Lucas 12:8-10, y para nosotros ya no hay más misericordia, no hay más perdón. Hemos incurrido en el pecado de muerte – hemos blasfemado contra el Espíritu Santo – hemos rechazado el sacrificio del Mesías, el Hijo de Dios, después de haberlo aceptado.
¿Y el pecado “no de muerte”?

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán” (Romanos 5:12-14).

Para entender lo que Pablo nos dice aquí es necesario ir al contexto. Veamos:

Romanos 3:21-27: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y los profetas; la justicia de Dios por medio de la FE EN JESUCRISTO, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituídos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la FE EN SU SANGRE, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la FE DE JESÚS. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluída. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por LA LEY DE LA FE.”

Aquí Pablo nos habla de dos leyes: la ley de las obras, y LA LEY DE LA FE. Fe en el Hijo de Dios. La fe que Dios habría de revelar al hombre en su oportunidad, cuando se manifestara aquel “Cordero destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:19-20), y a quien el hombre debía esperar, creyendo que el Eterno Dios, en efecto, cumple todo lo que promete (Hebreos 11:6). Recordemos la tan importante parte del principio fundamental: “el que creyere no se apresure.”

En su plan el Eterno determinó que en algún momento él habría de revelar aquella fe anunciada en la ley y testificada por los profetas: la fe en Cristo. Y en tanto el Eterno no revele aquella fe, él no inculpa de pecado, tal como leemos en Romanos 5:13-14: “...pero donde no hay ley [la ley de la fe], no se inculpa de pecado.” Y todo a pesar de que “reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán.”

Es decir, la ley espiritual reclama la muerte por la transgresión. Eso es firme, inalterable.Y como “todos pecaron,” la ley reclama su muerte. Pero la misericordia del Dios Eterno pasa por alto el pecado de los que no han recibido el conocimiento espiritual de la LEY DE LA FE.

Y ¿cuál es la consecuencia del “pecado de muerte,” el “pecado imperdonable”?

Ya lo leímos en Isaías 59:1-2, (Reina-Valera 1989): “He aquí que la mano de Jehovah no se ha acortado para salvar, ni su oído se ha ensordecido para oír. Vuestras iniquidades son las que hacen SEPARACIÓN entre vosotros y vuestro Dios. Vuestros pecados han hecho que su rostro se oculte de vosotros para no escuchar.”

Aquí la palabra inspirada del Eterno Creador nos dice que la consecuencia más funesta del pecado, la muerte espiritual, significa la separación total de Dios. O como lo expresa el apóstol Pablo en Romanos 3:23: “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.” Significa, además, la total destrucción de la persona – su memoria es borrada para siempre:

“Ciertamente la luz de los impíos será apagada, y no resplandecerá la centella de su fuego. La luz se oscurecerá en su tienda, y se apagará sobre él su lámpara... Abajo se secarán sus raíces, y arriba serán cortadas sus ramas. Su memoria perecerá de la tierra, y no tendrá nombre por las calles. De la luz será lanzado a las tinieblas, y echado fuera del mundo” (Job 18:5-6, 16-18).

Confirmamos aquí lo que leímos en Hebreos 10:26-27: “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios.”

Esto es así por la misericordia de Dios, quien borrará toda memoria de la persona pecadora. Es como si nunca hubiera existido.

Ciertamente, la muerte espiritual significa: el total abandono por parte del Padre, y la total destrucción de la persona. La primera muerte es un reflejo de la muerte espiritual, pues en la muerte, es decir, “en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría” (Eclesiastés 9:10). En la primera muerte la esperanza desaparece por un tiempo, hasta la resurrección; pero en la segunda muerte – la espiritual – toda esperanza desaparece para siempre, pues de ésta no hay resurrección, tal como leemos en Isaías 26:11,14:

“Jehová, tu mano está alzada, pero ellos no ven; verán al fin, y se avergonzarán los que envidian a tu pueblo; y a tus enemigos fuego los consumirá ...Muertos son, no vivirán; han fallecido, no resucitarán; porque los castigaste, y destruiste y deshiciste todo su recuerdo.”

Lamentablemente Adán decidió mal y quedó privado de todo acceso al Eterno Dios. Y de igual manera, en Adán, toda la humanidad, por descender de él, nacida con las mismas características humanas de Adán, que le indujeron a actuar de igual manera que él, también quedó privada de todo acceso al Eterno Dios. En otras palabras, en Adán todos tienen que morir. Si la historia terminara ahí, el plan del Eterno Dios de crear una familia divina se habría frustrado. Sin embargo, la buena noticia es que tenemos la palabra firme del Eterno Creador, que es eterna, perfecta y pura: “Las palabras de Jehová son palabras limpias, como plata refinada en horno de tierra, purificada siete veces” (Salmos 12:6).

Sí, el Eterno purificó su palabra mucho antes de la creación del hombre. Y ésta nos dice que tal como Dios el Padre lo determinó – “desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:20) – otro Adán, es decir, Jesucristo, ha reconciliado al hombre con Dios, y así el plan del Eterno Dios de crear una familia para sí queda intacto y se está llevando a término por medio de Jesucristo.

La reconciliación


Con respecto a la reconciliación, leemos en Romanos 5:10: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.” Y en Colosenses 1:15-22: “Él [Jesucristo] es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él".

Este es el juicio del Supremo Dios Creador; la misericordia del Amoroso y Bendito Padre Celestial, revelada por medio de su Hijo Jesucristo, el Mesías prometido, “el Cordero que fue destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:19-20) – “el Cordero que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

Y como añade el apóstol Pablo: “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo... por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:13, 18-19).

Así tenemos establecidos los dos hechos centrales en torno a los cuales giran todos los demás:

  1. el Eterno Dios está creando una familia.
  2. Lo está haciendo por medio de Jesucristo [Yahshuah].

 

II. EL SACRIFICIO DE CRISTO – MÉDULA DEL PLAN DE SALVACIÓN

En el Antiguo Testamento, Israel recibió símbolos físicos que representaban el plan divino de reconciliar al hombre con Dios el Creador y de “llevar muchos hijos a la gloria” (Hebreos 2:10). El símbolo más preponderante fue la Pascua, (Exodo 12 y Levítico 23). Todo estudiante de la Biblia conoce la historia de Israel en Egipto y cómo “el heridor” pasó de largo y no entró en las casas de los israelitas que tenían la sangre del Cordero pascual en los postes de la puerta (Exodo 12:23, Reina-Valera 1995). Así fue como se salvaron los primogénitos de Israel. Todo esto fue figura del más extraordinario y trascendental suceso que jamás se haya visto en la historia de la humanidad: el sacrificio expiatorio de Jesucristo, “nuestra Pascua” (1 Corintios 5:7), en la cruz.

Este trascendental suceso debe ser entendido en todo su extenso significado para poder conocer cómo es que el Eterno Dios se propuso realizar su Obra en y con el hombre. Sí, es imprescindible que entendamos el propósito y el efecto del sacrificio de Cristo dentro del plan de Dios, pues se trata del fundamento establecido: “el cordero que fue destinado a ser inmolado (Apocalipsis 5:12), desde antes de la fundación del mundo.” Es sobre este fundamento que Pablo comenzó a edificar. Por eso se niega a jactarse de algo que no sea la “cruz de Cristo” (Gálatas 6:14). Y Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Santiago, Pedro y Judas – también hablan elocuentemente de ello. Si esto fue lo que realzaron los redactores del Nuevo Testamento, nosotros también debemos realzar la cruz (el sacrificio) del Mesías.

 

Los apóstoles y la muerte de Cristo


Leemos en Juan 12:27-32: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez. Y la multitud que estaba allí, y había oído la voz, decía que había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado. Respondió Jesús y dijo: No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.”

Analicemos este pasaje. Preguntemos, ¿por qué razón está turbada su alma? “He llegado a esta hora,” ¿qué hora? ¿De qué manera el Padre glorificaría su nombre? ¿Por qué razón Cristo dijo que la voz había venido “por causa de vosotros”? ¿Por qué y cómo “es el juicio de este mundo”? ¿Por qué y cómo “el príncipe de este mundo [Satanás] será echado fuera”? ¿Cómo y por qué “si fuere levantado de la tierra a todos atraeré a mí mismo”?

Todos estos interrogantes requieren contestación. Pero recordemos: “Dios es espíritu,” y cuando él habla, en su palabra hay significado y propósito espirituales. La Escritura nos ofrece una contestación fundamental a cada uno de estos interrogantes: En la conclusión del pasaje citado, inspirado por el Espíritu Santo, Juan escribe: “Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir” (Juan 12:33).

Cristo sabía que pronto enfrentaría una situación única en su vida, y en toda la historia humana: la muerte colgado en un madero; sufriría la maldición que establece la ley que él vino a cumplir (Mateo 5:17), pero que toda la humanidad ha transgredido. Y como por esa transgresión la humanidad se ha acarreado la pena de la ley, la muerte espiritual, eterna, Cristo vino a pagar esa pena, para liberar de culpa a todos los humanos que creyeran en él, tal como se había comprometido a hacerlo: “Entonces dije: He aquí vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Salmos 40:7-8). Y tal como lo había recalcado cuando dijo: “Y todo aquel que vive y cree en mí, ¡no morirá eternamente!” [no morirá la muerte eterna]” (Juan 11:26). Todo ello en armonía con lo establecido en esa parte tan importante del principio fundamental: “el que creyere no se apresure.” Ciertamente, el hombre debía esperar este momento, esta hora.

Pero, ¿qué le da a la muerte de Cristo el carácter de sacrificio supremo, muy superior a cualquier muerte humana? Muchos han sufrido el martirio y una muerte atroz. Hay casos que aparentemente son más horrendos que la muerte en la cruz. ¿Se ha preguntado usted por qué la muerte de Cristo en la cruz produjo un efecto tan grande sobre los apóstoles y los primeros cristianos?

Los apóstoles estuvieron con Cristo alrededor de tres años. Viajaron con él día y noche. Observaron su dedicación y entrega a su Padre y a la Obra que éste le había encomendado. Él los instruyó personalmente, y lo escucharon predicar ante grupos grandes y pequeños. Presenciaron sus milagros extraordinarios y su inquebrantable fe en la verdad de Dios el Padre. No obstante, al cabo del tiempo que estuvieron con Cristo, cuando cenaban poco antes de su muerte, mostraron que seguían siendo un grupo de hombres codiciosos y carnales, movidos por sus propios intereses.

Como aún no entendían el portento de los sucesos que culminaron con la muerte de Cristo en el madero, los apóstoles se fueron a atender sus cotidianas actividades. Pero tres días y tres noches después de su muerte Cristo es resucitado de la tumba (levantado de la tierra), y ahora, transformado en un ser espiritual, glorificado – restaurado a aquella gloria que disfrutaba junto con el Padre antes que el mundo fuese, tal como se lo había pedido al Padre (Juan 17:5) – comienza a aparecérseles por espacio de cuarenta días, y les promete algo totalmente ajeno a ellos. No muchos días después viene sobre cada uno de ellos el Espíritu Santo con la misión de darles a entender el significado espiritual de todo lo que habían experimentado con su Señor, ¡a darles a entender toda la verdad! (Juan 16:13). Ahora comienzan a entender el trascendental significado de la muerte de su Señor.¡Y fueron transformados totalmente! Abandonaron sus intereses, sus ambiciones mezquinas y su rivalidad, y aceptaron entregarse a su Salvador e incluso morir por él – por su causa.

¿Por qué?

Reflexionemos sobre lo que fue la iglesia primitiva. Fueron personas tan afectadas por el sacrificio de Cristo que por esta razón “trastornaron al mundo.” ¿Por qué dijo Pablo: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo...” (Gálatas 6:14); y: “Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:2)?

¿Qué hubo en la muerte de Cristo que conmovió tan hondamente a aquellos primeros cristianos, que transformó del todo su voluntad personal? Sin duda que si encontramos la respuesta a esta pregunta, los miembros actuales del cuerpo de Cristo, (la Ekklesía), quedaremos transformados. Nos sucederá lo mismo que a la iglesia primitiva: quedaremos tan cambiados al entender profundamente el sacrificio total de Cristo, que jamás volveremos a mirar con ligereza nuestra relación con él ni su sacrificio por nosotros.

 

¿Cruz romana o árbol (madero) judío?


El pastor Jack Sequeira, dijo: “Si alguna vez hemos de tener una total renovación de pentecostés [es decir, como el cristianismo del primer siglo], tenemos que despejar la oscuridad que ha envuelto a la cruz de Cristo desde la Edad Media. Tenemos que mirar la cruz como la miraron los apóstoles, los primeros cristianos, los redactores del Nuevo Testamento.”

Tenemos que preguntarnos: ¿Cómo miraban los primeros cristianos a la cruz? No la veían con ojos romanos, sino con el lente judío. La cruz significaba algo muy diferente para los judíos que para los romanos. Satanás tiene a la iglesia “cristiana” mirando a la cruz desde la perspectiva romana y de este modo la ha despojado de su verdadero significado.

La cruz romana fue un artefacto inventado aproximadamente 600 años antes de Cristo por los fenicios. Aquel pueblo tenía muchas deidades, entre ellas a la tierra. Cuando ejecutaban a un criminal, el cadáver no debía tocar la tierra para no profanarla ni mancillarla. Inventaron la cruz para que el reo muriera más arriba de la tierra.

La crucifixión pasó de los fenicios a los egipcios y de allí a los romanos. Estos últimos la “refinaron” y la usaron para ejecutar a sus esclavos fugitivos (había muchos en tiempos de Cristo) y a sus peores criminales. Era una agonía lenta y dolorosa. Los historiadores romanos Cicerón y Celso nos han dejado abundante información histórica. Hemos oído sermones de predicadores bien conocidos que describen con precisión el padecimiento espantoso de un crucificado. Se presenta gangrena en las manos y los pies. El cuerpo queda expuesto a temperaturas extremas: frío de noche y calor de día. La agonía generalmente dura de tres a siete días, hasta que la persona muere, principalmente por asfixia. Es muy difícil respirar sin elevar el cuerpo, y al tratar de levantarlo el reo sufre horribles convulsiones y un dolor lancinante. Esta es la triste y vívida descripción del suplicio de la cruz. Sin embargo, no es diferente de lo que sufrieron los ladrones crucificados al lado de Cristo. Siendo así, debemos preguntarnos, ¿por qué el suplicio de Cristo en la cruz, que según Marcos 15:25, 34, duró sólo unas seis horas, fue un sacrificio supremo?

 

La verdad oculta


¿Por qué le damos tanta importancia a este asunto? Porque el diablo ha cubierto la verdad con tinieblas. Tan solo se pone énfasis en el tormento sufrido, pero éste no fue exclusivo de Cristo. De hecho, los ladrones crucificados con él, a sus dos lados, padecieron más tiempo que Cristo y sufrieron dolor adicional cuando les quebraron las piernas antes de morir.

Ahora vayamos a la Biblia para ver cómo los judíos miraban la cruz. Esto nos ayudará a entender por qué la muerte de Cristo fue algo tan singular. Veamos la narración de Juan en el capítulo 19. Como procurador romano en Judea, Pilato sabía que según la ley romana Cristo no merecía la muerte por crucifixión, pues no era esclavo fugitivo ni criminal. Sin embargo, hizo detener al Mesías para complacer a los judíos que injustamente lo acusaban.

“Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre!”, como si dijera: “A mi modo de ver, esto es todo lo que merece.” Pilato no comprendía el odio y el rencor que aquellos líderes religiosos judíos eran capaces de albergar en su “piadoso corazón.” “Cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, dieron voces diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: Tomadle vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo delito en él” (Juan 19:6).

Lo que Pilato les estaba diciendo era: “Por lo que respecta a la ley romana, este individuo no merece la crucifixión.” Pero aquellos líderes religiosos, para justificarse, le respondieron: “Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios” (v. 7). Estaban refiriéndose a la ley de la blasfemia que Dios les había dado por medio de Moisés. Si Pilato hubiese conocido mejor a aquellos líderes judíos y la ley, tal vez hubiese insistido con mayor determinación que Cristo no muriera crucificado. La ley no se limita a dictar la pena de muerte para el blasfemo sino que además estipula cómo éste debe morir.

 

Los judíos no crucificaban


Los judíos no usaban la crucifixión para ejecutar a nadie. Más bien, la detestaban. La ley les decía en Levítico 24:16 que el blasfemo debía morir apedreado por la congregación. Aquellos líderes judíos conocían esta disposición de la ley. ¿Por qué, pues, insistieron en la crucifixión? ¿Acaso creían que Pilato no aceptaría la opción de apedrearlo? No. La razón era que se trataba de la muerte más ignominiosa y más cruel jamás ideada y practicada por el hombre. Pilato seguramente aceptaría de buena gana que lapidaran a Cristo. ¿Por qué la insistencia en crucificarlo?

Debe quedar muy en claro que aquellos líderes judíos conocían lo que disponía la ley en cuanto a la muerte de un blasfemo. En Juan 10:30 el Mesías dijo algo que parecía blasfemia a los judíos incrédulos: “Yo y mi Padre uno somos.” El versículo 31 cuenta cómo éstos reaccionaron: “Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle.” Dice que “volvieron a tomar piedras.” No fue la primera vez que lo hacían. A su modo de ver, estaban obedeciendo una ley dictada por el Eterno Dios. Entonces, ¿por qué ahora le clamaban a Pilato: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”? ¿Por qué se mostraban tan inflexibles, especialmente sabiendo que la crucifixión no es el método judío de ejecutar a una persona? Había una razón, y es imprescindible que la sepamos. La razón se encuentra en el capítulo 21 de Deuteronomio.

Aquellos judíos incrédulos no querían que Cristo simplemente muriera. Le tenían reservado algo mucho peor que la simple muerte en una cruz romana. Cuando gritaron “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” tenían en sus mentes la ley que dice: “Si un hombre es condenado a morir colgado de un árbol por haber cometido un grave delito [y la blasfemia lo es], su cuerpo no deberá dejarse allí toda la noche, sino que tendrá que ser enterrado el mismo día, porque es maldito de Dios el que muere colgado de un árbol” (Deuteronomio 21: 22-23, Versión Dios Habla Hoy).

¿Sabemos lo que esa maldición significaba para aquellos líderes judíos? Si una persona que cometía un delito digno de muerte era sentenciada a morir, aun mientras la apedreaban podía caer de rodillas y pedirle a Dios perdón por sus culpas. Pero si el juez decía: “Debe morir colgado de un árbol,” esto para el judío significaba la maldición irrevocable de Dios, lo que hoy nosotros entendemos es el pecado de muerte, el pecado imperdonable o la muerte segunda – la muerte espiritual, eterna. Era el adiós a la vida para siempre – la pérdida de toda esperanza.

Recordemos que los judíos no creían en la inmortalidad del alma, concepto griego que se introdujo en la iglesia “cristiana” y que, lamentablemente, le quitó su importancia a la cruz. La muerte para los judíos no era la simple separación de cuerpo y alma, sino el cese de la vida. Y muchos de ellos, especialmente los fariseos, sí creían en la resurrección.

Cuando el Eterno creó al hombre como “alma viviente,” ello quiere decir que el hombre, así creado, estaba sujeto a la muerte física. Y luego vendría la resurrección para enfrentar el juicio de Dios que es ¡la oportunidad de salvación! (Ver Hebreos 9:27 y Job 14:14-15.)

El pecado imperdonable, la maldición de Dios era el adiós a la vida para siempre, porque, en la maldición, Dios abandona a la persona, y para ésta cesa toda esperanza. Jamás tendrá la persona la oportunidad del arrepentimiento – jamás será oída por el Eterno y Bendito Dios Creador (Isaías 59:1-2). Es la muerte eterna.

Esta es la lección que debemos aprender de la experiencia de Esaú, quien despreció la bendición que conlleva el derecho de primogenitura, y la vendió; y aunque luego deseó recuperarla, ya no tuvo oportunidad para el arrepentimiento – Dios no le oyó (Hebreos 12:16-17).

Cuando el hombre se rebela contra el Eterno Creador, despreciando su misericordia, Aquél que es la fuente de vida, la fuente de toda seguridad y esperanza, se aleja y se va. Esto era lo que significaba la maldición para los judíos.

 

¿Por qué querían crucificarlo?


Cuando aquellos líderes judíos clamaron: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”, no sólo estaban pidiendo que Cristo muriera, sino que Dios permitiera que su maldición cayera sobre él. Esto tenía que suceder para que se cumplieran las Escrituras y para que se pagara la deuda por todos los pecados.

La pregunta es: ¿Accedió Dios? ¿Hizo el Eterno Dios lo que le pidieron? ¿Permitió que su maldición cayera sobre su Hijo? La respuesta es ¡Sí! Romanos 8:32: “No escatimó ni a su propio Hijo.”

Pero el Eterno no permitió que su ira o su maldición cayera sobre Cristo por blasfemia, sino por otra razón. ¿Qué razón? Pablo la explica desde una perspectiva judía: “Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición” (Gálatas 3:10).

La expresión “obras de la ley” en el Nuevo Testamento es interpretada por algunos como un legalismo, y la emplean en el contexto de “guardar la ley para ganar la salvación.” No entienden que la ley es una forma de vida que regula el comportamiento entre los seres humanos, y entre éstos y el Eterno Creador; y que la obediencia a la misma es una muestra o fruto de la salvación, no un medio para alcanzarla. Tengamos esto presente.

Pablo está diciendo que todo el que pretenda ganarse la salvación o la vida eterna guardando la ley está bajo maldición. ¿Por qué? Porque la ley dice: “maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gálatas 3:10). En otras palabras, si usted quiere salvarse por medio de la ley, tendrá que observarla continuamente en todos sus detalles. Y si alguna vez falla en un solo punto, caerá bajo maldición.

La verdad es que todos han pecado (Romanos 3:23). No hay una sola persona que haya guardado perfectamente la ley, con excepción del Mesías. Todo cristiano verdadero es un pecador salvado por la gracia.

Leemos en Gálatas 3:13: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición.” Y Dios el Padre permitió que su maldición cayera sobre él al entregarlo para que pagara nuestra culpa. “¡No escatimó ni a su propio Hijo!” Tres veces Cristo le rogó al Padre: “Padre, si es posible, haz que esta copa pase de mí.” La copa a la cual se refería no era la simple muerte en la cruz. Este fue un dolor que casi no sintió en comparación con el suplicio al cual se refería: la maldición de Dios por los pecados de toda la humanidad. Cristo sabía lo que era la maldición de Dios, y le rogó a su Padre que esa maldición pasara de él. Pero la voluntad del Padre era retener la maldición. ¿Sabe usted por qué? ¡Porque nos amó! “No escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.” Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición, porque está escrito (y aquí cita Deuteronomio 21:23): “maldito todo el que es colgado en un madero [árbol]” (Gálatas 3:13). Cada vez que leemos en el Nuevo Testamento que la cruz es un madero, recordemos que los judíos no pensaban en una estaca. Cuando los judíos decían que colgó de un madero no se referían a lo que era este madero: si una estaca o dos piezas de madera unidas. Para ellos, colgar de la cruz equivalía a colgar de un ÁRBOL. Era la maldición.

Cuando los apóstoles entendieron el significado de lo que ellos mismos habían presenciado: lo que el Mesías hizo por ellos – y por nosotros – en la cruz, dejaron atrás su timidez y se entregaron del todo a la predicación del evangelio (Hechos 5:30). El Sanedrín los tomó y los castigó, los azotó y les prohibió que siguieran predicando en el nombre de Cristo. Mas Pedro respondió: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (versículo 29).

¡Qué transformación! Aquí vemos a los apóstoles dispuestos a morir por Cristo, a “padecer afrenta por causa del Nombre” (v. 41). El mismo Pedro que había negado a Cristo antes de la crucifixión, está dispuesto ahora a morir por él: ¡hasta tal punto quedó transformado por aquel suceso! ¡Claro, él ahora entendía el profundo significado del sacrificio de su Señor! En el versículo 30 dice: “El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero.” Pedro está diciendo: “Aunque ustedes trajeron la maldición de Dios sobre él, Dios el Padre lo levantó porque él no cometió ni blasfemia ni pecado alguno, sino que sufrió la maldición por nuestros pecados. Él murió a fin de salvarnos de nuestros pecados y librarnos de la potestad de Satanás (Hechos 26:18; Hebreos 2:14-15). Resucitó para que nosotros pudiéramos ser glorificados.”

 

¿De qué muerte se trata?


Pedro explica lo que quiso decir al afirmar que Cristo colgó de un madero: “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero...” (1 Pedro 2:24). ¿Por qué usó la palabra “madero y no cruz?” Porque no estaba pensando simplemente en la primera muerte, la muerte física que sobrevendrá por disposición divina a todos, sino en la maldición, que es la muerte espiritual, eterna – lo que la Biblia llama la segunda muerte.

Pero algunos podrían decir: “¿Cómo es posible que Cristo experimentara la segunda muerte? Él mismo predijo su resurrección y resucitó al tercer día. Entonces, ¿cómo pudo ser ésta la segunda muerte?”

En primer lugar, la Biblia dice en Hebreos 2:9 que él “gustó la muerte por todos.” No podría ser la primera muerte porque los creyentes que aceptan a Cristo aún tienen que morir una vez. Luego Pablo dice en 2 Timoteo 1:7-10 que Cristo ha abolido la muerte mediante la cruz. Si abolió la muerte, ¿por qué mueren los cristianos? Porque no abolió la primera muerte ¡sino la segunda! Apocalipsis 20:6 dice de los que tienen parte en la primera resurrección, que “la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos.” ¿Por qué no? Porque hubo alguien dispuesto a sufrir esa muerte por nosotros.

Además, leemos en Hebreos 5:7: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente.”

Está bien claro, “en los días de su carne”, Cristo rogaba al Padre, quien le podía librar de la muerte. Y fue oído. Sin embargo, él murió. Es obvio que Dios el Padre le libró de la muerte física en numerosas ocasiones. Pero cuando se llegó la hora de la GRAN MUERTE (2 Corintios 1:10), el Padre no le oyó. ¿Por qué? Isaías 59:2 nos dice que el pecado aleja el oído de Dios para no oir. Es obvio que se trataba entonces, no de la muerte física – la primera muerte, sino de la muerte espiritual, eterna – la segunda muerte, la gran muerte que es la pena del pecado.

Analicemos bien el relato bíblico con respecto al sacrificio del Mesías. No fue una experiencia común. Aquel sacrificio no se limitó a tan solo las seis horas que estuvo colgado en el madero (Marcos 15:25, 34). El sacrificio – la inmolación del cordero – comenzó, literalmente, desde “antes de la fundación del mundo.” Así lo había determinado el Padre en su plan de salvación. Y cuando el “Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14), desde niño, conforme leemos en el capítulo 2 de Mateo, y durante toda su vida sufrió persecución constante. Y días antes de comenzar su ministerio – su predicación – vivió la indescriptible experiencia de enfrentar la tentación a que Satanás personalmente lo sometió (Mateo 4:1-10). Y, como nos dice Juan, durante todo el tiempo fue despreciado por los mismos suyos, aquellos a quienes vino: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).

Y la culminación de aquel sacrificio fue una experiencia verdaderamente conmovedora y única que el Divino Redentor vivió. Al concluir la última cena que tuvo con sus discípulos, leemos en Lucas 22:39-44:

“Y saliendo, se fue, como solía, al Monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un angel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.”

Meditemos en estas palabras:

Hemos comprobado que el Mesías conocía muy bien el plan de Dios, y que él iba a morir y a resucitar. El sabía muy bien lo que le esperaba. Varias veces se lo había comunicado a sus discípulos. Y ahora, cuando ya sabe que en aquel mismo lugar y “hora” sería arrestado por la turba, le embarga una intensa agonía, tanto, que oró como nunca antes lo había hecho – ¡MÁS INTENSAMENTE! Y en su agonía sudaba “como grandes gotas de sangre.” Sin duda una experiencia ÚNICA, sin igual en la historia de la humanidad.

Las Escrituras nos hablan de las experiencias vividas por muchos de los siervos del Eterno Dios momentos antes de ser martirizados. Veamos algunos ejemplos: Pablo nos dice:

“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:6-8).

Y el apóstol Pedro nos dice: “Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación; sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado. También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas” (2 Pedro 4:13-15).

Ni Pablo, ni Pedro nos dicen que un ángel del cielo vino a fortalecerles en los instantes previos a sus martirios. Obvio, la fe de Jesucristo que estaba en ellos les fortaleció, como fue fortalecido Esteban, quien en visión vio la gloria de Dios, y al Hijo a la diestra del Padre (Hechos 7:55). Pero ni Esteban, ni Pablo, ni Pedro nos hablan de haber experimentado una agonía extrema que los llevara a orar más intensamente. Nada dice la Escritura de que ellos sudaran “como grandes gotas de sangre.”

No, ni estos siervos de Dios mencionados aquí, ni ningún otro siervo de Dios a través de la historia (Hebreos 11), ha experimentado la muerte que murió el Redentor de la humanidad. Esta muerte fue diferente, fue única. Fue “LA GRAN MUERTE”, la muerte espiritual, eterna, de la cual, como tan claramente Pablo dice, Dios nos libró (2 Corintios 1:10).

Ahora analicemos detenidamente lo que sucedió durante los últimos momentos de la vida de nuestro Señor, aquellas últimas tres horas que estuvo enclavado en el madero:

“Cuando era como la hora sexta [12 del mediodía], hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena [3:00 PM]. Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lucas 23:44-46).

“¡HUBO TINIEBLAS SOBRE TODA LA TIERRA!” Por espacio de tres horas el Padre Bendito se alejó, dio la espalda a su Hijo, quien llevó en ese momento el pecado de toda la humanidad. Ese fue el dolor más fuerte, la agonía más intensa que nuestro Salvador experimentó – sentirse desamparado por su Padre.

Y, “Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Y, “habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu” (Mateo 27:46, 50).

Sí, tenemos fundamento para creer que nuestro Señor murió ¡la GRAN MUERTE, que es el total abandono por el Padre!

 

La relación con Dios el Padre


Nuestro Señor vivió una vida de plena confianza y total dependencia de su Padre. Eso era algo que él había interiorizado. Era automático en su proceder el hecho de que en sí mismo no confiaba, sino que el Padre era su confianza total, su vida. Es decir, él vivía porque su Padre vivía en él, y expresaba ese sentir constantemente. Cuando hablaba con respecto de sí mismo, decía: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). Y, “...no soy yo solo, sino yo y el que me envió, el Padre” (Juan 8:16). Y también: “He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Juan 16:32). Y hay muchos otros pasajes que nos hablan de esa perfecta unidad, esa perfecta relación entre el Hijo y el Padre.

El haber vivido en todo momento una íntima experiencia junto con su Padre, y de súbito encontrarse abandonado por el Ser que era su vida, tuvo que ser doloroso, angustioso... En fin, no hay palabras humanas para describir el sentir de nuestro Señor en aquel instante en que se encontró, por primera vez, SOLO, abandonado por Aquél a quien amaba tanto, ¡abandonado por quien era su vida! Por esta razón “clamó a gran voz,” no una, sino DOS VECES: “Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: ¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46, 50; Marcos 15:34, 37).

Este es el significado de la muerte segunda o la muerte espiritual, eterna. Entendamos bien, es muerte ESPIRITUAL, no física. Y como no es física, es imposible explicarla con conceptos físicos. La explicación más próxima, en el aspecto físico, podría ser la realidad de que la muerte es más dolorosa para los sobrevivientes cuando ha habido una relación bien estrecha, como lo es aquella entre padres e hijos, entre esposos, y entre amigos íntimos.

Para entender con mayor claridad el concepto de la muerte espiritual se requiere tener una relación espiritual excepcionalmente estrecha con Dios el Padre, tal como la que hubo entre él y su Hijo Jesucristo. Se trata de lo que tan profunda y claramente dijo nuestro Señor: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:23-24).

Como ya explicamos, la Biblia comprueba que al hombre físico le es imposible entender las cosas espirituales. Y cuanto más profundas sean éstas, tanto más difíciles de entender. Para ello se requiere madurez, la que se alcanza con el uso, o mucho mejor, con la práctica de una adoración espiritual que hace posible la más estrecha e íntima relación con Dios el Padre, quien es espíritu. Y para todo esto es imprescindible tener “los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal,” tal como leemos en Hebreos 5:14.

En este contexto bien podríamos pensar que David, quien tuvo una relación bien estrecha con su Padre Celestial, sí entendió el significado de la muerte espiritual. Hay razón para creer que este siervo de Dios, en cierta forma, “vivió” alguna experiencia muy personal que lo “llevó” a hacer aquel profético pronunciamiento: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor? Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo” (Salmos 22:1-2).

Y también podríamos pensar que este fue el gozo espiritual que nuestro padre de fe, Abraham, experimentó, y que por ello nuestro Señor expresó: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vió, y se gozó” (Juan 8:56).

Porque Abraham tuvo una estrecha relación con el Padre Celestial, él estuvo dispuesto a dejarnos aquel ejemplo de fe tan especial, tan único, al sacrificar a su hijo Isaac, señal simbólica, pero muy vívida, de la realidad en que espiritualmente se gozó.

La relación que Cristo tuvo con su Padre fue algo que creció progresivamente. Él se enteró de su relación con el Padre por revelación. En su niñez no tenía clara conciencia de ello, sino que tuvo que crecer en conocimiento, tal como nos dice la Escritura: “Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu...” (Lucas 1:80). Y también: “Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52).

Sí, nuestro Salvador tuvo que crecer en todo, tal como nosotros. Lo podemos confirmar al leer Hebreos 2:14-15, 17: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre... por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos...”

¿Será esto cumplimiento de lo anunciado por el profeta: “Dijo entonces Isaías: Oíd ahora, casa de David. ¿Os es poco el ser molestos a los hombres, sino que también lo seáis a mi Dios? Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel. Comerá mantequilla y miel, hasta que sepa rechazar lo malo y escoger lo bueno?” (Isaías 7:13-15).

No hay dudas, para su crecimiento en todas las cosas, el Mesías, el Hijo de Dios dependió enteramente de su Padre. Él dijo: “No puedo hacer nada por mí mismo” (Juan 5:30). Y en Juan 6:57: “Yo vivo por el Padre.” Y en Juan 8:28-29, leemos: “Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy [aquel cordero destinado desde antes de la fundación del mundo – el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo], y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.” Y en Juan 14:10: “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.”

Estas escrituras nos revelan que Cristo mantuvo en todo momento una relación bien íntima con su Padre; que él dependía enteramente del Padre, y que él vino a cumplir la voluntad del Padre. Cristo no dijo estas cosas para hacer ostentación de humildad y mansedumbre, sino porque eran ciertas, y para dejarnos una lección profunda con este proceder. Él tenía plena FE en su Padre. Creía firmemente que el Padre le iba a resucitar después de que muriera. Porque así lo creía, porque en ello confiaba plenamente, les dijo a los suyos: “Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día” (Lucas 9:22).

Definitivamente, Cristo entendía muy bien el plan de Dios, y que era necesario que él muriera y resucitara. Y como había dicho: “el Padre que mora en mí, él hace las obras,” es obvio que él confiaba en que el Padre le iba a resucitar. Cristo creía todo esto. Esta es “la fe de Jesucristo” por la que somos justificados (Romanos 3:26). Es la fe que nosotros debemos tener – fe en la Obra que Dios se propuso realizar, y fe en que él cumple todo lo que promete, tal como leemos en Hebreos 11:6: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay [que existe], y que es galardonador de los que le buscan.” Esta fue la lección, el ejemplo que el Mesías prometido, nuestro Señor y Redentor, nos dejó. Una lección de vida y de obediencia, pues, como leemos en Habacuc 2:4: “...el justo por su fe vivirá.” Esta es “la ley de la fe” que Pablo menciona en Romanos 3:21-28.

Ahora leamos Hechos 2:22-24: “Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis: a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuera retenido por ella.”

Hay muchas otras escrituras que nos dicen claramente que Dios el Padre fue quien resucitó a Cristo. Ciertamente, nuestro Señor y Salvador dependió del Padre para todas las cosas, y en especial para su resurrección. Él había entregado totalmente su voluntad al Padre. En todo momento mantuvo plena confianza en su Padre, lo que cimentaba aquella íntima relación que tenía con él.

 

“El que persevere hasta el fin”


Nuestro Señor había tomado la decisión del sacrificio supremo desde antes de la fundación del mundo (Salmos 40:6-8), cuando aún disfrutaba de aquella gloria junto con el Padre (Juan 17:5), y se mantuvo firme hasta el fin. Él nos instruye: “Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24:13). Y él no se iba a exceptuar a sí mismo, porque él vino a cumplir la ley en toda su extensión. Durante toda su vida física, mientras iba aprendiendo más y más con respecto a su responsabilidad, hacía más firme aquella decisión en cada momento de su vida. Y cuando colgaba en el madero, nuestro Redentor se mantuvo firme en su decisión, hasta el fin. Y consumó, es decir, validó su decisión original – la decisión suprema: decidió morir eternamente (sufrir la experiencia de la muerte espiritual) a fin de que usted y yo viviéramos. Él había dicho a sus discípulos: “el que cree en mí no morirá eternamente” (Juan 11:26). Es obvio que él estaba pagando la pena que usted y yo incurrimos al quebrantar la ley, para que vivamos eternamente. Eso fue lo que transformó a sus apóstoles y discípulos. ¡Fue lo que los sacudió! Antes de eso, ellos no habían captado la magnitud de su amor. Lo que los transformó fue la realidad del amor divino. El Verbo no solamente vino a pasar alrededor de 33 años en la tierra, sino que renunció a su vida eterna para que otros pudieran vivir gracias a él. Por esta razón, Pablo nos dice en Romanos 5:8: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

Tal vez ahora podremos entender con mayor profundidad el significado de Juan 3:16 (Versión Dios habla hoy): “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera [la muerte espiritual], sino que tenga vida eterna.”

En Hebreos 2:9 leemos que él “gustó la muerte por todos.” En el texto griego no dice todos, sino todo. Jesucristo sufrió la muerte por todas las cosas. Cuando Adán pecó, vino la maldición sobre el género humano y también sobre las plantas, los animales y todo lo demás, tal como leemos en Génesis 3:17-18: “Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá.”

Cuando los soldados romanos colocaron la corona tejida de espinas sobre la cabeza de Cristo, lo hicieron en gesto de burla. Pero Dios toma las necedades del hombre y las usa para sus propios fines. Aquellos cardos y espinas colocados sobre la cabeza de Cristo simbolizaban la maldición del pecado sobre el mundo y mostraban el sacrificio que él hacía para que también la tierra sea “sanada” cuando él regrese a establecer el Reino de Dios aquí en la tierra.

Ahora podemos comenzar a entender la verdadera esencia, la magnitud, la profundidad del amor, la dedicación del Padre Eterno a la Obra que se propuso realizar en el hombre.

David comenzó a entenderlo así, y se regocijó en gran manera. Y al contemplar la majestuosidad de la creación que le rodeaba, siente mayor anhelo por conocer más acerca de la Obra de Dios, y con admiración le pregunta al Eterno: “Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” Y con la confianza que le provee el entendimiento que ha recibido del Eterno Creador, expresa: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho ¡cuando despierte a tu semejanza!” (Salmos 8:3-4; 17:15).

Así también lo entendió Isaías, quien, en alabanza al Eterno Creador, dice: “Ahora, pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros” (Isaías 64:8).

De igual manera lo entendió el justo y sufrido patriarca Job, quien a través de indescriptible adversidad aprendió maravillosas lecciones que produjeron en él claro entendimiento espiritual de la realidad del Eterno Creador; y ahora, lleno de fe y de esperanza, expresa: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir? Todos los días de mi edad esperaré, hasta que venga mi liberación. Entonces llamarás, y yo te responderé; tendrás afecto a la hechura [obra] de tus manos” (Job 14:14-15).

 

Jesucristo es LA OBRA DE DIOS


Sí, Dios el Padre tiene afecto, siente placer, satisfacción, amor por su Obra – el hombre. Hoy Jesucristo es la Obra de Dios realizada; por eso el Padre le ensalzó, le glorificó: “este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia” (Mateo 17:5; 2 Pedro 1:17).

En su Hijo el Padre nos revela lo que se propuso hacer con el hombre “desde antes de la fundación del mundo”: un Adán ¡espíritu vivificante! Primeramente el Eterno creó al hombre físico (1 Corintios 15:45-49), para luego transformarlo en un ser espiritual, con la misma naturaleza divina de él (2 Pedro 1:3-4), nacido como hijo de él, tal como leemos en 1 Juan 3:1-2: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios... Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.”

Y todo ello por Jesucristo, como claramente lo podemos confirmar en Hebreos 2:10-13: “Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré. Y otra vez: Yo confiaré en él. Y de nuevo: He aquí yo, y los hijos que Dios me dio.”

En el tiempo desde Adán hasta la segunda venida de Cristo, el Amoroso Padre Celestial ha estado llamando a un grupo de personas a las que considera “la manada pequeña” (Lucas 12:32), y a quienes les ha estado revelando la verdad espiritual, los misterios del Reino de Dios (Marcos 4:10-11), y a quienes también “les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Es ese grupo al que Pablo se refiere en Hebreos 2:10-13, y al que llama “la elección de gracia” en Romanos 11:5-6. Y Pedro los llama “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2:9). Estos son los que Dios el Padre “hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18), poniendo sus leyes en sus corazones, y escribiéndolas en sus mentes (Hebreos 10:15-16), con la tinta indeleble de la aflicción (Isaías 48:10; Juan 16:33; Santiago 5:10-11; 1 Pedro 5:10). Son los que el apóstol Juan vio en visión, y los identificó como los que “fueron redimidos de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero”, y de quienes también dice que “...nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra” (Apocalipsis 5:10; 14:4).

En su Plan de salvación el Eterno Dios determinó crear, a partir de la familia humana, una familia espiritual. Y toda la humanidad tendrá la oportunidad de formar parte de esa familia; todos tendrán oportunidad de conocer la verdad, que es la oportunidad de salvación (1 Timoteo 2:3-4). Pero cada uno en su debido orden (1 Corintios 15:22-26).

Al retorno de Cristo, las primicias serán levantadas a las nubes a recibirle (1 Tesalonicenses 4:14-17), y seguirán al Cordero por dondequiera que vaya (Apocalipsis 14:4).

Con respecto a ese grupo que forman las primicias y que son “llamados, elegidos y fieles” (Apocalipsis 17:14), y quienes han sido bautizados “en agua, Espíritu Santo y fuego” (Lucas 3:16), y en quienes “Cristo ha sido formado” (Gálatas 4:19), Dios dice: “He aquí que Jehová hizo oir hasta lo último de la tierra: Decid a la hija de Sión: He aquí viene tu Salvador; he aquí su recompensa con él, y delante de él SU OBRA. Y les llamarán Pueblo Santo, Redimidos de Jehová...” (Isaías 62:11-12). Con éstos Cristo comenzará la “restauración de todas las cosas” (Hechos 3:19-21); establecerá el Reino de Dios aquí en la tierra (Daniel 7:18; Apocalipsis 5:10), y restaurará ésta a su orden original, creando así las condiciones propicias – un estado edénico (Ezequiel 36:35) – para concluir la Obra que Dios el Padre se dispuso realizar con el hombre. Entonces “la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren [llenan] el mar” (Isaías 11:9; Habacuc 2:14). Y todas las naciones verán la salvación del Eterno (Isaías 25:6-9; Joel 2:28-32); y la gloria de Dios, manifestada en la resurrección de las multitudes que antes vivieron y murieron sin recibir conocimiento de las cosas espirituales (Apocalipsis 20:11-12). “Y Jehová será rey sobre toda la tierra, en aquel día Jehová será uno, y uno su nombre” (Zacarías 14:9).

Sí, ese será el tiempo que se menciona en Apocalipisis 12:10: “Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo...”

Ese es el tiempo que Adán y su progenie debían esperar, creyendo que Dios es fiel a lo que promete (Hebreos 11:6); y que aquel Cordero que había sido destinado desde antes de la fundación del mundo, se manifestaría “en la dispensación del cumplimiento de los tiempos,” conforme él lo determinó (Efesios 1:3-10; Gálatas 4:4-7), y todos serán resucitados para que el Eterno Creador perfeccione la Obra que comenzó con ellos en la primera fase de la creación – la fase física.

Esta es la OBRA DE DIOS. Esta es la esperanza del hombre – de toda la humanidad. Ahora podemos relacionar el fundamento con la estructura del edificio, y ver claramente cómo el Eterno Dios dispuso realizar esa, SU OBRA: “He aquí que yo he puesto en Sión por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure”, y: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado”– que creáis en el ser que Dios se propuso crear, ¡el Adán, espíritu vivificante – el Adán espiritual! (Isaías 28:16, y Juan 6:29.)

En y por Jesucristo, Dios el Padre se propuso crear con el hombre una familia divina que llama “Dioses” (Salmos 82:6). Una familia “espíritu vivificante,” tal como Cristo es el Adán, “espíritu vivificante.” Por eso cuando a nuestro Señor se le preguntó respecto a la obra de Dios, él respondió: “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado.”

Lo expresado por nuestro Señor es lo que entendió el profeta Isaías, cuando con gran regocijo exclamó: “Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros” (Isaías 64:8).

Y fue el mismo pensamiento de David, a quien, por esta actitud tan del agrado del Eterno, éste lo llama “varón conforme a mi corazón”; y lo llenó de una fe inquebrantable, la cual manifestó al expresar: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Salmos 17:15).

Y por la convicción que produce este pensamiento, el sufrido patriarca Job pudo decir: “Yo sé que mi defensor vive, y que él será mi abogado aquí en la tierra. Y aunque la piel se me caiga a pedazos, yo, en persona, veré a Dios. Con mis propios ojos he de verlo, yo mismo y no un extraño..." (Job 19:25-27, versión Dios Habla Hoy).

El mismo pensamiento dio a Pablo fuerzas para mantenerse firme ante los traveses de su vida cristiana (2 Corintios 11:16-33); y al final enfrentar la muerte con el valor único que le podía producir la garantía de que el éxito era ya una realidad para él, y confiadamente nos anima: “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:6-8).

Este mismo pensamiento magnificó el amor de Dios en la mente del apóstol Juan, quien con espiritual ternura nos transmite la misma esperanza: “Amados, ahora somos hijos de Dios... Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo... Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece... Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido [a los engañadores], porque mayor es el que está en vosotros [el Espíritu Santo de Dios], que el que está en el mundo” (1 Juan 3:2,7,13; 4:4).

Con igual pensamiento, con igual esperanza, vivieron y murieron todos los grandes hombres de Dios, quienes miraban hacia el futuro, esperando el tiempo de la redención prometida (Hebreos 11).

Así pensaban también aquellos fieles de la historia, a quienes no les importó ser devorados por las hambrientas fieras de los Césares, a la vez que ser espectáculo circense para las enloquecidas multitudes romanas.

Y fue también el mismo pensamiento de aquellos otros fieles que más tarde ofrendaron sus vidas en el infame altar de la Inquisición.

Hoy los cristianos de este tiempo del fin estamos siendo bendecidos con esta maravillosa verdad que el Eterno Creador nos está revelando con respecto de lo que él se propuso hacer al crear al hombre – su plan de salvación para la humanidad, cuya médula es el sacrificio que él y su Hijo Jesucristo han hecho por nosotros en la realización del propósito para el cual nos hizo.

Ante esta realidad, ¿cuál debe ser nuestra reacción?

Todos debemos compenetrarnos del mismo pensamiento de nuestro Señor, grabándolo indeleblemente en nuestras mentes, tal como leemos en Filipenses 2:5-8: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”

Y, además, con el apóstol Pablo debemos decir: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:2). Y también: “Y por todos murió, para que los que vivan ya no vivan para sí, sino para aquél que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:15).

Todos debemos estar agradecidos al Padre y a su Hijo Jesucristo hasta el punto de entregarle todo. Entonces el Eterno Dios se valdrá de nosotros para transformar al mundo con el poder de la cruz de Cristo, y culminar su Obra que comenzó con el Adán humano: – ¡la creación del Adán, espíritu vivificante – EL HOMBRE ESPIRITUAL! ««««««««


Colaboraron, de manera muy especial, en la redacción, traducción, corrección y edición de este estudio:
Jim Rector, Ray Wooten, Margarita Cárdenas, Daniel Roberts, Gabriel Olivares y miembros de la Iglesia de Dios en Puerto Rico, Colombia y Venezuela


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